Opinión Jueves, 14 de noviembre de 2019 | Edición impresa

Descortesías - Por Javier Hernández

Tal vez no hay secreto y solo se trata de un perturbado más, o tal vez sea un tipo muy solo o muy triste.

Por Javier Hernández - jhernandez@losandes.com.ar

El hombre tiene unos 40 años y se pasea sin prisa por el estrecho laberinto que forman la docena de mesas que el café ha repartido sobre la vereda; avanza en silencio entre los comensales y fija la vista en cada uno de ellos apenas un instante. Los observa breve pero insistente, sin decir palabra, como si buscase reconocer a alguien, luego pasa a la siguiente mesa y así va por todas.

Cuelga sobre su pecho, sujeto por una piola que le rodea el cuello, un pedazo de cartón que arrancó de alguna caja y en el que ha escrito, en imprenta y con fibrón oscuro y grueso: “Me gustan los malos tratos”. Muestra el letrero en cada mesa e incluso, cuando alguien no le presta la suficiente atención, se señala el cartón con el índice y acompaña el gesto con una sonrisa leve y perturbadora.

Por fin y sin haber dicho palabra termina su recorrido y, tras la última mesa, sigue camino por la vereda, llega hasta la esquina, dobla y se pierde.

No es más que eso: él con su sonrisa, el cartón sobre el pecho y la invitación -o la advertencia-; como a todos, me toma por sorpresa y lamento no preguntarle algo, cualquier cosa, saber quién es o qué busca. Tal vez no hay secreto y solo se trata de un perturbado más, o tal vez sea un tipo muy solo o muy triste; también puede ser otra cosa, algún bromista grabando a escondidas para algún canal perdido en YouTube o un estudiante de teatro en su perfomance callejera. Incluso puede ser parte de un mal sueño pero no, el asunto ha ocurrido anoche mismo y todavía me da vueltas en la cabeza.

Mientras salgo del baño me digo que habiendo historias como esas no hay necesidad de leer ficción; enciendo la radio del pasillo y entro en la cocina con la idea de desayunar.

Sorpresa, la pava eléctrica que compré hace menos de tres meses ya no funciona; el aparato luce como nuevo pero sencillamente no enciende. Reviso lo poco que alguien como yo tiene para revisar en estos casos: muevo el cable y la perilla de un lado a otro, aguardo un instante e insisto, no ocurre nada.

Cambio de planes y me sirvo un vaso de leche; en la radio alguien comenta que la sonda Voyager 2, aquella que fue lanzada al cosmos en 1977, ya viaja mucho más allá de Plutón y finalmente, por estos días el aparato ha entrado en el espacio interestelar. “Está en su propia órbita alrededor de la galaxia y durante los próximos 5.000 millones de años, la chance de que choque con algo es de casi cero”, afirma un científico de apellido Kurt, Kort, Kert, o algo así. 

Me quedo reflexionando en lo que ha dicho el experto y en las posibilidades infinitas que ofrece el hombre, que ha sabido al mismo tiempo pasearse entre las mesas de un café con una advertencia perturbadora, diseñar una pava eléctrica que se vuelve inservible en solo tres meses o una sonda espacial que durará más que el propio planeta Tierra.