Opinión Jueves, 21 de mayo de 2020 | Edición impresa

Edgar Morin y la reforma del pensamiento - Por Armando Fernández Guillermet

Por Armando Fernández Guillermet - Instituto Balseiro y FCEN-UNCuyo

Edgar Morin (foto), sociólogo y director emérito del Centre National de la Recherche Scientifique, es un influyente  pensador contemporáneo, nacido en 1921. Continuando una prolífica trayectoria ensayística, presentó a fines del siglo XX dos libros sobre educación: “La cabeza bien puesta. Repensar la reforma. Reformar el pensamiento”, y, “Los siete saberes necesarios para la educación del futuro”.

En vista de la relevancia de sus aportes conceptuales al debate educativo actual, me propongo en esta nota presentar sinópticamente los lineamientos de la reforma propuesta en el primer libro mencionado.

El autor comienza constatando la falta de adecuación entre, por una parte, los saberes parcelados y compartimentados en disciplinas y, por otra parte, las realidades o problemas contemporáneos -cada vez más transversales y multidimensionales- que se plantean en el contexto planetario y de la “complejidad”.

Para Morin existe “complejidad” cuando no se pueden separar los componentes que constituyen un todo (por ejemplo, lo económico, lo político, lo sociológico, lo psicológico, lo afectivo, etc.), y cuando existe un tejido interdependiente e interactivo entre las partes y el todo. 

El problema que surge es desarrollar el conocimiento y cultivar un pensamiento capaz de abordar la situación humana -en la vida, en la Tierra- afrontando la “complejidad” que caracteriza el mundo contemporáneo.

En particular, la rápida expansión de la información disponible plantea la necesidad de transformarla en “conocimiento pertinente”: procesarla críticamente situándola en los contextos e integrando las parcialidades en los conjuntos a los que pertenecen.

A esto se suman otros tres desafíos:

(1) uno “cultural” que se origina en la desunión entre las “dos culturas”: la de las ciencias y la de las humanidades;

(2) uno “sociológico”, que surge del carácter cognitivo de las actividades económicas, técnicas, sociales y políticas que plantea la expansión y desarrollo informático;

(3) uno “cívico”, que se origina en la pérdida la percepción global, la cual debilita el sentido de la responsabilidad (cada uno tiende a responder por su tarea especializada) y la solidaridad (sólo se percibe la vinculación orgánica con sus conciudadanos).

Además, si el saber deviene progresivamente propiedad de expertos y especialistas, el ciudadano -en tanto tal- llega a quedarse sin bases ni perspectivas para afrontar críticamente el aluvión de información que llega a través de las redes comunicacionales.

Para enfrentar estos desafíos, Edgar Morin impulsa una reforma de la capacidad para organizar el conocimiento -la cual involucra al pensamiento y la enseñanza- con cinco finalidades clave.

La primera finalidad, denominada “una cabeza puesta”, significa que más que acumular el saber, es importante disponer simultáneamente de:

(a) una aptitud general para plantear y resolver problemas, la cual presupone el desarrollo de la inteligencia general;

(b) principios organizadores que permitan vincular los saberes y darles sentido.

La segunda finalidad, el “estudio de la condición humana”, tiene por base el aporte convergente de las ciencias exactas y naturales, las ciencias humanas, la cultura de las humanidades y la filosofía.

La tercera finalidad, que se vincula al “aprender a vivir”, involucra:

(c) aprender la comprensión humana;

(d) la iniciación en la lucidez, que comprende el problema del error, la necesidad de una racionalidad crítica, autocrítica y la autoobservación; 

(e) la interrogación y reflexión filosófica sobre la condición humana, el conocimiento y los problemas de la vida.

La cuarta finalidad, continuación de la anterior, es “enfrentar la incertidumbre”, es decir, la preparación para afrontar el destino incierto de cada individuo y la humanidad. Esto implica aprender a:

(f) practicar un pensamiento empeñado en contextualizar, totalizar, luchar contra el error, la falsedad y la mentira;

(g) elaborar y practicar estrategias para la acción; 

(h) comprometerse en la apuesta y la acción, integrando la incertidumbre en la fe o la esperanza.

La quinta finalidad, el “aprendizaje ciudadano”, implica:

(i) aprender la solidaridad y responsabilidad respecto de su comunidad-sociedad de pertenencia, en los niveles nacional y regional;

(j) la conciencia de pertenencia a la patria terrestre, que favorezca el desarrollo del sentimiento de unión y de solidaridad necesario para civilizar y humanizar las relaciones.                

En síntesis, Edgar Morin plantea que se necesita un pensamiento que:

(A) dé cuenta de la interdependencia entre el conocimiento de las partes y el conocimiento del todo;

(B) reconozca y analice los fenómenos multidimensionales sin aislar o mutilar sus dimensiones;

(C) reconozca y analice las realidades (como la democracia, por ejemplo) que son, al mismo tiempo, solidarias y conflictivas;

(D) respete lo diverso, y que, al mismo tiempo, reconozca la unidad.

Esta reforma no partiría de cero: tiene sus antecedentes -y sus apoyos- en la cultura de las ciencias (exactas, naturales y sociales), en la filosofía y en la cultura del arte y las humanidades.

En particular, las ciencias naturales han mostrado la constitución de ciencias (tales como la ecología, las ciencias de la Tierra, la cosmología, etc.) que se ocupan de sistemas que son totalidades organizadoras.

Además, la cultura literaria ha contribuido crucialmente a la autorreflexión humana a través de tradición de los ensayos, la poesía y las novelas, como también han aportado a este esclarecimiento el cine, el teatro, la música, la pintura y la escultura. 

A modo de cierre, destacaría que, además de Edgar Morin, otros científicos-pensadores como François Jacob, Jacques Monod e Ilya Prigogine, contribuyeron en el siglo XX a la cultura general, reflexiva e interdisciplinaria. Ellos abrieron nuevos caminos para restablecer las relaciones dialógicas y solidarias -es decir, humanistas- entre las “dos culturas”, lamentablemente desunidas.