Sociedad Domingo, 6 de octubre de 2019 | Edición impresa

De paseo a la muerte: la necrópolis de Godoy Cruz y la familia Tomba

El camposanto fue creado a comienzos del siglo XX y tiene, como muchos otros cementerios, un espacio histórico y apellidos trascendentales.

Por Luciana Sabina* - Especial para Los Andes

Han trascurrido más de dos décadas desde la última vez que visité este lugar.  Tenía doce años y fui parte de la caravana lúgubre que despidió a María, mi bisabuela. Vita, como la llamábamos, era hija de inmigrantes españoles llegados a Mendoza junto al siglo XX. Mi infancia transcurrió a su lado. Entre los primeros recuerdos que atesoro están sus manitos pálidas haciendo conejitos de sombra para entretenerme. Luego vendrían muchas tardes juntas, al ritmo de sus pasos cansados. 

 

Esa tarde de 1995 dejarla aquí, en el cementerio de Godoy Cruz, fue insoportable. Mi mente cándida buscó consuelo. Supuse que, por la noche, las almas de quienes descansan en lugar la recibieron dando una fiesta. Con los años comprendí que Vita seguía a mi lado y quizás por eso jamás regresé. 

Mármol.  Diversos nombres vinculados a la historia. | Gentileza

Si bien esta necrópolis fue inaugurada en 1904, muchos sepulcros poseen fechas anteriores debido a que se los trasladó desde otras latitudes. Por este motivo me acerqué con la esperanza de encontrar a Genoveva Villanueva.  Lamentablemente la expectativa quedó sólo en eso. Al llegar entrevisté a José Muñoz -un verdadero conocedor del terreno- y me aseguró que la mujer no es parte de esta vecindad eterna. Luego nombró una serie de personajes que si están sepultados aquí y obviamente decidí recorrerlo de punta a punta.

 

Histórico

Como en el de la Capital existe un sector denominado “histórico”, allí diversos nombres vinculados a Mendoza le ganan al mármol. Entre los mausoleos destaca el perteneciente a los Tomba, no podría ser de otra manera en Godoy Cruz. A pesar de su estado ruinoso deja entrever el espíritu loable de don Antonio, patriarca de la familia. Su historia siempre me fascinó. Nacido en el municipio de Valdagno -región del Veneto, Italia- en plena adolescencia se alistó a las legendarias tropas de Giuseppe Garibaldi combatiendo por la unificación italiana. No sospechaba que su estrella brillaba en un rincón de la lejana Argentina, por eso tras dejar las armas trabajó en una fábrica de Génova.

 

Allá por 1875, con 26 otoños se embarcó en el barco América y terminó en Buenos Aires. Nuestro país era entonces una promesa mundial, a la altura de Estados Unidos. Gobernaba Nicolás Avellaneda y el modelo agroexportador daba sus primeros pasos. Durante una década Antonio sobrevivió vendiendo comida a los empleados ferroviarios. Primero en Capital y luego en Villa Mercedes. Recién once años más tarde se instaló en Mendoza.

 

Con sus modestos ahorros Tomba abrió un almacén en la actual zona de Godoy Cruz. Le fue tan bien que se enriqueció y pudo desposar a una mujer de la elite. La susodicha fue Olaya Pescara Maure, cuya casa estaba exactamente frente a la de Tomba. Como Olaya había pasado la “edad de merecer” su padre aceptó con cierto alivio al italiano. Debemos tener en cuenta que, por entonces, ser una mujer soltera mayor de 25 se consideraba trágico. 

Entrada. El ingreso al cementerio departamental. | Gentileza

La dote de Pescara incluyó el terreno donde Tomba emplazó su famosa bodega. Parecía que todo lo que tocaba se transformaba en un éxito y así fue como terminó produciendo el 60 % del vino consumido en Argentina. Además tuvo sucursales en Rosario, así como en Buenos Aires. En la bonanza no olvidó sus raíces y trajo de Italia a sus hermanos, entre ellos a Domingo.

 

Altruista

Pero no fue por su capacidad para hacer negocios que Antonio quedó en la historia, sino por sus actitudes generosas. Llegó a donar terrenos propios a sus empleados y los más fieles tuvieron espacio en el mausoleo. Su altruismo lo llevó a costear la construcción del “Hospital del Carmen”. El mismo estaba en obras cuando un malestar preocupó a Tomba. Jacinto Álvarez, su médico particular, lo derivó a Buenos Aires donde fue operado por el Dr. Luis Güemes. Este nieto del caudillo salteño tuvo la triste tarea de desahuciarlo. Padecía un cáncer muy avanzado, no había nada que hacer. 

