Policiales Domingo, 7 de julio de 2019 | Edición impresa

Gil Pereg: gritos desesperados, una mancha de sangre y un descuido

Los Andes presenta otra de las cuatro entregas especiales.

Por Facundo García * - Especial para Los Andes

Dos turistas desaparecidas: las hermanas Pyrhia Saroussy (63) y Lily Pereg (54). La última señal de vida era una llamada telefónica a sus familiares de Israel el viernes 11 de enero pasado por la madrugada. Después, el sábado, fueron a Guaymallén a visitar a Gilad Pereg, un muchacho que -según decía- las había despedido amablemente al anochecer, explicándoles dónde estaba la parada del colectivo.

El domingo 13, siempre según su versión, él las había ido a buscar al Centro para encontrarse otra vez, aunque sin éxito. Ya el lunes 14, “al no saber nada de ellas”, decidió acudir a la Justicia y hacer la denuncia por averiguación de paradero.

 

Más datos no había. Gustavo Pirrello, el fiscal de Homicidios de turno, ordenó registrar el departamento que habían alquilado las mujeres. Se secuestraron pasaportes, ropa y los cepillos de dientes de ambas, lo que permitió tomar muestras de ADN.

En el este. En su paso por San Martín, Pereg cosechó amistades y un amor. | Los Andes

¿Se las había tragado la tierra? Depende de cómo se ordenaran los hechos. Si el sábado Pyrhia y Lily habían ido a esperar el micro cerca del predio donde vivía el denunciante, era entendible que la búsqueda empezara por el lugar donde iniciaron ese trayecto. Eso incluía la casa de Gilad. 

 

El 15 de enero se hicieron rastrillajes en el extenso predio ubicado en calle Julio. A. Roca 6079, de Guaymallén. Se encontraron tres armas de fuego, de cuyo origen pudo saberse poco. Gil Pereg respondió con evasivas similares cuando le consultaron de dónde había sacado el dinero que guardaba: entre otros bienes, se hallaron 15.625 dólares y 25.180 euros. También tenía gatos muertos secándose al sol.

Inicia la búsqueda

Miércoles 16 de enero. El despertador de la fiscal de Homicidios Claudia Ríos Ortiz sonó exactamente a las 6.13, como cada madrugada. Pero la funcionaria, quien tiene una llamativa predilección por el número 13, ya estaba despierta. Empezaba su turno de verano y la habían llamado en mitad de la noche porque Miguel Marino, nada menos que el jefe de Genética Forense del Ministerio Público Fiscal, había sido baleado durante un asalto.  

 

Tras las primeras medidas, a las 8.15 Ríos Ortiz ya estaba en su oficina. Según le comentaron sus colegas, el año pintaba tranquilo, si se dejaba de lado el balazo a Marino. El resto eran gajes del oficio.

“Lo único que hay es una averiguación de paradero que vino a denunciar un señor israelí de apellido Pereg. Parece que le está costando saber dónde están su mamá y su tía”, le informaron. Advirtieron, además, que el denunciante se quejaba de los investigadores locales: “¡Si estuviéramos en el Primer Mundo, hace rato que las habríamos encontrado!”.

 

Debía rastrillarse un área considerable y la fiscal Ríos Ortiz decidió llamar a la Escuela Canina de Adiestramiento Mendoza (Escam), una organización que trabaja con perros rastreadores. El viernes 18 de enero, Ayelén Castro y su perra Ruca -una ovejero alemán de 9 años- llegaron a lo de Pereg para entrar en acción junto al resto de su equipo.  

“Cuando abrieron el portón y él vio que nosotros veníamos con nuestros animales, se puso tenso. Movía los brazos y gritaba: ‘¡En mi terreno no quiero perros sueltos!’”, dice Ayelén. La adiestradora admite que, aunque lleva casi dos décadas en el rubro, no le fue sencillo ingresar a este caso.

 

Ruca la miraba expectante, pero el porte y la actitud de Pereg la intimidaban. “Si su idea era hacernos sentir incómodas, lo estaba logrando”, admite. 

Rastrillaje. Gilad “supervisó” la primera búsqueda en el predio que habitaba. | Ignacio Blanco / Los Andes

“Al final me animé y entramos -sigue Ayelén-. Vi perros atados. En un momento, Pereg se descuidó porque le estaban revisando el lugar donde dormía, y entonces noté que Ruca me indicaba un rincón donde había un montículo con material de construcción”. Lo que Ruca estaba olfateando, mientras rozaba con el hocico el suelo apisonado y lo rascaba, era una bolsa de cemento y una viga.

 

Y un detalle casi imposible de captar a simple vista: la bolsa tenía una marquita. “Llevemos esto, nos puede servir”, sugirió Reyes, uno de los policías. Marcas similares se detectaron en una remera del dueño de casa.

Todos se impactaban no sólo ante el estado de descuido en el que vivía el denunciante, sino por las condiciones en que mantenía a sus “mascotas”. Perros famélicos y gatos disecados eran parte del panorama y Asoreva (Asociación Reencuentro por la Vida Animal) se presentó como querellante.

 

El barrio estaba en vilo. Al enterarse de que la Policía inspeccionaba el predio, Adriana Benítez suspiró aliviada. La vecina había sido la primera en avisar que aquel hombre huraño torturaba animales. No muchos la habían escuchado. Hasta la trataron de loca por “meterse en lo que no le importa”. Intrigada, se acercó al lugar: por fin sabría qué ocultaban esos paredones. 

