Espectáculos Domingo, 2 de septiembre de 2018 | Edición impresa

El túnel del tiempo: cuando Darwin conoció a Rosas y a Sarmiento

Las expediciones que dieron lugar a la Teoría de la Evolución hicieron pie en nuestro país.

Por Luciana Sabina - Especial para Estilo

El 11 de mayo de 1820 el Beagle fue botado al Támesis desde los astilleros Woolwich. Tras unas adaptaciones en sus velas, fue destinado a viajar por el mundo. Realizó tres viajes de exploración entre 1826 y 1843. Con uno de estos llegaría el reconocimiento mundial, cuando bajo las órdenes del teniente Robert Fitz Roy llevó por el mundo a un joven llamado Charles Darwin. 

Fitz Roy debía recoger mucha información durante el viaje y propuso al gobierno inglés que procuraran la presencia en el trayecto de algún científico.

Darwin fue contactado a través de la universidad, por medio de un profesor, y entre sus pocas exigencias estuvo la de poder alejarse de la nave para explorar con tranquilidad en tierra firme. 

La embarcación zarpó de Plymouth dos días después de la Navidad de 1831. Tras algunas escalas, entre ellas Río de Janeiro, llegó al Río de la Plata en agosto del siguiente año. Por entonces gobernaba Buenos Aires Juan Manuel de Rosas, a quien conoció. El científico llevaba un diario de viaje donde relata que Rosas era “un hombre de extraordinario carácter, que ejerce la más profunda influencia sobre sus compañeros; influencia que sin duda pondrá al servicio de su país para asegurar su prosperidad y su dicha (...). Dirige admirablemente sus inmensas propiedades y cultiva mucho más trigo que todos los restantes propietarios del país”. 

 

Al llegar a una de las estancias del Restaurador, el joven Charles creyó que se trataba de una ciudad. Allí tuvo contacto con los bufones del gobernador, conocidos como los “locos de Rosas”. De estos prefería a cuatro con los que convivía en Palermo (su estancia se encontraba en el actual Parque 3 de Febrero): el gran mariscal don Eusebio, el reverendo padre Biguá, el Loco Bautista y el Negrito Marcelino. Rosas se divertía al verlos molestar y humillar a sus invitados, haciendo alguna payasada servil o martirizándolos. Darwin conversó con ellos y dejó registro en sus escritos: 

“(...) el general Rosas es entusiasta, pero, al mismo tiempo, está lleno de buen sentido y de gravedad. Esta, incluso, está llevada al exceso. Uno de sus bufones (tiene dos cerca de él, como los antiguos barones) me refirió a tal respecto la siguiente anécdota: ‘Cierto día quise oír determinado trozo de música, y fui en busca del general dos o tres veces a fin de que lo hiciera tocar. La primera vez me respondió: ‘Déjame tranquilo; estoy ocupado’. Fui a encontrarle una segunda vez, y me dijo: ‘Si vuelves otra vez haré que te castiguen’. Volví una tercera vez, y al verme se echó a reír [sic]. Me lancé fuera de la tienda pero ya era demasiado tarde; ordenó a dos soldados que me sujetaran y que me amarraran a los postes. Pedí gracia invocando a todos los santos del Paraíso, pero no quiso perdonarme; cuando el general se ríe no perdona a nadie’. El pobre diablo aún ponía cara de angustia al acordarse de los postes...”.

 

Con el permiso de Rosas Darwin se interna en las pampas y llega hasta Santa Fe. Registra no sólo la flora y la fauna, también realiza un retrato un tanto inquietante sobre los argentinos, que merece reproducirse casi en su totalidad: 

“... Durante los últimos seis meses, he tenido la oportunidad de apreciar en algo la manera de ser de los habitantes de estas provincias [del Plata] (...) Los gauchos u hombres de campo son muy superiores a los que residen en las ciudades. El gaucho es invariablemente muy servicial, cortés y hospitalario. No me he encontrado con un solo ejemplo de falta de cortesía u hospitalidad. Es modesto, se respeta y respeta al país, pero es también un personaje con energía y audacia”.

