Opinión Domingo, 21 de julio de 2019 | Edición impresa

¿En qué te convertiste, Mauricio? - Por Edgardo R. Moreno

La oposición entre peronismo y no peronismo se diluyó con la aparición de Miguel Pichetto en la fórmula oficialista.

Por Edgardo R. Moreno - De Nuestra Corresponsalía en Buenos Aires

Como bostezando tardíamente ante el amanecer de la realidad, los encuestadores argentinos están redescubriendo ahora que la sociedad argentina permaneció polarizada desde los años del kirchnerismo y esa característica resulta dominante en el proceso electoral.

En sólo tres meses, los “ni ni” de la intención de voto han desaparecido, admiten por lo bajo los dueños de los sondeos. “Ni Macri, ni Cristina”, era hasta ayer una ambición mayoritaria. Las cosas han cambiado. Mejor dicho: regresaron al inicio adonde estaban apenas ocultas.

Imitando el lenguaje de las métricas en las redes sociales, los encuestadores hablan de un “crecimiento orgánico” en el macrismo y en el kirchnerismo. Una acumulación de votantes que se han reagrupado casi hasta tocar techo en torno a su identidad original.
Entender por qué en tan poco tiempo se produjo ese movimiento que concentra la intención de voto en dos polos es clave para anticipar lo que puede venir.

La explicación más frecuente es que la estabilización del dólar y la reactivación del consumo que se hizo evidente durante el receso invernal trajeron de regreso al oficialismo a muchos de sus votantes desencantados.

Y que el repliegue de Cristina para que un testaferro político arrastre las marcas de la campaña electoral consolidó el apoyo de las dos corporaciones más potentes del peronismo: la de los sindicatos y la de los gobernadores.

Aplicando un clásico del razonamiento lógico, debería pensarse que la explicación más sencilla suele ser la más probable. Y la explicación más sencilla es que hace tres meses no había fórmulas. En términos de clima social: no había elección. Ahora sí. Y Cristina Fernández de Kirchner es la candidata más fuerte de la oposición.

El tembladeral cambiario podía explicar en abril el deterioro de Macri y la estabilidad de hoy su recuperación. Pero sólo la candidatura de Cristina explica la polarización.

Los anclajes que antes usaron analistas y encuestadores para describir las últimas elecciones no parecen funcionar del mismo modo. No está clara la contradicción entre la continuidad y el cambio. Porque al cambio lo propone como identidad propia el oficialismo. Y el cambio que ofrece la oposición es recuperar la continuidad interrumpida en 2015.

La oposición entre peronismo y no peronismo se diluyó con la aparición de Miguel Pichetto en la fórmula oficialista y la de izquierda y derecha con la dupla de Alberto Fernández y Sergio Massa proclamando que ahora todos somos del centro.

Como esos antiguos paradigmas se desdibujan, la explicación más remanida es que el voto será irracional. Dominado por emociones negativas. Miedo contra miedo.

Otra vez, habría que aplicar la navaja de Ockham: la teoría más simple tiene más probabilidades de ser correcta que la compleja.

Cuando se pregunta a los encuestados sobre la corrupción kirchnerista, incluso la mitad de los que votarán a Cristina reconocen que existió, aunque la justifican con argumentos de la puja central contra las corporaciones del poder hegemónico.

¿Cuál sería entonces la irracionalidad de los que piensan votar contra una fuerza política que está mayoritariamente convencida de que robar está bien?

El dilema actual del análisis político es entonces entender la racionalidad de los núcleos duros de la polarización, antes que insolventarse en el atajo de las emociones negativas.

Por eso los encuestadores dicen que la clave para anticipar lo que vendrá es analizar el movimiento en los márgenes de la polarización.

En términos políticos, implica discriminar cuánto del voto en torno a Roberto Lavagna -pese a la profunda devaluación que sufrió en los últimos meses- se desplaza a Macri y cuánto a Cristina. En una elección reñida, cada fracción marginal es relevante.

Y en términos sociales, supone estimar cuánto del voto desempleado por la crisis se mantendrá sin ninguna expectativa frente al oficialismo. Porque la racionalidad del voto duro que aún retiene Cristina se explica menos por los efectos de la inflación que por los del desempleo o el temor a padecerlo.

La tarea de los comandos de campaña se orienta en estos días a esos movimientos sutiles en los márgenes. Alberto Fernández ya no es un candidato enojado confrontando con periodistas. Es el actor de un enojo impostado para cohesionar el voto de Cristina. Porque tocó techo y algo empezó a ceder.

En la Casa Rosada, la comunicación en redes ya está funcionando a todo vapor. Los “defensores del cambio” reciben cada semana las copias de videos destinados a ser viralizados a sus contactos, hasta dos grados en el nivel de proximidad.

Dicen los chimentos de pasillo que unos 300 mil pendrives son distribuidos cada 15 días en ese telar de la abundancia para no vulnerar las normas de seguridad de WhatsApp.

En el Ministerio del Interior aseguran que con los cambios en el modo de comunicación de los documentos del escrutinio, los resultados de las primarias se conocerán más temprano en esta ocasión. Será la última fotografía previa al desafío de la primera vuelta.

No será el único cambio. Debutarán los debates obligatorios del 13 y el 20 de octubre.

Quizás la pregunta preferida de Cristina ya fue escrita para que la recite Alberto Fernández con tono de arrabal: “¿En qué te convertiste, Mauricio?” 

45 Y acaso Marcos Peña ya escribió la respuesta.