Un escenario desolador

Adriana evoca los días de enero y es como si le volvieran el calor y la rabia. Cuenta que en cada poste de luz del terreno de Gil Pereg vio cadenas. Ahora las tiene en sus manos y las muestra. Cada una pesa unos tres kilos y mide entre tres y cinco metros. Pereg -apunta Benítez- les daba a los perros varias vueltas alrededor del pescuezo, hasta que quedaban “estaqueados” a unos 20 centímetros de los postes. “¿Ves? Iban enrolladas en el cuello de los animales y en cada vuelta había un pinche. Si el bicho quería zafarse, se rajaba la piel o se ahorcaba”, explica. 

 

“ENTRADA ANULADA”: una innecesaria rima destaca en el portón azul del predio que da a calle Roca. El terreno tiene más de 6.000 metros y está cerrado con paredes, rejas y un cerco eléctrico.

“Hijos” de Pereg. Convivía con decenas de gatos, que pidió tener en prisión. | Los Andes

Al fondo hay tres cuartos a medio terminar y por toda la extensión se reparten altas columnas metálicas de un color verdoso. Inicialmente, la idea de Pereg era inaugurar ahí unas canchas de fútbol. De hecho, el israelí se contactó con un arquitecto y se iniciaron las obras.

 

Al principio la remó y hasta mandó a hacer unos folletos para publicitar su “Sports Center”. Pero el negocio no despegaba porque la edificación era un desastre. La conexión de luz, por ejemplo, estaba al lado de donde se suponía que la gente iba a jugar a la pelota. Así no le iban a dar las habilitaciones.

La relación con el arquitecto terminó en una denuncia en la que Pereg declaró haber sufrido “secuelas que influyeron en la relación con sus seres queridos”, especialmente su familia. Más tarde, este arquitecto fue suspendido por dos años y la demanda se levantó.

 

Gilad se refugió en un rincón del predio, bajo el tinglado donde había soñado con instalar una cantina. Quedaron las canchas a medio hacer, los animales moribundos y un silencio que a veces se cortaba con los lamentos del solitario amo del lugar.

Cada una o dos semanas, la vecina Adriana Benítez veía con sus propios ojos los cadáveres de perros despellejados que aparecían frente al predio, en la esquina del cementerio, y se preguntaba quién sería aquel tipo.

 

Antes de volver a Israel, Moshe -el tío de Pereg que viajó desde Oriente para averiguar qué había sido de las mujeres, fue al predio que está frente al cementerio. Golpeó el portón donde vivía su sobrino, pero nadie le abrió. Lo que sí hizo Gil fue asomarse desde adentro, trepado a unas rejas. En esa posición discutieron a los gritos y en hebreo. A horas de subirse al avión, Moshe se acercó a la fiscalía para declarar que, para él, el hijo de Pyrhia les ocultaba algo.

Se cierra el cerco

El pasado 25 de enero Mendoza se achicharraba bajo una ola de calor. A mediodía de aquel viernes se vio a Pereg en el centro, por la calle Las Heras, intentando comprar un arma de aire comprimido porque -según se quejó ante el armero- la Policía le había quitado “las otras defensas” que tenía. No se decidió por ninguna.

 

Enseguida las cámaras de la Terminal de Ómnibus lo captaron recorriendo pasillos. Los investigadores supieron que consultaba por salidas a Buenos Aires: el primer servicio salía a las 17.30. 

¿Huía de la provincia? La fiscal Claudia Ríos Ortiz tenía sospechas, pero le faltaban elementos para detener al hombre. Era una cuenta regresiva: si Gil Pereg, un individuo de reconocida inteligencia, se tomaba ese colectivo y encontraba el modo de birlar la ley, tal vez se esfumaría para siempre. 

 

En ese instante sonó el teléfono. Era Miguel Marino, especialista en genética, que todavía se estaba recuperando del balazo recibido días antes. 

—Escúcheme, Ríos. La llamo para informarle. Las manchas de sangre que encontramos en la bolsa de cemento del predio y en una remera de Pereg concuerdan con el perfil genético que sacamos de los cepillos de dientes de las señoras. 

— ¿Está seguro?

—Sí. ¡Eso quiere decir que la sangre que encontramos en el predio pertenece a alguna de las dos mujeres!

La terminal de Mendoza se llenó de policías pero Pereg se había evaporado. Las llamadas se sucedían en la siesta abrasadora. No estaba en las plataformas, tampoco por el Centro.

 

Se sudaba adrenalina entre los agentes de calle, pero también en las oficinas de la fiscalía. A las 16.30, los policías que hacían guardia en la puerta del terreno de la calle Roca lo vieron llegar y lo detuvieron. Se lo imputó por doble homicidio y se lo llevó a la comisaría novena.

Hecha la detención, se multiplicaron los testimonios. Vecinos dijeron haber escuchado disparos en la noche del 12 de enero, en el lapso exacto en el que se había perdido el rastro de Pyrhia y Lily. John, el marido de Lily, contó que siempre le había parecido improbable que su mujer aceptara pasar horas en casa de Gilad. Demasiada mugre. Demasiados animales muertos.

 

Amnon Sarig, otro de los parientes, terminó de complicar al detenido al apodarlo “el demonio de Mendoza” y postear en las redes sociales que Gilad era “un mentiroso patológico” y que en él “había conocido a El Mal”. “Es mentira que ama a los gatos -acusó Amnon- ¿Qué esconden los gatos? ¿Qué hay tras ese hedor? Lily no se sentaría con 40 grados de calor y durante 10 horas al lado de un gato podrido”.

Había un sospechoso detenido. El problema era que las mujeres seguían desaparecidas.

Encontrá el próximo domingo la tercera entrega.

* Facundo García (Mendoza, 1980) Es escritor, periodista y docente. Su libro “Preguntas de los elefantes” reúne las crónicas que escribió mientras cruzaba África. Es licenciado en Comunicación (UBA) y actualmente prepara su tesis del Doctorado en Letras (UNCuyo).