Sociedad Domingo, 29 de septiembre de 2019 | Edición impresa

De paseo a la muerte: la plaza de los fantasmas y la tumba de Merceditas

En la actual Área Fundacional se cumplían las penas capitales, lo que dio pie a leyendas esotéricas.

Por Luciana Sabina* - Especial para Los Andes

Las últimas semanas han sido verdaderamente intensas. Sigo sin encontrar la tumba de Genoveva Villanueva, pero no dejo de buscar. Pasé horas encorvada en el Archivo Provincial, recolectando datos, fechas y nombres que puedan ayudarme. En definitiva, piezas de aquel inmenso rompecabezas llamado “historia”. 

Así que regresé por más. Al revisar carpetas añosas con deleite nerd, surgen nuevos interrogantes. Son demasiados los personajes que acechan entre estas montañas de pliegos ambarinos, que parecen estar a la espera de ser rescatados del olvido. Así llego a los Carrera, tres hermanos chilenos que fueron fusilados en la actual plaza Pedro del Castillo. 

 

A pesar de que hoy esa es una zona relativamente tranquila, antiguamente era el centro de la ciudad. Como tal, los principales edificios rodeaban el predio y la agitación era constante. Nuestro Cabildo, por ejemplo, funcionaba exactamente donde actualmente se emplaza el Museo del Área Fundacional. 

Los Carrera fueron forajidos chilenos capturados en nuestra provincia. Dos de ellos murieron el 18 de abril de 1818, cuando Mendoza estaba bajo las órdenes del gobernador Toribio de Luzuriaga. 

 

Hace poco tuve en mis manos las memorias de fray Benito Lamas, quien los confesó y consoló en el camino hacia la muerte. Según el religioso, eran las seis de la tarde cuando la primera descarga estremeció todo y más de uno se persignó en los alrededores. El mayor de los reos sucumbió de inmediato, mientras que su hermano tuvo que ser rematado torpemente durante largos minutos. 

San Vicente Ferrer. Allí está la tumba de Tomás Godoy Cruz. | Gustavo Rogé / Los Andes

Tres años más tarde, un tercer hermano Carrera siguió una suerte similar. En su caso fue decapitado, y un desfile de tropas acompañó el martirio. Además, durante semanas la cabeza del desgraciado colgó, putrefacta, en uno de los extremos del Cabildo. 

 

No fueron las únicas muertes que sucedieron allí. Prácticamente todas las ejecuciones de Mendoza se llevaron a cabo en el lugar, porque era donde estaba el paredón de fusilamientos. A muchos esto los puede estremecer, pero la realidad macabra no termina allí. En las cercanías de esa plaza se erigían cuatro iglesias: San Francisco –cuyas ruinas se conservan-, San Agustín, Santo Domingo y La Merced. Todas estaban repletas de sepulcros que, luego del terremoto de 1861, terminaron bajo los escombros y jamás fueron trasladados.

Consecuentemente, durante años las historias fantasmales fueron muy populares y la mayoría de las historias se ambientaban en esta zona. Uno de estos relatos llamó especialmente mi atención. Pude conocerlo gracias a un artículo de Los Andes que data de 1885: “Hace algunas noches –apunta, el viejo pero conservado ejemplar– pasaban varios individuos cerca de las ruinas del Convento de San Francisco. Eran como las doce de la noche y recién empezaba a salir la luna, que derramaba una luz débil, insuficiente para disipar las tinieblas”. Tras escuchar lo que parecían ser lamentos, los hombres guardaron silencio al unísono. Uno tomó audazmente la delantera y entre “las informes ruinas –continúa el texto–, vio de pie a un fantasma, al parecer vestido con el hábito de San Francisco, que miraba hacia el lado donde se encontraba parado el grupo”. Lejos de escapar, como hubiese hecho cualquiera, el grupo ingresó a las ruinas con antorchas. Según sus declaraciones, localizaron al supuesto espectro. Estaban a punto de alcanzarlo cuando dio un “quejido lastimero” y se esfumó. 

 

Debo confesar que tras conocer estos detalles el Área Fundacional me genera un respeto especial y prefiero transitarla de día. Sin embargo, que en sus entrañas descanse más de un cristiano no debería inquietar a nadie. Después de todo, en Mendoza hay tumbas por doquier. 

Sin ir más lejos, desde 1951 los restos de la hija de San Martín, su yerno y una de sus nietas descansan en la Basílica de San Francisco. 

