Opinión Miércoles, 7 de agosto de 2019 | Edición impresa

El curioso fenómeno de los “famosos” desconocidos - Por Claudio Barros

Necesitaba contenidos que no pidieran tanta atención. Y algo vino a mi rescate: los youtubers.

Por Claudio Barros - cbarros@losandes.com.ar

“Más de 100 canales y nada para ver”. La frase comenzó a resonar en mi cabeza un día de julio de 2017 mientras hacía zapping frente al televisor, mirando sin ver y pensando en lo mucho que pagaba por un ejercicio tan agotador.

Mi descubrimiento, y posterior razonamiento, no era más que una repetición de experiencias que había escuchado de amigos. Sin embargo un día tomé coraje y decidí pasar de la palabra a la acción: le di de baja a mi servicio pago de TV. Pasé así del cliché de la queja compartida a transitar el solitario territorio de la decisión tomada. Así fue como establecí que mi único entretenimiento televisivo vendría de internet.

Fue extraño, al principio, sobre todo porque no tengo TDA ni antena de TV por aire, y lo que más extrañaba era el “ruido blanco” de fondo con la tele encendida. 

Para combatir el silencio interpelante me sumergí en la oferta online y comencé a pagar por ver. Así instalé HBO Go, Amazon Prime Video, Fox y, por supuesto, Netflix. 

Las series y películas satisficieron mi sed de distracción pero no fueron suficientes para superar mi necesidad de contenido que no requiriera 100% de mi atención. Fue entonces cuando algo que ya conocía pero no consumía vino a mi rescate: los youtubers.

Comencé a rascar la superficie de ese grupo denostado de generadores de contenido online para hallar pequeñas joyas, estilos personalizados y fieles seguidores. En otras palabras, descubrí a las nuevas “estrellas”, de esas que no salen en la tele ni en los diarios pero miles siguen y consumen. 

Ninguno es un recién llegado al fenómeno pero refuerzan una tendencia: no necesitan de medios tradicionales para ser populares. Paradójicamente son famosos y al mismo tiempo desconocidos. No se sentarán en la mesa de Mirtha, ni en el living de Susana ni tampoco Tinelli los convocará para bailar pero pueden lograr que millones de personas los vean. Y el número no es figurativo, es literal. Sólo por dar algunos nombres: el mexicano Luisito Comunica (25,4 millones de suscriptores), el venezolano afincado en Argentina DrossRotzank (17,3 millones), a la estadounidense de nacimiento y mexicana por adopción Superholly (2,9 millones), al español Jaime Altozano (1,6 millones) o los argentinos de Te Lo Resumo (3,2 millones) y Paulina Cocina (1,3 millones).

Sus nombres pueden no ser conocidos para todos pero son inmensamente populares entre los fans y haters que les alimentan el ego y los bolsillos.

No pongo en esa lista a personajes como Hola Soy Germán (39,6 millones de suscriptores), El Rubius (35,4 millones de suscriptores) o Julián Serrano (2,7 millones de suscriptores) porque con libros publicados o apariciones televisivas ya salieron de la sombra de Youtube para ser “mediáticos”

Mi relato puede sonar épico en la forma y banal en el contenido, pero algo subyace en esta aventura de desconectarse de los viejos formatos: hay otra manera de conocer personajes y consumir contenido televisivo... y no la descubrí yo.

Los millennials -esa construcción que es más mediática que social- son los que (ad)miran a estos generadores de contenidos e imponen la costumbre de no atarse a horarios ni a dispositivos. De hecho consumen estos videos y ni siquiera necesitan un televisor para eso.

Para los que crecimos frente a un televisor el cambio no es sencillo, a pesar de que no es nuevo. Sin embargo la rapidez con la que dejé de extrañar la TV en vivo y los cortes comerciales no tuvo correlación con el tiempo que me llevó adoptar el formato YouTube, tan distinto al de los canales de aire y en el que sólo los une un punto en común: buscan espectadores pero a la vez nos miran para mostrarnos como somos.