Opinión Domingo, 29 de marzo de 2020 | Edición impresa

El día después de Stiglitz - Por Edgardo R. Moreno

Por Edgardo R. Moreno - De Nuestra Corresponsalía en Buenos Aires

“Uganda tiene más ministros que camas de terapia intensiva”. Mientras causaban estragos en la flema británica las noticias del contagio del heredero de la corona y de su ufano primer ministro, marchaba a imprenta, el jueves pasado, la última edición de la revista The Economist. Con un informe detallado sobre la próxima calamidad del coronavirus: su impacto en los países menos desarrollados. Nada más gráfico que el ejemplo ugandés para ponerlo en imágenes.

Toda África ha reportado sólo 2.800 contagios. Con más de 1.300 millones de habitantes, la India informó menos que Argentina: 650 casos. Y es imposible eludir el riesgo latente en la negación suicida en la que persisten Brasil y México. Dos gigantes cuyo descontrol puede inducir el colapso regional frente a un virus sin vacuna y sin cura.

El consenso generalizado sobre la conveniencia de medidas de confinamiento temporario para enfrentar la pandemia derrotó la obstinación de los políticos adictos al discurso del nacionalismo protectivo. Los más notorios: Donald Trump, Boris Johnson. Y en el silencio de su vasta censura, Xi Jinping.

Ironías de la pandemia: cuando las fronteras se cerraron, el aislamiento social reveló las falsedades del aislacionismo político. Para un problema global, la solución sólo puede ser global. De allí el súbito interés por la crisis en los países pobres.

Alberto Fernández registró de primera mano ese debate en su diálogo de teletrabajo con los líderes del Grupo de los 20. Una discusión que tradujo luego la presidenta del FMI, Kristalina Georgieva: el mundo ha entrado en una recesión peor que el desplome de 2009.

El Presidente argentino concentró poder político al tomar las primeras medidas drásticas contra la pandemia. La suspensión de las clases, la cuarentena. Se alineó muy a tiempo dentro de un consenso global creciente. El de una política sanitaria que resumió con ingenio un médico de ficción: “Esto es una epidemia, no un problema de diagnóstico. Lo resolvemos juntos, manteniéndonos separados”, dijo el actor Hugh Laurie, protagonista de Doctor House.

Luego de ese consenso inicial, Fernández se enfrentó con los obstáculos de la emergencia. Algunas coincidencias sanitarias entraron en revisión porque no sólo la cuarentena era aconsejable. También el máximo testeo posible. Sin una provisión adecuada de reactivos, o una morosa descentralización de los análisis, los riesgos de una previsión a tientas se incrementan.

El aislamiento social obligatorio también desafió la unidad de la cadena de mandos en la estructura estatal. La cuarentena sanitaria demanda la eficiencia de la política de seguridad. Pero el Ejecutivo nacional encontró dificultades para alinear a los intendentes. A contrapelo de la crítica global, el aislacionismo se replicó a nivel comunal con su pulsión más conocida: el miedo. O la ira contra el vecino. Un reflejo que el Gobierno agitó con algunas alusiones de belicismo inadecuado. La solidaridad social también suele despertarse ante una catástrofe. ¿Por qué resucitar el discurso del enemigo?

Pero esas tensiones que suben desde las intendencias, pasando por las gobernaciones, hasta la Casa Rosada no son meros arranques de autonomismo inoportuno. Revelan a su modo un nudo central de la emergencia: es imposible enfrentar a la pandemia sin una política económica acertada. No hay política sanitaria que pueda desentenderse del país detenido.

En ese ámbito, también sufre erosiones el consenso inicial acumulado por el Presidente. La crisis del coronavirus revivió las evocaciones de un Estado fuerte. Por fin podrán comprobarse los alcances prácticos de una meneada antigualla argentina: la de vivir con lo nuestro.

Porque “lo nuestro” que tiene Alemania en sus reservas está lejos de ser “lo nuestro” que tiene Argentina en las suyas. El Estado protector de Angela Merkel -forjado durante décadas de disciplina fiscal y productividad privada- no es el mismo que el maltrecho arcón de derroche y endeudamiento que le toca administrar a Alberto Fernández.

En ese núcleo de la emergencia el Gobierno no atina todavía a dar respuestas. La crisis global le permitió por un tiempo argumentar -como un supuesto beneficio- el mal de todos. Un pensamiento mágico de corto alcance.

¿Y si acaso se cumplió la profecía apocalíptica de su asesor Joseph Stiglitz?. Porque Argentina ya está en default y el capitalismo en crisis. Hasta el FMI está pidiendo prorrogar los pagos. Pero el Gobierno todavía no explica que vivir con aquel paupérrimo Estado nuestro es la realidad que siempre imaginó para después.

Las medidas paliativas para la cuarentena fueron procíclicas. Apuntaron al circuito que el oficialismo conoce bien, reforzando los subsidios a la pobreza ya establecidos. Dejaron en evidencia los circuitos que el Gobierno apenas conoce: los de la enorme economía informal no bancarizada y la economía formal que la ideología menosprecia. Empresas de toda laya que no saben cómo afrontar los sueldos.

La gravedad de ese escenario torna desaconsejable que el oficialismo se suba triunfante al podio unipersonal del decisionismo. El acuerdo político con todos los sectores posibles no es una concesión graciable a los adversarios. Es el insumo crítico de cualquier gobernante en crisis.