El templo citadino, con una de las fachadas más icónicas de la región, data de 1875. Más allá de su valor religioso constituye un Monumento Nacional, pues resguarda la imagen de la Virgen del Carmen de Cuyo -Patrona y Generala del Ejército de los Andes- y el Bastón de Mando del mismísimo General San Martín. 

 

Las tumbas a las que hago referencias tienen más de sesenta años allí y sus ocupantes viajaron desde Francia por pedido del gobierno mendocino. Llegaron al puerto de Buenos Aires, que los recibió en diciembre de 1951. Surtos los buques entre las dársenas, hicieron oír sus sirenas a modo de homenaje y simultáneamente una escuadrilla de cazas de la Fuerza Aérea Nacional sobrevoló la zona. Juan Domingo Perón, con su sonrisa característica, salió al encuentro, saludó los restos y desplegó un emotivo acto. Horas más tarde Alejandro Mathus Hoyos, por entonces senador nacional, encabezó la nutrida delegación que los trasladó en tren hasta nuestros pagos. 

La mendocina. En San Francisco están los restos de Merceditas de San Martín. | Gustavo Rogé / Los Andes

Llegaron un jueves a la mañana y ese mismo día el pueblo marchó tras las urnas cinerarias. Con solemnidad fueron depositados en el santuario. “La Mendocina” –como solía llamar San Martín a su hija–, regresó finalmente a la tierra que la vio nacer y, desde entonces, Mendoza la cuida por él.

 

Pero, como señalé, estos no son los únicos enterramientos citadinos. Relativamente a pocos kilómetros se encuentra la iglesia San Vicente Ferrer, frente a la plaza principal de Godoy Cruz, donde se puede visitar la tumba de Tomás Godoy Cruz. Algunos creen que también alberga a Luz Sosa, su esposa. No hay certezas al respecto, aunque sí se puede certificar que la historia entre ambos fue poco agradable.

Durante años, don Tomás vivió en Buenos Aires y amó con locura a Victoria Ituarte, una sobrina de Pueyrredón. Ella no lo soportaba y se encerraba bajo siete llaves cada vez que el mendocino la visitaba. 

 

Aunque suene cruel, no dejo de celebrar que lo hiciera. ¿Por qué? Bueno, Ituarte desposó a otro de sus numerosos pretendientes y terminó siendo bisabuela de las hermanas Victoria y Silvina Ocampo. ¡De cuantas memorables páginas hubiese privado Godoy Cruz al mundo! 

El prócer tombino “tomó el rebote” con poca elegancia. Enfureció con Pueyrredón –quien no tenía nada que ver, e incluso trató de ayudarlo– y regresó a Mendoza. Aquí desposó de inmediato a Lucecita. 

 

Como puede observarse en el único retrato que se conserva, Sosa era una mujer despampanante. De hecho fue considerada durante años la más hermosa y elegante de toda la región Cuyo, aunque también fuera la más frívola. 

Tomás y Luz llevaban años juntos cuando el 15 de mayo de 1852 dieron una fiesta. Godoy Cruz sintió cierto malestar y se retiró del lugar. Minutos más tarde falleció en el cuarto que ambos compartían. Anoticiada, Luz ni se inmutó y siguió festejando. Si eso suena terrible, no es nada en comparación con lo que sucedió meses más tarde. 

 

Perdidamente enamorada de su yerno –sí, del marido de su propia hija– lo hizo asesinar por no ser correspondida. Fue condenada a muerte pero terminó en libertad tras pagar una multa. 

Volviendo al mausoleo en cuestión, fue construido en 1966 para trasladar a Godoy Cruz desde el Cementerio de la Capital. No hay muchos datos al respecto. A diferencia del de Merceditas, se encuentra en un espacio totalmente oscuro, hecho que acentúa su aspecto lúgubre. 

 

La lista de sepulcros distribuidos por la provincia sigue. Los generales O’Brien y Espejo, por ejemplo. Uno yace en el Plumerillo y otro en el Liceo que lleva su nombre. Me gustaría seguir divagando al respecto, pero vuelvo a la realidad. El Archivo está por cerrar y aún queda mucho por investigar.

Luciana Sabina* es historiadora y social media manager. Desde 2013 colabora en Los Andes. En 2016 publicó el libro “Héroes y Villanos”, sobre historia argentina del siglo XIX. Fue parte de los proyectos multimedia “La Epopeya”, “La Revolución” y “Sarmiento”, producidos por este diario.