Tras unos meses el Beagle zarpa nuevamente. Recorren la costa patagónica y desde allí llegan a las Malvinas, ocupadas recientemente por sus compatriotas. Desde esta perspectiva es llamativa la hospitalidad del Restaurador con una expedición británica que estudiaba la zona para informar al gobierno inglés. Luego de pasar por Tierra del Fuego, Darwin transita las playas trasandinas hasta Santiago de Chile

En carta a su prima Emma -quien se convertiría en su esposa- Darwin da parte de un encuentro más que interesante: “En el pueblo de Los Andes, donde me alojé por un par de días, conocí en una escuela a un profesor excepcional, mente lúcida, valiente de ideas, claridad expositiva y una profunda sencillez de alma. En el año y tanto que llevo en Chile por primera vez tengo la certeza de estar frente a un gran hombre. Me dejó su tarjeta: Domingo Faustino Sarmiento”. Este texto fue dado a conocer en 2011 por el Diario de Cuyo, señalando que se encuentra en una colección de archivos chilena. 

 

Desde Santiago, regresa a Argentina atravesando la cordillera. Comenta haber sido tratado muy bien por los responsables de la aduana. En la zona de Paramillos escribió sobre los árboles petrificados que halló:

“Se requiere un poco de practica geológica para interpretar la maravillosa historia que esta escena una vez encerró; aunque confieso que estuve primero tan asombrado que pude escasamente creer la más clara evidencia. Vi el lugar donde un grupo de finos árboles una vez ondularon sus ramas sobre las costas del Atlántico, cuando el océano (ahora retirado 700 millas) vino al pie de los Andes...”.

Durante su paso por Mendoza, Charles Darwin fue picado por vinchucas en una posta de Luján de Cuyo. A partir de los síntomas que presentó durante su vejez, algunos historiadores creen que contrajo el mal de Chagas y fue esa la causa de su muerte. Así retrata el episodio el día 25 de marzo de 1835 en su Diario: 

“Cruzamos el río Luján -se refiere al río Mendoza-, que es un río de considerable tamaño (...). La noche la pasamos en la villa de Luján, pequeña población rodeada de jardines, cuya comarca es la más meridional de todas las cultivadas en la provincia de Mendoza; está situada cinco leguas al sur de la capital. No pude descansar por haberme visto atacado (empleo de propósito esta palabra) por un numeroso y sanguinario grupo de las grandes chinches negras de las Pampas, pertenecientes al género Benchuca, una especie de Reduvius. Difícilmente hay cosa más desagradable que sentir correr por el cuerpo estos insectos, blandos y sin alas, de cerca de una pulgada de largo. Antes de efectuar la succión son muy delgados, pero después se redondean y llenan de sangre, y en este estado se los aplasta con facilidad. Uno que cogí en Iquique estaba muy vacío. Puesto sobre una mesa y en medio de una porción de gente, si se le presentaba un dedo, el atrevido insecto sacaba inmediatamente su chupador y atacaba sin vacilar, y si se le daba, sacaba sangre. La herida no causaba dolor. Era curioso observar su cuerpo durante el acto de la succión, y ver cómo en menos de diez minutos se cambiaba desde plano como una oblea en redondo como una esfera. El festín que una benchuca debió a uno de los oficiales la conservó gorda durante cuatro meses enteros; pero después de los quince primeros días estuvo dispuesta a darse otro hartazgo de sangre...”. 

El trayecto sigue y los aleja de Sudamérica. A partir de los conocimientos y observaciones de este viaje Charles Darwin publicó “El Origen de las Especies” dos décadas más tarde. 

Al abrirse camino en el mar, el Beagle, le abrió paso a la ciencia. Terminó sus días en 1871, siendo presa del desguace, cuando aún no había conciencia plena de su paradigmática importancia.