Sociedad Domingo, 22 de septiembre de 2019 | Edición impresa

De paseo a la muerte: una tumba perdida y los sepulcros más imponentes

La vida de Genoveva Villanueva fue una de las más trágicas de la historia mendocina.

Por Luciana Sabina - Especial para Los Andes

Mi investigación comenzó hace algunos meses. Escudriñaba libros antiguos cuando ante mí se mostró Genoveva Villanueva, fallecida en 1887. No lo hizo de manera directa, debo aclarar. Llegó a través de Conrado Céspedes, quien escribió sobre ella volviéndola casi tangible. Céspedes fue un abogado e historiador mendocino que vivió entre fines del siglo XIX y principios del XX. Su estudio estaba ubicado en la calle Gutiérrez al 491 de nuestra ciudad y llegó a ser juez. Su pluma resulta adictiva. Francamente, aquella tarde devoré cada palabra.

La trama se desarrolló en tiempos federales, en una Mendoza sometida a los caprichos de Juan Manuel de Rosas. Era 1842 y el sanguinario Aldao gobernaba la provincia. Genoveva transitaba las calles de la ciudad a paso firme. Era una mujer bellísima, perteneciente a la élite provincial y sumamente culta. En Chile se especializó como homeópata. 

 

Se casó siendo muy joven y pronto decidió separarse. Se dedicó desde entonces a atender dolencias ajenas. Harta del sometimiento político reinante, asistió la iglesia sin divisa punzó, esto es, la cinta roja que simbolizaba la adhesión al federalismo. El uso era obligatorio para ambos sexos. 

Una vez concluida la misa, Villanueva fue apresada. Horas más tarde se la paseó sobre un burro. Con alquitrán pegaron un moño rojo a su cabellera, castigo típico a las damas unitarias. Genoveva lo arrancó y lo colocó en uno de sus pies. Lágrimas de dolor y furia recorrían aquel rostro níveo de 27 años. Tradicionalmente la humillación implicaba burlas por parte del vecindario. Pero esta vez, los mendocinos cerraron sus puertas y ventanas. No fueron cómplices del destrato.

 

Conrado pudo apreciarla siendo un niño. Cuenta que Doña Villanueva “casi siempre vestía el hábito franciscano. Para asistir a reuniones sólo agregaba a su toilette un chalón de seda o chales de encaje antiguos, tal como se observa en los retratos. Jamás usó sombreros ni trajes a la moda y en cuanto a las joyas, únicamente ostentaba un anillo de suma sencillez y el reloj de bolsillo”. 

Desde que aquel texto llegó a mis manos busco a Genoveva. Abundan los datos sobre su paso por el mundo, pero los referentes a su camino al “más allá” son bastante austeros. Parece que nadie sabe dónde fue sepultada. Sospecho que puede estar en el cementerio de la Capital, quizás en el sector histórico. Lamentablemente los registros que conserva el lugar inician en 1910, demasiado tarde. Carente de muchas opciones decidí buscarla personalmente, y aquí estoy. Nuevamente en el camposanto capitalino, esta vez sola.

 

Como siempre ingreso por los portones que dan hacia calle San Martín,  antiguamente denominada Chimbas. Me confundo y camino hacia la izquierda. Algunos tramos del cementerio simulan ser una ciudad, dispuesta en dameros y con caminos señalizados. Uno de ellos me deja frente a la “Sección Británica”. Un espacio misterioso que se encuentra entre rejas y bajo llave. Aun así, pueden entreverse las lápidas. Todas ellas muy cuidadas. Aunque son bastante antiguas, no les faltan flores. Logro observar símbolos masones. Me gustaría ingresar, pero el cerrojo lo impide.

Reanudo la marcha con resignación. Pero debo decir que es muy difícil no detenerse cada tanto. Esta vez, un enorme panteón verde resulta culpable. Sobre el lindel de su puerta leo: “Víctimas ferroviarias de Alpatacal”, en alusión a una tragedia que sucedió hacia 1927, dentro de los límites de Mendoza. En total fallecieron 30 personas, 12 de las cuales eran cadetes chilenos que viajaban a Buenos Aires. Habían sido invitados por el presidente Marcelo T. de Alvear para participar en los actos patrios de julio. Sus restos fueron repatriados, los sobrevivientes continuaron y nuestros muertos terminaron aquí, hermanados para siempre por un azar funesto.

 

Sigo. Gracias a algunos atajos visualizo pronto la vieja nichera, una construcción del siglo XIX detrás de la cual asoma el “sector histórico”. Es conocido así porque allí se ubicó a la clase pujante de Mendoza. Aquellos elegidos, convertidos en topónimos de cada rincón provincial. 

