Opinión Lunes, 18 de mayo de 2020 | Edición impresa

El corrector, la soledad y el silencio - Por Alicia María Zorrilla

Por Alicia María Zorrilla - Presidenta de la Academia Argentina de Letras

Los correctores no han perdido el Paraíso, aunque el escritor Manuel López de Tejada diga que, a veces, cree que los correctores representan el Purgatorio de las palabras [1]. Tal vez, porque, con delicadeza de cirujanos, anestesian primero el texto inyectando los ojos con ansiedad en cada línea que leen, practican la operación -al principio, serenamente, con esmerada prudencia; luego, cuando los errores arrecian, y las dudas implacables los atacan, casi en el borde del abismo- y mandan a mejor vida los vocablos que cada autor ha sabido colocar en el lugar inexacto, con significado inexistente y junto al punto y coma equivocado. Si esas palabras pasan o no por el Purgatorio, nadie lo sabe, pero que muchas conocen el Infierno tachadas por sus acertadas o, a veces, inacertadas decisiones, seguramente. Dice al respecto el escritor estadounidense Stephen King (1947): «”El corrector siempre tiene razón”. Se colige que los escritores nunca siguen todos los consejos del corrector o correctora, porque todos han pecado y no alcanzan la perfección editorial. En otras palabras: escribir es humano, y corregir, divino» [2].

No obstante, las palabras siguen viviendo y esperan ser tratadas con dignidad, la misma dignidad que reclaman los correctores, quienes, gracias a su constancia, han sabido ganarse un lugar destacado en el ámbito profesional y siguen luchando por profesionalizar su actividad. Hoy podemos decir con orgullo que su labor es espiritualmente respetada. El adverbio «espiritualmente» no es gratuito, pues, en la mayoría de los casos, se retribuye mal su trabajo porque se desconoce cuál es, en realidad, ese trabajo y las dificultades que genera. Muchos creen que corregir es sobrevolar un texto, o mejor sobrebarrerlo, es decir, colocar una coma aquí, otra más allá, y alguna tilde o mayúscula que el dedo descuidado del autor olvidó digitar en el teclado. Esa corrección «divertida» y «gorjeante» -por asignarle con ironía cualidades que están a la altura de nuestros tiempos- nada se asemeja a la verdadera, la que requiere soledad, concentración, muchos conocimientos, mucho esfuerzo, voluntad sin límites y una vasta cultura o, por lo menos, la capacidad para saber buscar en la bibliografía adecuada ese dato que no debe pecar de impreciso. Corregir con pericia es introducirse en los intersticios del texto hasta la médula del mensaje, penetrarlo circunstanciadamente hasta su esqueleto sin alterarlo con gratuitos gustos personales. Por eso decía Juan Ramón Jiménez que «el verdadero talento es asceta, como la verdadera virtud; se nutre de la soledad y del silencio» [3]. El autor escribe desde el alma; el buen corrector, revisando el texto, revive su escritura, metáfora de esa alma. La distancia es grande, pero cada labor es inmensa. Ese diálogo distante los une a través de las palabras. Sin duda, ambos buscan la belleza para que los lectores puedan acercarse a ella, para que gocen de esa «rosa de cristal» [4], de ese bien tan eterno como el tiempo. En ambos, hay entrega amorosa.

A pesar de sus nobles objetivos, los correctores siempre están en tela de juicio, y, no pocas veces, los hieren hasta la humillación, pero, como decía el poeta, «el tiro en el ala atraviesa la pluma, no el vuelo» [5]. Algunos autores los tildan de «descuartizadores» o «destripadores» del texto, y otros ven en cada uno de ellos una especie de doctor Frankestein que deshace sus criaturas para rehacerlas con retazos de su nostalgia de escritor desahuciado. Los autores les temen porque sienten que arrastran la fijación obsesiva de corregir ávidamente cuanta construcción aparece ante sus ojos, de leer buscando con malicia los errores y hasta de complacerse con el «horroroso» hallazgo. Pero el buen corrector sabe que el texto tiene cuerpo y alma, y que no debe convertirlo en una suma de prótesis.

Todos sabemos bien que el que descuartiza el texto o lo reescribe no es corrector, aunque se lo llame así por costumbre. No hablamos de esta persona porque no creemos en ella, pero, lamentablemente, existe. Los correctores auténticos son los cuidadores del texto, los que guardan su integridad. Como verdaderos cirujanos que solo extraen el mal para sanar a sus pacientes, los correctores despojan de errores el texto, lo detergen, lo limpian sin «corroerlo». Su misión es esa: quitar las malezas del camino, pulir y observar que el autor haya respetado la ilación de los hechos, la coherencia y la cohesión del contenido de la obra. No obstante, siempre le quedará la impresión de que su tarea no ha concluido ni concluirá nunca, de que todo es poco. A veces, se equivoca, como todos los seres humanos, y debe padecer la dura crítica de los demás, que lo tachan de «corrector corruptor». Entonces, debe saber reconocerlo con humildad y no avergonzarse de sus yerros. Sin duda, el que corrige a los demás tiene que aceptar que se lo corrija, o que se le cuestione lo que ha hecho. Asimismo tendrá la honestidad de admitirlos y de no obcecarse en ellos. Toda actitud omnipotente es nefasta. Por eso, el diálogo con el autor resulta imprescindible para autenticar la calidad del trabajo.

Los correctores están unidos por el mismo idioma, por los mismos valores, la misma profesión, los mismos objetivos, el mismo deseo de trabajar juntos siempre para ayudarse y enriquecerse unos a otros, pues el mundo verdadero no se divide en países ni se traduce en monedas, debe multiplicarse espiritual y materialmente en obras que le permitan al hombre elevar su condición de hombre en libertad real y sentirse en constante actitud de servicio hacia los demás. Poder nombrar el mundo, que es «espejo de palabras», escribiéndolo, traduciéndolo, corrigiéndolo y leyéndolo significa alcanzar el inmenso privilegio de compartir sus claroscuros y de imaginar su delicada eternidad.

 [1] La culpa del corrector, Buenos Aires, Sudamericana, 2000, pág. 50

[2] «Tercer Prólogo», Mientras escribo. Traducción: Jofre Homedes Beutnagel, Madrid, Plaza y Janés, 2001, p. 7.

[3] Ideolojía (1897-1957). Metamórfosis, IV, Barcelona, Anthropos, 1990, p. 110.

[4] Ibidem, p. 114.

[5] Ibidem, p. 516.