Mundo Sociedad Sábado, 19 de octubre de 2019 | Edición impresa

Deforestación: cuando los bosques se queman

Los incendios amazónicos aumentaron 82% en los primeros ocho meses del año, en comparación con el mismo período de 2018.

Por Hugo Diego Eberle - Especialista en temas ambientales

En los últimos meses hemos asistido a una crisis internacional sin precedentes, extensas áreas de la sabana en África central han estado en llamas, lo mismo al norte de Asia, en el litoral ártico de Siberia el fuego se ha extendido a voluntad, así como las turberas del sudeste asiático y Alaska. En nuestro continente, los recientes sucesos en Amazonia completan los más graves ataques a los ecosistemas terrestres de los últimos tiempos incluido los eventos californianos de finales del 2018 que fue arrasada por el incendio más devastador en cien años, así como lo ocurrido en las Islas Canarias al inicio del 2019 donde se perdieron 11.000 ha de pulmón verde.                

El 60% de la Amazonia se encuentra en territorio brasileño, el restante pertenece a Bolivia, Colombia, Venezuela, Perú y Ecuador y las Guayanas. Esto es lo que se considera la región de defensa contra el calentamiento global y es controlada por diversos organismos brasileños, tales como el IMPE (Instituto Nacional de Pesquisas Espaciales) y el Ibama (Instituto Brasileño para la Administración del Medio Ambiente) que de paso, es el organizador de la 7a Conferencia Mundial sobre Incendios Forestales, a realizarse en la ciudad de Campo Grande (MS) el lunes 28 de este mes. 

Variados usos

El fuego en Amazonia (Queimadas) se usa para limpiar áreas desmatadas para cualquier propósito, ya sea para preparar tierra de cultivos, para abrir caminos, para radicar pueblos y otros propósitos, pero a veces, el descuido o la falta de medios hace que se pierda el control y en épocas de seca suelen ocurrir eventos como los recientes que se apagan solo con las lluvias. Los daños pueden ser muy altos con la muerte de grandes ejemplares arbóreos como el caoba (variedad macrophylla en Brasil) o el Angelim rojo que tardarán años en reponerse y lo peor es que al perder las hojas hacen a la selva más vulnerable a la sequía y a otros eventos de quema.  

 

En el presente año se registra un período de seca tal como ocurrió en 2016 no obstante según los investigadores del IPAM (Instituto de Pesquisa Ambiental de Amazonia) solo la seca no explica el aumento de los focos de incendio registrados. Esta afirmación es coherente con los hechos registrados recientemente en los diez municipios amazónicos que más focos tuvieron, eventos que, según Veja (21/08/19), también fueron los que tuvieron mayor tasa de desmonte. Esos municipios son responsables por el 37% de los focos de calor de este año y por el 43% del talado registrado hasta julio en la región. 

Participación de la NASA

En resumen, según el mencionado semanario esa concentración de incendios forestales en áreas de reciente talado y no con un estado absoluto de sequía, representa un fuerte indicativo del carácter intencional de los incendios, o sea: limpieza de áreas recientemente desmatadas, opinión que es compartida con la NASA (Administración Nacional de Aeronáutica y Espacio–EEUU) y el IPAM. 

Los daños causados no se conocerán con precisión en términos de superficie afectada hasta que desaparezcan las humaredas en su totalidad. Mientras que la regeneración de la selva es explicada por la investigadora brasileña Erika Berenguer, en entrevista realizada por el diario paulista Estadão en su edición del 3 de setiembre pasado. En esa nota,  afirma que la Amazonia no es un ecosistema asociado a un fuego periódico, ya que es muy húmeda y no se quema de modo natural por lo cual su vida no fue compartida con incendios como ocurre en la sabana en el centro del territorio.

Finalmente concluye que la Amazonia no tiene un mecanismo de rápida recuperación tanto en términos de biodiversidad como en el proceso de captura de carbono y menos cuando, tanto el fuego como el talado continúen siendo permitidos en el área. 

Ella, como la mayoría de los técnicos ambientales, piensa que en un alto porcentaje es la acción del hombre la causante del fuego forestal que transforma el bosque en sabana, para ser luego raleada con fuego “controlado”. Es mayoritariamente aceptado que ello responde a la necesidad de expandir la frontera agropecuaria debido a la mayor demanda de alimentos producida por el sostenido aumento de la población mundial. 

 

Es claro que los incendios de bosques son grandes contaminadores de la atmósfera porque liberan a ella DC/MP (dióxido de carbono y material particulado), matan las principales fuentes generadoras de oxígeno, eliminan la posibilidad de auto generar lluvias como es el caso en la selva amazónica, permiten el aumento de las emisiones al ingresar ganado para pastoreo, aumenta el riesgo de desertización al producir pérdida de humedad y obviamente se pierde o degrada biodiversidad y ecosistemas. 

Según el INPE, los incendios amazónicos aumentaron 82% en los primeros 8 meses del año, en comparación con el mismo período de 2018. Han llegado a abarcar 9.250 km2 en 72.000 focos y es por lo que esta vez han provocado denuncias y protestas en varios países y de organizaciones conservacionistas, como Greenpeace o Extintion Rebellion, además de amenazas de varios países de la Unión Europea de boicotear la compra de carne brasileña y otras sanciones económicas al país.

Algunos estados reclaman que la floresta debe mantenerse en pie, pero como el discurso no es suficiente han decidido ayudar al país sede con dinero. Tal es el caso de Noruega y Alemania que en junio del 2014 firmaron un acuerdo con el Ibama para la provisión de 14.717 millones de reales (unos 370 millones de dólares) para el Fondo Amazonia, destinados a la prevención aumentando la fiscalización y cumpliendo las metas que ambas partes firmaran en ese protocolo con validez hasta agosto del 2020.

Sin embargo, esta contribución fue suspendida como consecuencia de los eventos recientes, y principalmente debido a que la causa de dichos eventos es la política de la actual administración de permitir el desmonte en favor de las actividades económicas asociadas a la producción de alimentos y minería. 

Los incendios en la Amazonia esta vez han excedido el territorio brasileño y avanzado también por Bolivia, Paraguay y amplios sectores del este de Perú. Según el analista político internacional Jorge Castro el tema Amazonia y su protección no tiene una respuesta clara respecto de su cuidado, esto es algo muy difícil de diseñar y menos de realizar no solo por el valor económico, sino también por el tamaño poblacional. En la región viven 20 millones de personas que hacen que la floresta no pueda ser cuidada como un jardín, en alusión a la postura de líderes europeos reclamando por la máxima protección del gigantesco territorio.

 

Por ahora la deforestación de la Amazonia está en 19,3% del total natural, muy cerca del límite investigado y enunciado por el biólogo estadounidense Thomas Lovejoy,   quien ha afirmado que pasado el límite de 25% la floresta comenzaría a autodegradarse hasta convertirse en una sabana y de ese modo liberar todo el DC acumulado, lo cual sería catastrófico para el mundo.

Las temperaturas cada vez más altas y secas más prolongadas aumentan el riesgo de incendios extensos e incontrolables. Ellos obviamente perjudican el MA (medio ambiente) y desvanecen todos los esfuerzos que gran parte del mundo está haciendo para mitigar los efectos del calentamiento global. Por ello sería conveniente tratar estos asuntos en la próxima COP 25 (conferencia de partes) a realizarse en diciembre próximo en Santiago de Chile, aunque a priori no es un tema de agenda.