Espectáculos Sup. Cultura Domingo, 13 de octubre de 2019 | Edición impresa

Eric Hobsbawm: estudios sobre “el buen ladrón”

El historiador inglés editó por primera vez, hace 50 años, una obra clave sobre los bandidos rurales que aún hoy permite reflexiones.

Por Osvaldo Aguirre - Especial para Estilo

Quiénes son los bandidos sociales, por qué algunos son recordados y otros caen en el olvido, cuál es el valor histórico de las leyendas que rodean a sus figuras son preguntas que las ciencias sociales le deben a las investigaciones de Eric Hobsbawm. La publicación de “Bandidos” focalizó un nuevo objeto de estudio e introdujo un conjunto de polémicas y reformulaciones que, a cincuenta años de la primera edición del libro, se mantienen en curso.

Hobsbawm (Alejandría, 1919 - Londres, 2012) planteó que el fenómeno era característico de las sociedades de base agraria y debía ser analizado en el contexto de las historias del poder, porque los bandidos sociales (hay en la cartelera mendocina una película que hace pie en el tema, “Pistolero”) expresaban una resistencia colectiva y desafiaban simultáneamente el orden económico, social y político. Los bandidos eran campesinos fuera de la ley, perseguidos por el Estado pero reivindicados por sus comunidades de origen como símbolos de justicia y de redistribución de las riquezas.

 

“La discusión sobre si el bandolerismo es o no una forma de protesta ha cedido lugar a la consideración de los múltiples factores que lo explican y las varias formas en que se inserta dentro de las luchas políticas y sociales de su época”, dice el historiador peruano Carlos Aguirre, que acaba de reeditar “Bandoleros, abigeos y montoneros”, compilación de estudios sobre criminalidad en Perú entre los siglos XVIII y XX realizada con Charles Walker. “El bandolerismo se percibe mejor cuando se le estudia como parte de las manifestaciones de agencia de las clases subalternas en relación con el Estado, las clases dominantes y otros sujetos sociales”, agrega Aguirre.

 

El interés de Hobsbawm surgió de las historias y los mitos que rodeaban a esa clase de bandidos “en todo el mundo” y cuyo modelo podía ser el ciclo de leyendas de Robin Hood, el buen ladrón que ayuda a los pobres y corrige los abusos de los poderosos. Ese fue su primer descubrimiento, y también un punto débil, porque las críticas que recibió el libro apuntaron en principio una lectura acrítica de las fuentes folclóricas y literarias. Otros historiadores, como Richard Slatta, negaron el carácter social de los bandidos rurales, y las características del fenómeno en América Latina cuestionaron la afirmación de Hobsbawn respecto a que éstos pertenecían al pasado y habían sido desplazados por otras formas de rebelión y criminalidad.

 

“Hobsbawm considera sobre todo la realidad histórica europea y de ahí surgen sus tesis iniciales del bandolerismo como un fenómeno pre político que va a ser superado por el desarrollo de los partidos y los sindicatos modernos. Esa visión tiene algunas limitaciones que él mismo después reconoce”, observa Hugo Chumbita, autor de “Jinetes rebeldes, historia del bandolerismo social en la Argentina”. En particular, “los países latinoamericanos, con sus sociedades invertebradas, tienen constantes avances y retrocesos que impiden aplicar linealmente las tesis de ‘Bandidos’”.

No obstante, como recuerda en las reediciones de la obra, donde agregó correcciones y apéndices para responder a las objeciones, Hobsbawm tuvo también como fuente a “don José Ávalos de Pampa Grande, de la provincia argentina del Chaco, agricultor y ex sargento de la policía rural” que había perseguido a Segundo Peralta, Mate Cosido, y le proveyó ‘el argumento básico’ para su capítulo sobre la formación de los bandidos. Para Chumbita, las críticas sobre el recurso a las leyendas, introducidas por Anton Blok poco después de la publicación de “Bandidos”, “marcan una bifurcación en los estudios entre los que les dan mayor importancia a los archivos, que son generalmente los archivos policiales, la versión del poder, y por otro lado los que prestan más atención a las fuentes populares y a la tradición oral, la visión de los pueblos solidarios con los personajes”. Como expuso en “Última frontera”, su libro sobre Juan Bautista Vairoletto, el desafío consiste en “manejar en forma equilibrada las distintas visiones de cada episodio y contrastar todas las referencias”, sin descartar la literatura y el cancionero dedicado a los criminales, “una guía imprescindible, sin la cual no se puede ver el carácter social del fenómeno”.