Opinión Jueves, 3 de octubre de 2019 | Edición impresa

El amor no vence al odio - Por Claudio Barros

Las empresas detrás las redes sociales más populares afirman que trabajan para suprimir mensajes humillantes pero pocas veces lo logran.

Por Claudio Barros - cbarros@losandes.com.ar

Carlos Maza es un hombre gay de 31 años. Es hijo de inmigrantes cubanos y nació en Estados Unidos. Carlos es también una de las caras más conocidas de Vox, un sitio de noticias norteamericano, donde comparte videos con análisis y críticas a medios en la era Trump.

Sin embargo hace pocos meses pasó a ser él mismo centro de la noticia cuando decidió exponer la doble vara con la que YouTube mide lo que es apropiado decir y lo que no.

 

Su denuncia pública la hizo en base al constante acoso que recibía de Steven Crowder, un youtuber conservador y con ideología de ultraderecha. Cada vez que Maza publicaba un video con críticas a los medios por el tratamiento de noticias que involucraban al presidente Donald Trump, Crowder aparecía en YouTube a burlarse del periodista. Frecuentemente afirmaba que las investigaciones de Carlos Maza estaban basadas en su carácter de “latino y gay” y despectivamente lo llamaba “El Che Guevara maricón”. 

Así fue como Maza decidió formalizar sus quejas ante la plataforma de videos de Google con un contundente tuit: "Estos videos tienen millones de visualizaciones en YouTube. Cada vez que se publica uno, me despierto con un montón de abusos racistas/homofóbicos en Instagram y Twitter"

YouTube tomó nota y no tardó en responder. Sin embargo la declaración de la empresa sorprendió a todos: "Si bien encontramos un lenguaje claramente hiriente, los videos tal como se publicaron no violan nuestras políticas. Como plataforma abierta, es crucial para nosotros permitir que todos (...) expresen sus opiniones en el ámbito de nuestras políticas. Las opiniones pueden ser profundamente ofensivas, pero si no violan nuestras políticas, permanecerán en nuestro sitio". Así YouTube explicaba además que no eliminaría los videos ofensivos

El escándalo desatado por el enfrentamiento entre Maza y Crowder escaló aún más luego del comunicado de YouTube. Sin embargo las fuertes críticas no se hicieron esperar y la empresa tardó sólo un día en dar marcha atrás sancionando al youtuber conservador con la desmonetización de sus videos.

 

"Sé que la decisión que tomamos fue muy dolorosa para la comunidad LGBTQ. Esa no era nuestra intención en absoluto. Creo que es importante dejar eso claro. Pedimos perdón por ello", dijo Susan Wojcicki, directora ejecutiva de YouTube.

¿Fue suficiente? Claramente no. El único castigo para Crowder fue no poder promover su tienda online donde vende productos con insultos homofóbicos y racistas, pero su canal pasó de tener 3,6 millones de suscriptores a los 4,1 millones que tiene actualmente.

Obviamente no es la primera vez que alguien denuncia ser blanco del odio de otros pero el caso sirve para mostrar que el doble estándar de las redes se ha vuelto un peligro social.

Así se sienten los intentos de regulación de discursos de odio en las redes

Hemos contado mil veces historias sobre cómo se censuran desnudos que aparecen en pinturas clásicas, en videos de madres amamantando o en imágenes de tribus perdidas pero poco se dice sobre la amplia tolerancia de las redes a sostener a quienes promueven el racismo o la discriminación amparados en la libertad de expresión. Porque ese fue el argumento de Crowder ante el conflicto que se generó. Para defender sus opiniones sobre Carlos Maza dijo que lo que suyo no era abuso online sino que es la víctima de lo que considera "un ejemplo de cómo una entidad de medios corporativos gigante [Vox] intenta silenciar las voces que no les gustan".

Todo el incidente sacó a la luz algo que varias investigaciones vienen revelando desde hace tiempo: el odio prevalece y es, sobre todo, lucrativo.

 

Las empresas detrás las redes sociales más populares como Facebook, Twitter, Instagram o YouTube afirman que constantemente trabajan para suprimir los discursos de odio pero pocas veces lo logran. Aunque eliminen contenidos de un usuario, otros lo vuelven a compartir o se arman canales alternativos que terminan formando una red imposible de rastrear y detener.

La regulación nunca es suficiente y es tan porosa que termina pareciendo al popular video donde se ve a una persona intentando quitar el agua de una playa con un secador de piso mientras las olas la avasallan.