Opinión Domingo, 20 de octubre de 2019 | Edición impresa

Es sano temer a China - Por Ross Douthat

La era de la Chimérica ha reforzado la política de Pekín de control social e importado influencias totalitarias en el mundo libre.

Por Ross Douthat - The New York Times. 2019

“He visto el futuro, y funciona”, dijo el periodista de izquierda Lincoln Steffens, en una famosa cita después de observar a la incipiente Rusia bolchevique. Lo que pretendía ser un alarde utópico pronto se interpretó como una predicción distópica, pero luego, finalmente, a medida que la ambición estalinista dio lugar al declive brezhneviano, se convirtió en una suerte de broma amarga. Para cuando se disolvió la Unión Soviética, hasta las personas inclinadas a defender los “ideales” del marxismo tendieron a reconocer que, como un sistema para administrar una economía avanzada y dirigir un gobierno efectivo, lo único que el comunismo soviético definitivamente no logró fue funcionar.

Sin embargo, existe hoy un miedo palpable en el Occidente liberal de que Pekín esté triunfando donde Moscú fracasó y que la peculiar mezcla de dogmáticos maoístas, fervor nacionalista, meritocracia de un solo partido y capitalismo vigilado por el Estado practicada en la República Popular China sea realmente una alternativa a la democracia liberal, con la crueldad fundamentada en la eficiencia y una resistencia que podría superar la nuestra.

Este temor es alimentado por una creciente conciencia de que el proyecto de la “Chimérica”, nuestro gran proyecto de integración de los mercados y las cadenas de suministro, ha tenido a grandes rasgos el efecto opuesto al que sus arquitectos de EE.UU. pronosticaron. En lugar de importar ideas liberales en China y socavar el imperio del Politburó, la era de la Chimérica ha reforzado la política de Pekín de control social e importado influencias totalitarias en el mundo oficialmente libre.

Un mecanismo crucial para ambas tendencias es el internet, alguna vez aclamado como un gran libertador y ahora revelado como algo bastante distinto: un motor de vigilancia con el que el Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos (abreviado como NKVD) ni en sueños imaginó, una máquina que induce a sus usuarios a intercambiar su información confidencial por entretenimiento y distracción, y un panóptico cuya extensión global expone a cualquier persona que quiera hacer negocios en China al consenso fabricado del nacionalismo chino, la política del reclamo del Politburó.

La influencia de China en la industria estadounidense es evidente más allá de la esfera cibernética, por supuesto. Pero el éxito de su censura a las empresas estadounidenses generalmente involucra sitios web, tiendas de aplicaciones, redes sociales. No es coincidencia que el comportamiento dócil de la semana pasada para con China de la Asociación Nacional de Baloncesto, supuestamente, el organismo más progresista y políticamente involucrado de las ligas deportivas profesionales de Estados Unidos, fuera posterior a la breve expresión de apoyo en Twitter a los manifestantes de Hong Kong del director general de un equipo. De igual modo, cuando China provocó hace poco que Marriott despidiera a un desafortunado trabajador que ganaba 14 dólares por hora, fue aparentemente por apoyar la independencia del Tíbet al “estar de acuerdo” con un tuit.

Dado que ya averiguaron cómo domar su internet, los chinos ahora tienen la intención de utilizar el poder comercial para domar el nuestro.

¿Qué tan temerosos deberíamos estar por esto? Una posibilidad es que, así como el optimismo chimericano alguna vez fue ilusorio, de igual modo los temores chimericanos actuales sean exagerados. El régimen chino tiene capacidades que superan a la Rusia soviética, pero también tiene profundas debilidades. El panorama demográfico de China es potencialmente desastroso, su auge económico podría estarse estabilizando, muchos de sus mejores y más brillantes ciudadanos están ansiosos por irse y tiene más que perder que Estados Unidos con las constantes provocaciones comerciales, una postura de Guerra Fría transpacífica. Al igual que como sucedió con los temores al dominio japonés en la década de los noventa, algunos sinófobos tal vez sobrestiman la fortaleza interna del modelo chino, la permanencia de su ascenso.

Pero uno puede creer que China tal vez sea más débil de lo que parece y también que es sano que los estadounidenses cultiven cierto temor a la República Popular. En primer lugar, es evidente que nuestra estrategia política respecto al poder chino necesita un ajuste, pero nuestra élite tiene muchas razones de peso monetario para proteger sus enredos chimericanos, y la palabra “elite” aquí incluye no solo a los cabilderos de D.C. y Silicon Valley, sino también a figuras como el entrenador de los Golden State Warriors, Steve Kerr, cuyas obligaciones profesionales lo llevaron a hacer analogías vergonzosas entre los pecados estadounidenses y el totalitarismo chino esta semana.

Habida cuenta de esos incentivos de élite, nuestra política china solo podrá ajustarse permanentemente si la indignación que inspiró la NBA en los últimos días se convierte en un factor permanente de la política estadounidense, un sentimiento que no pueda ser ignorado.

Entonces, también un miedo palpable de China como un modelo diferente y más oscuro de modernidad de alta tecnología podría ser un freno útil para nuestro potencial deslizamiento en esa dirección. No es que sea posible que alguna vez lleguemos a igualar por completo el Pensamiento de Xi Jinping y la reeducación de los uigures, pero hay tendencias claras dentro de nuestra propia sociedad -la evaporación de la privacidad y el aumento de las turbas cibernéticas, el poder de las oligarquías al “interior del partido” y la consolidación de los gigantes de la tecnología, ciertas ambiciones radicales de los progresistas y ciertos coqueteos autoritarios de la derecha- que convergen con el modelo chino de oligarquía, vigilancia y control ideológico.

Dadas estas tendencias y desviaciones, la indignación bipartidista y panideológica por la falta de carácter de la NBA es verdaderamente alentadora. Hay un cliché que dice que en la lucha contra un enemigo uno puede llegar a asemejársele más, pero lo opuesto también suele ser verdad. Para un Estados Unidos balcanizado y dividido, podría ser necesaria la amenaza de una potencia rival, el ascenso de una alternativa oscura pero demasiado verosímil, para recordarnos lo que somos y lo que no queremos ser.