+ Deportes Domingo, 14 de abril de 2019 | Edición impresa

Franco Sance: el joven que maneja la moto con una mano

Perdió la movilidad de su brazo izquierdo hace cinco años y la semana pasada se subió a la moto y corrió la fecha del torneo de enduro

Por Francisco Guerrero - fguerrero@losandes.com.ar

Con una faja especial se sujeta el brazo izquierdo al cuerpo y con la mano derecha acelera, frena y acciona el embrague de su moto. Parece una tarea difícil, casi imposible, y es más, corre como el resto de los pilotos. Acelera, sube, baja, inclina su vehículo con una notable facilidad.

Orlando Pelichotti / Los Andes

Hace 15 días, Franco Sance se volvió a subir a una moto después de 5 años y el domingo pasado compitió en la segunda fecha del provincial de enduro, que se corrió en Agua de las Avispas. Por su participación en la categoría Junior obtuvo un premio especial al esfuerzo y espíritu deportivo.

 

Pero para llegar a ese momento y subir al podio de los vencedores, Franco tuvo que recorrer un camino muy largo, durísimo. El 9 de junio de 2014 marcó un antes y un después en la vida de Franco. “Hasta ese momento, sólo me interesaba correr en motos de velocidad, mi gran pasión. Incluso mi papá me presentó a Vittorio Zito, un italiano ex campeón de motos, subcampeón mundial en 1974, y justamente él me había recomendado ir a Italia a empezar mi carrera deportiva. Y en eso estaba, en preparativos para irme a Italia cuando ocurrió el accidente”. El vecino de la ciudad de Mendoza, que ahora está a punto de recibirse de licenciado en administración de empresas, comenta que aquel día, cuando iba en su moto pistera por el Corredor del Oeste, al llegar al cruce de Paraguay, en Godoy Cruz, una señora avanzó con su auto hacia el Corredor y el choque fue inevitable. “Se me puso el cuerpo duro y no podía moverme, sentí un hormigueo por todo el cuerpo. Mi brazo izquierdo perdió la movilidad y prácticamente me dijeron que con suerte iba a poder caminar, que me olvidara de los deportes”.

Orlando Pelichotti / Los Andes

Cuenta que los primeros tres años fueron muy duros, “comenzamos con la fisioterapia, sobretodo para no perder movilidad en otras zonas y en esto debo agradecer a la fisioterapeuta Balbina Santos, de la Quinta Sección, que todavía me ayuda”.  Y asegura que su vida comenzó a cambiar cuando fue al gimnasio de un amigo.

 

“Nacho Caredu, que tiene un gimnasio de crossfit en Maipú, me insistió tanto que comencé a ir y poco a poco me cambió la vida, me levantó la autoestima que había perdido. empecé a subirme a la bici, primero en la calle, luego a los senderos y cuando vi que ya la controlaba, empecé a ver que podía. Y bueno, allí empezó a prenderse nuevamente la lamparita para las motos”.

Fortaleció su zona media y las piernas, además de su brazo derecho, para poder guiar con todo el cuerpo la moto. El mayor de tres hermanos recibió a principios de mes un regalo: una moto de enduro y prácticamente después de adaptar la palanca de embrague al manillar derecho junto al freno delantero y el acelerador, y hacer unas horas de práctica, no la pensó más y decidió inscribirse en la carrera de Cacheuta.

 

“Nos anotamos con Augusto “El Peta” Faure, mi gran amigo y es quien me asiste ante cualquier complicación, porque si me caigo, la mayoría de las veces puedo levantarme y arrancar por mis propios medios. Tal vez puedo quedar debajo de la moto y eso es más complicado”, comenta Franco y agrega: “por suerte, los chicos de la organización, (Maribel Giordani, Fernando Forti y Pochi Dolcemáscolo) nos aceptaron y pensamos correr todo el campeonato”. 

“Te miran raro”

Franco agradece a todos sus amigos, entre ellos Fernando Michelli, Ignacio Lara, Francisco Cremaschi, Nicolás Giménez, Juan Martín Ugalde, José Salvarredi y a la familia de su ex novia, quienes estuvieron y lo acompañaron en todo momento.

Orlando Pelichotti / Los Andes

“También me gustaría agradecer a la gente del enduro, que nos aceptaron, porque en otros lugares me encontré con puertas cerradas. La discapacidad no está muy aceptada en el país, te miran raro, como un extraño, no debería ser así. Muchas veces te bajan el pulgar y eso hace la cuesta más arriba aún a las personas que tienen una discapacidad, que deben enfrentar un problema de este tipo y esta actitud puede desmotivarlos. Por suerte, soy un “cabeza dura” y salgo adelante, pero hay gente que es más susceptible y se queda por causa de este rechazo”.