Opinión Miércoles, 25 de marzo de 2020 | Edición impresa

El día después o la normalidad post virus - Por Miguel Ángel Gutierrez

Por Miguel Ángel Gutierrez - Por Licenciado en Ciencias Políticas. Graduado en Planeamiento de la Defensa. Doctor en Historia.

El covip 19 es un virus global que fue enfrentado con muy parciales estrategias nacionales. Con el tiempo -esperamos que sea pronto- se controlará. Ante lo desconocido las respuestas fueron variadas y a destiempo, condicionadas a los medios y los estilos y modos de toma de decisión de cada país, en muchos casos supeditados al liderazgo político parroquial.

Las consecuencia del virus no han de ser homogéneas, ni simultáneas. Se verificarán al menos dos tipos de resultados: a corto plazo y a largo plazo.

Entre los primeros, seguramente se afectarán las cadenas de suministros, tanto en lo interno como en lo externo, lo que se manifestará en una ralentización o caída del comercio mundial y desde luego nacional. A su vez, tendrá efectos muy negativos en los ingresos, tanto de empresas como individual, lo que sin duda impactará en el ritmo de crecimiento del desempleo. Prácticamente todos los sectores de las economías nacionales y globalizada sufrirán dichas consecuencias. Los sectores dependientes de la localización como el turismo y el transporte lo serán en alto grado, no solo por las restricciones gubernamentales a los viajes, sino también por el “distanciamiento social” voluntario y las reducciones de movimiento. Como resultado, la demanda general ya está disminuyendo, a lo que debemos agregar la caída de los precios del petróleo, configuran un cuadro de recesión global. No menor será el impacto sobre la amplia gama de economías no fiscales: negra, informal, solidaria, de la naturaleza.

Todo esto es fácilmente visualizable y abrirá las puertas al disenso sobre la mejor manera de minimizar las pérdidas y facilitar la reconstrucción.

No tan claro son las consecuencias a largo plazo que impactarán tanto sobre las economías, es decir cómo cambiará de modo disruptivo todo lo que el hombre hace: trabajar, educarse, cuidar su salud, relacionarse, con la familia, el vecindario, los compañeros de trabajo y los diversos grupos sociales de los que participa.

Una inmensa mayoría supone que lo esperable es que las cosas vuelvan a la normalidad lo más rápidamente posible y al menor costo. Como decía Einstein: «Locura es hacer siempre lo mismo y obtener resultados diferentes». Es claro que ningún problema puede ser resuelto en el mismo nivel de conciencia en el que fue creado. Esto que se manifiesta como enfermedad solo puede ser solucionado con el pensamiento y este debe ser creativo. Este es el desafio, quizas uno de los mayores que nos toque enfrentar.

El modelo desarrollado por un equipo del Imperial College de Londres para analizar los posibles cursos del Covip 19, en el que apoyó la nueva política del Reino Unido señala los probables resultados de dos estrategias generales: la supresión, que pretende eliminar la transmisión del virus por completo, y la mitigación, para reducir la tasa de transmisión a un nivel que no abrume a los servicios de salud hasta que se encuentre una vacuna. Pero esto es corto plazo.

En el orden de las consecuencias tras la crisis, The Technological Review considera como es estar viviendo en un estado de pandemia: el perjuicio que inmediatamente afectará a las empresas que reunen muchas personas: restaurantes, cafés, bares, discos, gimnasios, hoteles, teatros, cines, galerías de arte, centros comerciales, ferias, museos, espectáculos artísticos, conferencias, cruceros, aerolíneas, transporte público, escuelas privadas, guarderías. Esto es sin decir nada del estrés que implica para los padres educar a sus hijos en el hogar, ni de las personas que cuidan a sus familiares mayores sin exponerlos al virus, aquellas personas atrapadas en relaciones abusivas ni de cualquier persona que no tenga un colchón financiero para afrontar los cambios en los ingresos.

A los impactos corporativos e individuales tendremos que agregar los que se operen sobre las culturas (p .ej. mercados de animales salvajes) festividades, religiosidad, etc,. Y los que surjan de las tecnologías, para señalar ambos extremos: por los beneficios, una mayor capacidad de atender la salud pública, sistemas digitales de información médica, con sensores remotos y unidades de respuesta inmediata a epidemias y pandemias antes de que comiencen a extenderse, y la capacidad de aumentar rápidamente la producción de equipos médicos, kits de prueba y drogas. En los riesgos los sistemas de seguimiento de todos y cada uno de los habitantes en cualquier lugar que estén. Rastreos de celulares, móviles, personales como los que ha implementado China, Singapur, Corea y están en desarrollo en USA, Israel y otros que avanzan sobre la privacidad, las libertades individuales y aún la seguridad personal.

En otro plano, surgen los déficits y réditos para los gobiernos nacionales. En los primeros la carencia de sistemas de información, análisis y planificación frente a diversos tipos de riesgos locales o globales, más allá de los limitados pronósticos económicos. Ninguna evaluación de las capacidades de atención médica y hospitalaria, pero tampoco para desastres naturales (ej: incendios en Amazonas, Australia y otros países). Ineficacia de políticas negociadas en foros internacionales como las CAP. Carencia absoluta de sistemas nacionales o regionales de resiliencia para afrontar crisis sectoriales, locales o globales. Agreguemos poca o ninguna capacidad de coordinación supranacional.

Si bien las crisis favorecen el desarrollo de liderazgos personales que conllevan el riesgo del cesarismo al afianzamiento de coaliciones política-corporativas existentes; no dejan mucho espacio para el análisis en profundidad de causas y consecuencias que no sean restablecer lo existente.

Las grandes empresas transnacionales van a reclamar por subsidios, disminución de impuestos y créditos blandos con mayor eficacia que los trabajadores por cuenta propia porque la distribución de oportunidades y riesgos, como siempre, no será equitativa, el costo real será transferido a los más pobres y los más débiles, con escasa o nula capacidad de defender sus derechos e intereses. Las personas con menos acceso a la atención médica, o que viven en áreas más propensas a las enfermedades, ahora también serán excluidas con mayor frecuencia de lugares y oportunidades abiertas para todos los demás. Los inmigrantes, los refugiados, los indocumentados y los ex convictos se enfrentarán a un gran obstáculo para integrarse en la sociedad.

Es el momento de plantearse un nuevo modelo de desarrollo, ajustado a los grandes cambios mundiales. Avanzar con la digitalización en todas las unidades productivas (industria 4.0, agricultura 3.0, servicios apoyados en la economía del conocimiento). Un nuevo sistema Educativo que supere lo presencial con el uso creativo de las próximas tecnologías. Un sistema de salud que responda a las necesidades de las poblaciones más desprotegidas y que pueda innovar en atención personalizada. Es fundamental un nuevo sistema financiero, tanto como un nuevo sistema fiscal. Integración de las economías informales. Un sistema público de auditoría de las compras gubernamentales. Es decir un auténtico proyecto nacional que termine con el capitalismo doblemente dependiente: de las grandes corporaciones y del presupuesto público.

Esto que acá comentamos someramente es sólo un indicativo de lo que pudiera ser un mapa de ruta para crear una nueva sociedad.