 

Con la entereza de los grandes Antonio aceptó su destino. Regresó a Mendoza para observar por última vez las montañas que lo cobijaron. La próxima cosecha se llevaría a cabo sin él, pero ya había sembrado lo suficiente. Se embarcó con la esperanza de morir en su pueblo natal pero lamentablemente falleció en altamar. Sus ojos se cerraron casi con el siglo, a finales de 1899. Dicen que murió en brazos de Olaya. Su cuerpo descansa en Italia, dónde lo abraza la patria. El mausoleo de aquí perteneció a sus hermanos y descendientes. Llamativamente hoy sólo contiene las cenizas de algunos empleados de la bodega, los Tomba fueron retirados.

Hace años, luego de conocer esta historia me pregunté ¿qué tiene que ver con el club de fútbol? Bueno, si bien “el Tomba” se fundó en 1921 su antecedente inmediato fue un equipo de empleados de la bodega. El mismo estaba sponsoreado por el mismísimo Antonio. Inspeccionando un poco encuentro la tumba de Feliciano Gambarte, pieza fundamental de la institución. Ya que fue el primer entrenador del equipo y eligió los colores de su camiseta. 

 

Pero no sólo el deporte tiene lugar, son muchos los vecinos ilustres que encuentro. Entre ellos destacan Delia Larrive Escudero -primera reina vendimial- y Josef Fuchs. Éste último, además de darle nombre al barrio, tuvo relevancia nacional al descubrir petróleo en Comodoro Rivadavia. No lo hizo solo, Humberto Beghin –si, el de Carrodilla- fue su principal colaborador. 

En definitiva, aquí se respira historia y me encanta. Pocos lo saben pero este espacio inspiró algunas páginas de Domingo Faustino Sarmiento y otras de Jorge Luis Borges. Antes de que existiese el cementerio y el barrio Batalla del Pilar, la zona fue escenario del enfrentamiento que le dio nombre. El 22 de septiembre de 1829 federales y unitarios se despedazaron mutuamente aquí. Sarmiento era prácticamente un adolescente y se salvó de la muerte milagrosamente. Busco en mi celular los fragmentos que escribió al respecto, están desperdigados por internet y pertenecen a su libro sobre el padre Aldao. No puedo resistirme a leerlo una vez más:  

 

“Yo salí del campo del Pilar –explicó- después de haber visto morir a mi lado al ayudante Estrella (…) Salí por entre los enemigos, por una serie de peripecias y de escenas singulares, entrando en espacios de calle en que nosotros éramos los vencedores, para pasar a otro en que íbamos prisioneros (…) Más allá, los hermanos Rosas, de partidos contrarios, se disputaban un caballo; adelante me junté con Joaquín Villanueva, que fue luego lanceado, reuniéndome con José María, su hermano, que fue degollado tres días después, y todos estos cambios de situación se hacían al andar del caballo, porque el vértigo de vencedores y vencidos que ocupábamos en grupo de media legua en una calle, apartaba la idea de salvarse por la fuga”.

La emoción me embarga. Quizás, sin sospecharlo, en este momento recorro espacios que atravesó el sanjuanino en su huida. Abandono el cementerio con un nuevo objetivo. A seis cuadras una pequeña plaza me da la bienvenida. Aquí un mural y una estatua recuerdan a Francisco Narciso Laprida, famoso por dirigir el Congreso de Tucumán cuando se declaró nuestra Independencia. Luego de aquella gloriosa participación gobernó San Juan y abrazó la causa unitaria. Durante la Batalla del Pilar fue alcanzado por los federales y ejecutado, supuestamente, en este mismo lugar.  

 

Sobre la muerte existen dos versiones. Según el primer relato, Laprida fue enterrado hasta el cuello y un tropel de caballos pasó sobre su cabeza.  La otra versión señala que terminó sus días rodeado y herido con una lanza por la espalda. Al caer, todos se echaron sobre él, degollándolo y descuartizándolo como pirañas. En “Poema conjetural”, de Borges rescata esta última tradición, mucho más afín a su estilo literario. 

La tarde amenaza con terminar, al igual que mi aventura. Me despido de Godoy Cruz algo más sabia y con pocas ganas de irme. El tiempo pasa volando cuando se lo emplea bien.Historiadora y social media manager. Desde 2013 colabora en Los Andes. En 2016 publicó el libro “Héroes y Villanos”, sobre historia argentina del siglo XIX. Fue parte de los proyectos multimedia “La Epopeya”, “La Revolución” y “Sarmiento”, producidos por este diario. 

 

*Historiadora y social media manager. Desde 2013 colabora en Los Andes. En 2016 publicó el libro “Héroes y Villanos”, sobre historia argentina del siglo XIX. Fue parte de los proyectos multimedia “La Epopeya”, “La Revolución” y “Sarmiento”, producidos por este diario.