Opinión Martes, 10 de septiembre de 2019 | Edición impresa

El origen del control de cambios en la Argentina - Por Patricia E. Barrio

Por Patricia E. Barrio - INCIHUSA-CONICET y IHAA-FFyL. UNCuyo

Aunque el contexto y los sucesos fueron diferentes, vale la pena recordar cómo se estableció el sistema de control de cambios en la Argentina, a principios de la década de 1930.

Cuando el presidente radical Marcelo Torcuato de Alvear decidió, en 1927, la apertura de la Caja de Conversión, que permitía el libre cambio de la moneda nacional por el peso oro y las divisas, temió que los capitales se fugaran de la Argentina. Sin embargo, ocurrió todo lo contrario: nuestro país gozaba de prestigio y confianza internacionales, y afluyeron importantes cantidades de capital en forma de inversión y préstamos. Este boom continuó durante el primer semestre de 1928 pero, en la segunda parte de ese año, se produjo un cambio en la tendencia y comenzó la salida de capitales flotantes. Sucedía que la suba de tasas de interés de Wall Street hacía atractiva la colocación de dinero en esa plaza. 

Durante 1929 continuó este drenaje, no hubo empréstitos y la inversión privada se redujo abruptamente. Como consecuencia, el gobierno debió de exportar oro para cubrir su déficit en las transacciones corrientes. A partir de ese momento, se inició una fuerte presión sobre la Caja de Conversión para cambiar pesos por oro y divisas. Comenzaba la crisis. Dos meses después de producirse el crack de la Bolsa de Nueva York (octubre de 1929), el presidente Hipólito Yrigoyen aceptó el pedido del directorio del Banco de la Nación, presidido por Enrique Uriburu, y dictó un decreto el 17 de diciembre, que suspendió la libre convertibilidad del oro iniciándose la depreciación del peso papel. Para las autoridades monetarias era importante cuidar las reservas dado que, por el sistema imperante, cada salida de oro obligaba a sacar moneda de la circulación interna. De todos modos, la decisión del presidente Yrigoyen fue objeto de agudas críticas en el Congreso por parte de liberales y socialistas quienes defendían la circulación del capital sin ningún tipo de restricciones. El “credo” económico que profesaban se situaba, sin dudas, por encima de la realidad, incluida aquella caída de Wall Street, que daría comienzo a la Gran Depresión. Se abrió así un proceso convulsionado, tanto en lo económico como en lo político. 

En 1930 y 1931 una confluencia de tres factores agravó la situación macroeconómica de la Argentina: la caída de los precios de nuestras exportaciones, los altos servicios financieros que debía pagar el Estado -en especial los que debían realizarse en oro-, y la ausencia de créditos que posibilitaran equilibrar las cuentas internacionales. Yrigoyen solo obtuvo uno de corto plazo con la Chatham Phoenix Corporation de Nueva York por 50 millones de dólares al 5% de interés, por seis meses, para liquidar deudas con los bancos. 

A la inestabilidad económico-financiera se agregó el golpe de estado producido el 6 de setiembre de 1930 que desalojó a Hipólito Yrigoyen del gobierno. Asumió como “presidente provisorio” el General de División -R- José Félix Uriburu quien, en octubre, renovó el préstamo con la Chatham, empleado para liquidar obligaciones del gobierno con los bancos y gastos de administración. La nueva gestión actuó como si la Caja de Conversión estuviera abierta. Por un lado, pagó los servicios de la deuda pública nacional y provincial lo que redujo el circulante monetario. Esto se solucionó en marzo de 1931 cuando se decidió emitir moneda respaldada en documentos comerciales. Por otro lado, se atendió a la demanda de cambio del público pero sin discernir si su finalidad era fuga o atesoramiento de capitales, transacciones especulativas o cambio para pagar importaciones. Los agentes económicos, conscientes de los indicadores negativos de la economía, hicieron lo posible para cambiar la moneda nacional por divisas extranjeras sin importarles los recargos bancarios, en la certeza de que el peso continuaría perdiendo valor. El gobierno, por su parte, satisfacía esa demanda para dar confianza al mercado y así estabilizar el valor de la moneda nacional. Pero en abril de 1931, abandonó la política de estabilización monetaria y la caída del valor del peso siguió su curso. 

Se llegó así a setiembre, cuando el Reino Unido, inmerso también en una crisis económico-financiera, decidió suspender el patrón oro, y si bien el peso argentino se valorizó respecto de la libra esterlina, no sucedió lo mismo respecto del dólar y del franco que continuaron con el respaldo oro. Asimismo, la decisión del gobierno inglés produjo una nueva caída del precio de los bienes exportables de la Argentina y, como un círculo vicioso, se reanudó la demanda de moneda extranjera. A esto se agregó que las principales firmas cerealeras retuvieron las divisas a la espera de una nueva caída del peso. Se intentó atraer los capitales fugados aunque sin éxito. 

Finalmente, el enorme drenaje de las reservas metálicas ocurridas en el periodo, la cada vez más pesada deuda pública y el fracaso en atraer capitales convenció al gobierno de establecer en octubre de 1931, una “Comisión de Control de Cambios”. Este ordenamiento determinó que, en adelante, esta institución fijaría los tipos de cambio y otorgaría permisos de compra de divisas diariamente según sus existencias. Asimismo, toda compra o venta de productos en el exterior debía canalizarse a través de los bancos autorizados y supervisados por la mencionada Comisión. Los exportadores debían vender sus divisas en estos bancos y anunciar con antelación sus embarques de mercancías al exterior. También el decreto jerarquizó la asignación de moneda extranjera. La prioridad sería para cubrir los servicios de la deuda externa. En segundo lugar las divisas se utilizarían para adquirir materias primas para las industrias nacionales, combustibles y bienes de consumo indispensables para la población. El tercer puesto en prioridad serían las remesas de inmigrantes a sus países de origen y gastos de viajeros; le seguía la adquisición de mercaderías no esenciales y, por último, la cancelación o amortización de débitos comerciales atrasados de las empresas extranjeras radicadas en la Argentina. Esto generó un bloqueo de las ganancias de las empresas, especialmente de los ferrocarriles ingleses.

Luego del intento en los años veinte de volver al librecambismo anterior a la Primera Guerra Mundial, la crisis del capitalismo iniciada en 1929 dio por terminado el ciclo de la primera globalización. La Argentina, como país agrícola y deudor, no hizo más que acoplarse a las políticas económicas que se implementaban en los países centrales. La política económica se orientó hacia el bilateralismo, la elevación de los gravámenes a la importación, la industrialización, el mercado interno, la autarquía económica y el nacionalismo.

Hoy sabemos lo que ocurrió en la Argentina de los años treinta pero no sabemos cuál será nuestro futuro.