Espectáculos Domingo, 15 de marzo de 2020 | Edición impresa

Escribir más que canciones

En las librerías crecen las publicaciones de músicos que se animan a escribir sus memorias, ficción y poesías.

Por Daniel Arias Fuenzalida - darias@losandes.com.ar

¿Por qué hay músicos que se vuelven escritores, escritores que se vuelven músicos, o los dos al mismo tiempo? Solo ellos saben. Aunque podríamos lanzar una hipótesis: esta clase de artistas experimentan, a veces sufren, la necesidad de comunicar. A través del alfabeto o de los sonidos, todos buscan y a la vez pueden padecer la inconformidad de no dar con el soporte justo para sus ideas. 

Y el caso es que la tradición de músicos que escriben algo más que canciones crece y no para de hacerlo. Aunque la prosapia es larga (¿cómo no nombrar a Patti Smith, a Leonard Cohen o el ganador del Nobel, Bob Dylan?) no es para restarle importancia. La música argentina está plagada de ellos. 

Podríamos, eso sí, abrir las aguas en dos grandes grupos: los que escriben ficción, poesía o cualquier texto con pretensión artística, y los que escriben sin ella, solo -por ejemplo- para contar su vida. 

 

Las memorias

Es el deleite voyeurista de los fans. La única chance de vivir con el ídolo sus entretelones, sus discusiones en el estudio, sus fiestas, los chismes de la vida privada... 

Uno de los que han publicado sus memorias es Fernando Samalea, un legendario baterista y bandoneonista, asiduo colaborador de algunos de los cantantes más grandes de nuestro país (y de otros más también). Con “Nunca es demasiado” bajó la persiana de una impresionante trilogía que será (ya es) oro para la historia de nuestra música, junto a “Qué es un long play: una larga vida en el rock” (2015) y “Mientras otros duermen: una larga vigilia en el rock” (2017).

Otro de los que se animó a desnudarse en palabras fue el Indio Solari, en el recientemente editado “Recuerdos que mienten un poco” (2019). Desde la tapa de este libro de Sudamericana se intuye lo revelador, porque vemos en primerísimo plano lo que menos conocemos del ex líder de los Redonditos de Ricota: sus ojos. Antes, había editado “El delito americano”, una novela inconclusa que editó en formato de historieta con ilustraciones de Serafín. 

Uno que se lanzó a un idéntico proyecto autobiográfico fue Rolo Sartorio, el líder de La Beriso, pero para contar su historia de vida más que su trayectoria musical. “Pararte y dar pelea” fue definida como un “manual de resiliencia”, un florilegio de golpes y de glorias que termina en el fenómeno de este grupo de rock.

 

En esta misma línea están los libros de Andrés Calamaro (“Paracaídas y vueltas”, 2016) y “Asesínenme” de María Rosa Yorio, que como promete el subtítulo es una apasionante crónica del rock y el feminismo en los ‘70, en donde cuenta -entre otras cosas- cómo fue su relación con Charly García. 

Ningún pentagrama

En la escena nacional, el caso más eminente y prolífico quizás sea el de Fito Páez. Lector confeso y siempre hiperlaborioso, debutó en la ficción con una novela, “La puta diabla”, en 2013. Félix, el protagonista, condensa algunas cosas autobiográficas del rosarino, tal cual él admitió, aunque la elaboración literaria lo lleva a despegarse y a plantear una historia por momentos distópica, futurista y que mezcla varios géneros. 

En 2018 se animó a más: “Los días de Kirchner” tiene como protagonistas a una joven militante kirchnerista y a un intelectual cincuentón. “La fricción entre ambos mundos se precipita en un thriller político atomizado de sexo, feminismo, drogas, discursos, pasiones, traiciones y muerte”, define la reseña. Dos años antes había publicado “Diario de viaje”, un libro de memorias. 

Sin embargo, quizás la casta más interesante que podamos rastrear es la de los músicos poetas: verdaderos intelectos, sensibilidades desbordantes e insatisfechas, que acuden a la poesía para acabar mejor su obra. 

 

Y en nuestra música, nadie ha  cultivado mejor esa hibridez que Luis Alberto Spinetta. Influido por el surrealismo y la poética de Antonin Artaud, le dio a la palabra una capacidad comunicativa inmensa, como lo atestigua su único libro “Guitarra negra”, de 1978 (aunque junto con sus discos solía editar en cuadernillos las letras con sus dibujos). La pregunta es obvia: ¿sus canciones fueron música antes que poesías o poesías antes que canciones?

Él definía su trabajo como una aurificación de los objetos: los volvía oro, los descubría en sus esencias. No otra cosa hacen los poetas. 

En esta misma línea va Palo Pandolfo, otro músico y poeta de ánimo experimental. A fines de octubre de 2014, publicó su primer libro titulado “La estrella primera”.

Y si la idea es despojar a las líricas de la música y dejar las letras desnudas cual poesías, el libro de Manuel Moretti, de Estelares, puede ser un buen ejemplo. Se trata de una compilación de letras de canciones y de algunos textos olvidados, más algunos dibujos.

Se llama “Demasiadas pocas cosas”. 

Adrián Dargelos es otro de los que se animó a tocar la nueva frontera, en su primer libro de poemas “Oferta de sombras”. Son 31 textos exquisitos, en los que el fanático de Babasónicos reconocerá a la cabeza del discos como “Discutible” e “Infame”, pero en un nuevo ámbito. “Me gusta la poesía como última trinchera de la cultura, como ese punto más vulnerable”, había dicho en una entrevista para la revista Hablar de poesía. 

Además apuntemos a Rosario Bléfari, a Gabo Ferro y a Flavio Cianciarulo, que acaba de sacar su libro electrónico “Surfer Calavera: Y Otros de Mis Cuentos”. 

Y en Mendoza también. Felipe Staiti, guitarrista de Los Enanitos Verdes, publicó en 2016 “Cuando Zappa conoció a Borges...”, un exquisito grupo de relatos breves, con predilección al rubro fantástico, en los que se condensan las dos grandes pasiones del músico.