Mirador Miércoles, 12 de agosto de 2015 | Edición impresa

El “descubrimiento” de los narradores

Por Por Laura Hojman - DyN - Especial para Los Andes

La narración oral y los “cuentacuentos” se pueden concebir como cultores de una de las artes más antiguas relacionadas con la comunicación y, aunque para muchos padres represente un hallazgo o novedad en el ámbito educativo y cultural donde se las promueve con mayor frecuencia, resta mucho para valorarlos en su verdadera esencia y múltiples objetivos, entre ellos formar lectores.

Algunos progenitores suelen fastidiarse cuando sus hijos “no leen” y en cambio dicen que prefieren “que les lean”, cuestión que puede resultar agobiante para los padres que llegan con cansancio a sus casas y deben sentarse frente a un texto o contar una historia a sus niños para calmarlos o dormirlos.

En algunos casos la actividad de narrar o contar historias es apuntado únicamente con fines lúdicos, como el fomento de cierta situación “fácil” o de “pasividad” para niños y adolescentes, cuando en realidad según los especialistas se está tratando de la formación de “escuchadores” y finalmente de “futuros lectores”.

Precisamente, si se aprecia la narración oral, comenzó siendo el vehículo por el que las familias en la antigüedad se reunían y escuchaban las “novedades”, “historias” o “noticias” de sus pueblos o localidades próximas, que casi siempre traía y transmitía uno de los miembros o un pariente o vecino. 

Actualmente, esa vieja práctica y tradición que nació por una necesidad, se integró como actividad y oferta cultural en exposiciones del libro, espectáculos para niños y adolescentes, literaturas, talleres, prácticas escolares y en objeto de estudio e investigación a nivel mundial.

Claudio Pansera, curador del Festival Internacional de Cuentacuentos Palabras más Palabras menos, que tuvo lugar recientemente en Buenos Aires, dijo a DyN que la narración oral es también “una importante práctica para aprender a escuchar”, en el marco de la presencia de siete narradores iberoamericanos que contaron historias clásicas y populares de cada país.

Pansera destacó que además el arte de cuentacuentos “tiene una función social” y destacó las tareas de los narradores que concurren a leer o contar historias a niños internados en hospitales, centros de salud y hogares, a quienes -dijo- la actividad “los conecta con la parte sana que tienen dentro de ellos, porque no son un expediente más”.

Para Pansera, esta actividad, más antigua que la escritura, es también un “desafío frente a otras actividades como las pantallas, donde los niños pasan más tiempo frente a ellas que frente a rostros y voces”.

Según los pedagogos, en las pantallas el mensaje que se ofrece “terminado, listo para consumir”, mientras en las historias que se narran “se pone en juego la imaginación la actividad mental y emocional”, de quienes escuchan.

Otro de los resultados positivos que generó la experiencia con cuentistas o animadores culturales más allá de lograr la socialización, el contacto y los vínculos afectivos, es la posibilidad de estimular a la lectura, al entrenar a niños y adolescentes en el uso de la palabra, la atención y el pensamiento creativo y la interrelación entre los lenguajes artísticos.