Opinión Viernes, 13 de diciembre de 2019 | Edición impresa

El drama del aborto y las ideologías - Por Dr. Germán Ferrer

Por Dr. Germán Ferrer - Juez de la Cámara de Apelaciones de Familia de Mendoza

El aborto es, ante todo, un drama de la vida que cruza a las mujeres que no pueden asumir la maternidad y a los concebidos.

Un sin número de circunstancias ponen, a una gran cantidad de mujeres, frente a una encrucijada difícil de resolver, asumir una maternidad no deseada, con todo lo que ello conlleva -ser responsables de la crianza de un hijo de por vida-, o poner fin a su existencia cuando aún esa vida está en germen dentro del seno materno.

Sin duda, ninguna de ellas decide abortar por complacencia o insensibilidad, porque en ese momento no saben cómo las va a afectar, a futuro, en sus vidas.

Pero además, al estar penalizado el aborto, salvo en las excepciones contempladas en el art. 86 del CP, tienen que asumir y enfrentar la clandestinidad del aborto con todo lo que implica: costo económico elevado; personas no preparadas profesionalmente que se aprovechan de la situación de ilegalidad para hacer dinero; lugares de la intervención inadecuados, la mayoría, sin las mínimas condiciones de asepsia, ni para atender emergencias; utilizando métodos y técnicas rudimentarias y cruentas, carentes de todo saber científico, a tal punto que, en un número importante de casos, terminan internadas de urgencia en los hospitales públicos a fin de hacerse un legrado o la intervención clínico-quirúrgica que resulte necesaria para frenar las hemorragias, por perforaciones o mutilaciones de los órganos genitales y reproductivos, etc., y salvar sus vidas.

Más allá de discutir la cantidad de abortos clandestinos que se realizan anualmente en Argentina (algunas estadísticas hablan de 300.000 a 500.000), lo cierto es que son muchos, por lo que se torna un tema de interés general que, por su dimensión y por las repercusiones que tiene en derechos humanos básicos como son el derecho a la vida; a la salud; los derechos sexuales y reproductivos, etc. y sobre la existencia de los concebidos y aún no nacidos (nonatos), el Estado Constitucional de Derechos, no puede seguir ignorándolo, por las radicalizadas ideologías que, polarizadas, se adueñan de la discusión, con total abstracción del drama existencial en que la decisión de abortar se enmarca.

Es tan añeja y virulenta esta puja, que se encuentra enquistada en el propio Estado a través de funcionarios de los tres poderes que, enceguecidos y encaramados en sus propias ideas y experiencias personales, no pueden separar sus convicciones -subjetivas- de sus deberes funcionales -objetivos-.

Para peor, no se trata sólo de una confrontación de ideas sino que, en general, quienes se oponen férreamente a la despenalización del aborto y/o a su legalización, lo hacen desde su fe o credo religioso, con lo cual ya no se trata únicamente de una discusión racional sino que la plantean como una cuestión de doctrina de fe, a pesar de que nuestro Estado es laico.

Consecuentemente, la disputa se centraliza, inútilmente, en dirimir desde cuándo hay vida humana y hasta dónde llega la libertad -autonomía- de la mujer para tomar decisiones sobre su propio cuerpo y sobre sus derechos sexuales y reproductivos, perdiendo todo anclaje con la realidad que origina el dilema.

Quienes defienden a ultranza la vida del concebido, demuestran un total desprecio sobre los padecimientos de las mujeres que le han dado vida -aunque sea embrionaria- y sus derechos. Los que postulan el poder absoluto de la mujer sobre su cuerpo, reducen al concebido a un conjunto de tejidos biológicos sin vida propia, equiparándolo a las demás partes del cuerpo humano.

Se llega a tanta incoherencia que quienes defienden la vida del feto, enarbolan una consigna absolutamente inconsistente como es la que postula “salvemos las dos vidas”, cuando la realidad muestra que la penalización del aborto y su prohibición general, al impedir la atención de las mujeres en los hospitales públicos, provoca, por la clandestinidad del aborto, que por año, más de 300.000 concebidos dejen de existir y muchas de esas mujeres mueran o queden estériles de por vida.

Tampoco es necesario, para quienes se paran en la vereda ideológica de enfrente, que pretendan fundar su libertad de elección, en la supresión ontológica (ser) del concebido, como si fuera un tejido más del cuerpo, cuando la ciencia y la propia experiencia nos muestra, sin lugar a dudas, que desde la concepción -unión de los gametos masculinos y femeninos, que producen la fecundación y forman el cigoto a partir del cual se desarrolla el embrión humano- hay vida, aunque más no sea en forma incipiente y condicionada.

Por eso, tomando la frase tan utilizada durante la campaña presidencial de Bill Clinton en EEUU “es la economía, estúpido”, yo les diría a amabas facciones: “es la realidad, estúpido”.

Y la realidad es que, por su prohibición general, en tanto consecuencia de estar tipificado como delito penal, genera un problema de dimensiones sociales que la pura prohibición legal no ha logrado evitar. Ni las mujeres han dejado de abortar a pesar de la amenaza penal, ni se ha logrado salvar la vida de los concebidos.

Por eso, sería esperable que de discutirse una nueva ley que regule la interrupción del embarazo y el rol del Estado en esta problemática, los actores sociales, en especial los dirigentes políticos y los legisladores, puedan abordarlo cumpliendo con su función específica, que no es la de imponer sus propias ideas sino la de pensarlo desde el bien común. 

A partir de ahí, se podrá decidir si sólo se despenaliza; si además se establecen las circunstancias que permitan la interrupción voluntaria o si se deja librado al arbitrio de cada mujer y a su conciencia moral.

Paralelamente, resulta imprescindible un programa nacional de educación sexual, que se cumpla; la provisión por parte de los Estados, nacional y provinciales, de métodos anticonceptivos como parte de un servicio multi e interdisciplinario, en los efectores de salud, para la evitación de embarazos no deseados y la contención, orientación e información a las mujeres en crisis con su maternidad.

Sobre todo, urge por las adolescente en edad fértil, porque es en este segmento etario -entre los 13 y los 17 años- en que, por la desinformación, la ignorancia del funcionamiento de la sexualidad, de los métodos anticonceptivos, la carencia de recursos económicos para adquirirlos y la inmadurez emocional, una gran cantidad de chicas quedan embarazadas en sus primeras experiencias amorosas sin desearlo y, por el temor de enfrentar el problema con sus progenitores y demás familiares, en el más lúgubre de los silencios, son fácil presa, ellas y los nonatos, de los inescrupulosos aborteros, con el trauma que tan nefasta experiencia de vida les dejará para siempre como una marca indeleble.