Hoy, lejos del poder pero cerca de la gloria, pocos los visitan. Ciertamente una realidad que no imaginaron, dado el esplendor de sus tumbas. Personajes políticos, empresarios de renombre y artistas tienen allí su porción de infinitud. Genoveva no puede estar muy lejos, me dijo: les pertenece.

 

Muchos dicen que Rito Baquero posee el sepulcro de mayor belleza en el Cementerio de Capital. Observándolo no puedo más que coincidir. Este importante empresario llegó a Mendoza en 1881, en misión diplomática desde España. Debía continuar hacia Chile pero se enamoró. Entonces, como en las mejores historias, el corazón decidió. Rito se radicó en nuestra provincia. Encontró en la vitivinicultura una nueva profesión y levantó su propia bodega. Se vinculó con compatriotas suyos y colaboró en la fundación del Hospital Español. Por aquella época, el Estado no garantizaba la salud pública. Los grupos de inmigrantes se ayudaban entre sí creando sociedades de socorros mutuos y nosocomios. Aunque Baquero murió en 1939, 20 años antes hizo traer su mausoleo pieza por pieza desde Barcelona. 

Belleza. Para muchos, el sepulcro de los Baquero es el más lindo del cementerio. | Orlando Pelichotti / Los Andes

Casi desapercibido, a su lado, un ángel se inclina sobre Jacinto Álvarez. Fue nada menos que gobernador de Mendoza en tres oportunidades y hermano gemelo del memorable Agustín Álvarez. Sí, el del colegio.

 

Después de tamaña bienvenida prosigo. No encuentro a Genoveva y la tarde avanza. Horas buscando inútilmente en fragmentos de mármol, placas y cruces oxidadas. Todo parece en vano, pero no lo es. Mi tiempo, como el de cualquiera, es el mejor regalo para los que ya no lo poseen. En cierto modo, eso hacemos los historiadores al rescatarlos del olvido.    

Mientras pienso, el silencio se interrumpe. Pasos cercanos generan pavor entre las palomas que huyen haciendo gala de su pesado aleteo característico. Ya no estoy sola. Un vigilante asoma. Me observa de manera sospechosa, como todo guardián que se precie de serlo, pero luego saluda y sigue.

 

Aunque aquel rostro me resulta familiar, se trata de un completo extraño. Sin embargo, lápida a lápida encuentro a conocidos. La lista es larga. En el cementerio de la capital descansan Cornelio Moyano, Tiburcio Benegas, Francisco Gabriellli, Julio Quintanilla, Eusebio Blanco, Primitivo de la Reta, Manuel A. Sáez, Juan Eugenio Serú, José Vicente Zapata, Honorio Barraquero, Hilario Cuadros, Alejandro Mathus Hoyos, Frank Romero Day, Domingo Bombal y Bautista Gargantini, entre otros. Hoy se pierden en la ciudad, son parte del trajín cotidiano convertidos en calles, barrios, edificios o estadios.

Pero el catálogo funerario no se limita a personajes políticos o artísticos de relevancia. Los bodegueros tienen su porción gloriosa, siendo sus moradas póstumas las más fastuosas. Algunos visitantes que llegan de otras provincias, ajenos a nuestra historia, esbozan sonrisas al leer Escorihuela, Giol, Grosso, Arizu, Orfilia, Toso y, por supuesto, Rutini. ¿Cuántas noches embebidas en el néctar de Dionisio les deben? Muchas. Visitándolos saldan un poco el déficit. 

 

Los Villanueva abundan. Entre ellos encuentro a Elías y Joaquín, pero ni rastros de Genoveva. Frente a la cripta de Conrado Céspedes lamento su finitud. Sin duda, él tendría la respuesta. Admito que mi búsqueda es por el momento infructuosa. Después de todo, estoy en un lugar donde aceptar resulta inevitable.

Rivales. La tumba de Adolfo Calle, fundador de Los Andes, frente a la E. de Civit. | Orlando Pelichotti / Los Andes

Decido marcharme. Aunque antes me detengo para contemplar a Adolfo Calle. Aquel sepulcro es distinto. Una estatua lo representa ocupando su sillón favorito, mientras sostiene con firmeza un ejemplar de diario Los Andes. Frente a él, Emilio Civit: gobernador de Mendoza y primer Ministro de Obras Públicas en Argentina. En vida ambos se detestaban. Poéticamente, la eternidad los sigue enfrentando.

 

Abandono el cementerio. Me prometo seguir investigando. Siento que mi búsqueda por dejar flores a Genoveva va mutando en una especie de obsesión. Sana. O eso espero.

*Luciana Sabina es historiadora y social media manager. Desde 2013 colabora en Los Andes. En 2016 publicó el libro “Héroes y Villanos”, sobre historia argentina del siglo XIX. Fue parte de los proyectos multimedia “La Epopeya”, “La Revolución” y “Sarmiento”, producidos por este diario.