Opinión Miércoles, 18 de diciembre de 2019 | Edición impresa

El poeta Jalif Balmaceda y su amistad con Jorge E. Ramponi - Por Clara Jalif de Bertranou

Por Clara Alicia Jalif de Bertranou - Profesora Consulta UNCuyo. Conicet

El pasado 4 de agosto se cumplieron treinta años de la muerte de mi padre, el poeta mendocino José Jalif Balmaceda. 

Había nacido en Villa Nueva, Guaymallén, el 24 de octubre de 1916.

Desde muy joven participó del grupo de poetas en torno a Jorge Enrique Ramponi (1907-1977), vecinos en un tiempo y amigos durante toda su vida. Ambos solían conversar sobre versos y metáforas: cómo hallar las palabras adecuadas, de qué modo expresar el canto a la vida, a las muertes que nos ahuecan el alma, a la naturaleza generosa, a geografías caprichosas, y tantos motivos más, a la vera de las acequias, sobre todo en noches de plenilunio.

José era de carácter apacible, de voz suave, nunca altisonante, discreta y pensativa. No le interesó demasiado publicar porque componía una y otra vez sus versos, o los revisaba reiteradamente. Al realizarse el Salón del Poema Ilustrado de 1938, Jalif Balmaceda recibió el Segundo Premio por “Túnel de mármol” cuando apenas tenía veintiún años, incluido luego en Ilapso. Lo había redactado en 1937. Llegó a editar tres libros: el mencionado Ilapso (1971), Apología del sueño (1983) y Patagonia celeste (1985), además de algunos que otros poemas en revistas y diarios. Dejó un manojo importante sin publicar, fruto de su deseo de perfeccionarlo. Asimismo páginas en prosa, también inéditas. No obstante, ocasionalmente pudo reunirse con un auditorio de similares sensibilidades en el país y en España para compartir sus creaciones.

Dada la diferencia de edad, Ramponi debió ser quien lo invitó a integrar el grupo “Pámpano” y su revista mensual, de igual nombre, dirigida por Abelardo Vázquez. Si bien de corta duración -entre 1943 y 1944 llegó a publicar ocho números-, fue importante en las letras cuyanas hasta ser hoy día un hito y emblema. Un año después surgió Égloga, creada y dirigida por Américo Calí. Jalif Balmaceda conoció a otros integrantes de las letras y la plástica en la llamada Generación del 40. Además de los nombrados, a Ricardo Tudela, Rafael Mauleón Castillo, Sergio Sergi, Miguel Ángel Ramponi, Roberto Azzoni y varios más. Ya maduro, Tudela y Sergi solían visitarlo en breves diálogos siempre creativos. Y con Mauleón compartió la mesa de su casa sencilla y hospitalaria en San Rafael.

Jorge Enrique Ramponi fue testigo en la boda civil de José y Alicia Guarnieri en abril de 1944. Le obsequió con quien sería un mes después su esposa, la artista plástica Rosa Stilerman, una xilografía con escena evangélica de Víctor Delhez, donde aparece Cristo expulsando a los mercaderes del templo. José y Alicia siempre dieron lugar destacado en su hogar al obsequio y a una pequeña fotografía del poeta y la artista, sin fecha, con una dedicatoria en su reverso escrita por los dos: “A José Jalif Balmaceda, estás cerca de mi corazón, al poeta y al amigo, con mi mejor afecto. Jorge Enrique Ramponi” / “Para José con un afectuoso abrazo, Rosa”.

Pero más aún, Ramponi compartió con su amigo los versos de Piedra infinita (1942) y en algún momento depositó en sus manos pruebas de imprenta de la primera edición, si bien su destino posterior ignoramos, aunque recordamos en nuestra niñez haberlas ojeado, impresionadas por las ilustraciones de Azzoni y Julio Ruiz.

Ya avanzados los años, José solía visitar a Ramponi los sábados por la tarde en su casa de calle Belgrano, de ciudad, donde Rosa era testigo diligente. Esas visitas se repitieron hasta la partida de su amigo, a quien despidió desde la soledad en la primavera de 1977 con estas palabras: ”Ramponi, hermano, aquí estamos: espéranos, no nos cierres tus puertas, ahí junto a tus campanas que tañen a silencio, a silencio con destino a realizaciones fundamentales en su inmensa eternidad.

Aun cuando tu corazón desparrame lirios en la tierna metamorfosis del alma, estaremos junto a tu vigencia indeleble, porque las acuarelas de tu canto que dan sonidos infinitos, transmutarán sus celestes sinfonías en los inveterados versos que generosamente legaste. Aquellos “Colores de Júbilo”, “Corazón Terrestre”, “Piedra Infinita”, “Los límites y el Caos”.

Aquellos, solemne denuedo que pluralizaron tu espontánea permanencia. Ese caracol augusto que generó tu inmensa figura cuando los verbos se pronunciaban alegóricos en las contiendas del tiempo.

Así, los elementos transcurridos que se posaban en tus corredores y laberintos, nacían con la fuerza de tu embrión nostálgico convergentes a la belleza, Ley inexorable de las uniones para la cifra de los sueños que purifican noblemente sus grandes contenidos.

Recuerda hermano, tu metafísica doliente, cuando los paisajes conmovidos hacían trepidar nuestras noctámbulas persuasiones, que se desdibujaban atónitas en las dulces expresiones del canto.

Déjame recordarte el índice que señalaba, nos señalaba la pubertad para los íntimos secretos que imperan en la canónica legitimidad de tus versos.

Escúchame patriarca lúcido, sin abstinencia ni claudicaciones, rompías la cuerda espeluznante de la noche y como un símbolo de eternidad, arremetías imperturbable con tu sanguíneo estertor por las tinieblas sacramentales de tus poemas.

La riqueza de tu lenguaje, adornado por un cúmulo de sentimientos, viajaron estupefactos por la magnífica geometría que da la sentencia al ser virtuoso y flagrante.

Y como un broche de fuego a tu doctrina imperecedera de tus principios, los dogmas han puesto un vástago elocuente y magnífico en los umbrales del tiempo.

Ramponi, hermano de la paz y el dolor, aquí estamos por siempre, vivando a la estructura del recuerdo. Descansa en paz”. Jalif Balmaceda