Opinión Martes, 13 de agosto de 2019 | Edición impresa

El país, está atrapado en un espinoso laberinto - Por Javier Álvarez

Por Javier Álvarez - Corresponsalía Buenos Aires

El mercado vendió con la noticia, como siempre lo hace, y generó un descalabro. Nadie esperaba una derrota tan contundente del macrismo en las urnas, pero sí se estaba claro que si eso ocurría, el escenario bursátil iba a ser de catástrofe. 

Alberto Fernández se había ocupado de describir su perfil: de ser presidente, desdolarizará las tarifas y cambiará la política monetaria, bajará la tasa de interés y pondrá controles de los capitales, a contramano de lo que viene haciendo Mauricio Macri y exige el mercado. 

A pesar de ese aviso, el Gobierno mostró que no estaba preparado para contener. Mientras todo se derrumbaba prevaleció su inmovilidad y desconcierto. En la mañana hubo tensión en la Casa Rosada, con discusiones y conclusiones contradictoras: “Escuchar más” pero “ratificar el rumbo”.  

Lo expuso el propio Mauricio Macri. “¿Qué medidas concretas van a tomar para frenar la corrida, Presidente?”, preguntó un periodista en conferencia de prensa. “El equipo recién está trabajando”, respondió el jefe de Estado. No había plan previo. 

Miguel Pichetto, el peronista que hasta hace dos meses supo fustigar a Macri por fenómenos más moderados que el de ayer, tuvo que intervenir en la conferencia.  “Quiero decirles que el Presidente está en control, está con toda la responsabilidad frente a los acontecimiento económicos”, aclaró el senador. 

Tras el golpazo electoral, en reunión de Gabinete con Marcos Peña al mando de la palabra se armó la contraofensiva oficial: la culpa del descalabro la tiene el kirchnerismo, por su pasado como administrador. “Yo no me puedo hacer cargo de su falta de credibilidad”, se quejó Macri.  

Este nuevo eje de campaña -que profundiza la polarización- invierte la carga de responsabilidades, una reacción que suelen tener quienes no reconocen su participación necesaria en un hecho traumático o no sienten culpa por lo ocurrido. 

Mientras en la Rosada discutían cómo hacer para descontar 3.797.024 votos al kirchnerismo en octubre, desde bancos privados y públicos hacían lo posible para encontrar un lineamiento claro del Banco Central: a cuánto vender el dólar. 

Guido Sandleris, jefe del Central, estaba en la Casa Rosada y el teléfono de su vice primero, Gustavo Cañonero, se incendiaba. En un momento el dólar llegó a $ 60 y las operaciones se frenaron.

Por el otro lado, el derrotero kirchnerista con el mercado es más fuerte que cualquier flamante buena intención y los inversores financieros y especuladores no darán un milímetro de ventajas. En definitiva su misión en este mundo es multiplicar el dinero sin sentimiento alguno.  

Esto se plantea en un escenario político en el que las masas materiales del poder popular migraron a un nuevo centro de gravedad sin que haya nuevo gobierno electo y con la gestión actual debilitada. Quizás el peor de los escenarios, que mete al país en un nuevo laberinto.