Opinión Sábado, 16 de mayo de 2020 | Edición impresa

De la ciudad “respirable” a la ruralidad sustentable - Por Eduardo A. Sosa

Desde la urbe siempre vimos al desierto y al oasis del que formamos parte como espacios “proveedores” de alimentos o petróleo.

Por Eduardo A. Sosa - Licenciado en Gestion Ambiental

Quiero efectuar un pequeño aporte a la nota del arquitecto Diego Kotlik de fecha 11 de mayo del corriente, que tan bien expone lo que debería ser Mendoza en el ordenamiento de su territorio una vez que esta pandemia pase o sus efectos se reduzcan.

Si bien es cierto que una enorme mayoría de la población mendocina vive en urbes, hay un extenso espacio rural que espera medidas urgentes de organización para poder subsistir frente al avance de lo urbano, el acelerado cambio de uso del suelo rural-agrícola, las recurrentes crisis económicas de la producción agropecuaria y el avance sobre el piedemonte, solo por nombrar algunas causas de los desequilibrios territoriales.

El futuro de Mendoza no solo está en el adecuado diseño de sus ciudades sino también en la preservación complementaria de la ruralidad, de un buen vivir que debe incorporar la modernización y los progresos que son comunes en las urbes, pero también la reconversión hacia cultivos más ecológicos y orientados a la búsqueda de nuevos mercados, el desarrollo de emprendimientos de alto valor agregado, la creación de pymes ligadas a nuevos gustos del consumidor como el cultivo y comercialización de verduras y frutas orgánicas, la promoción de las energías renovables y de la eco-eficiencia, el cuidado de los valores de la ruralidad que son muy codiciados cuando uno vive en las ciudades y desea retener parte de esa mística del campo, el fomento del turismo ecológico y rural ligados a la belleza y la cultura del oasis, el apoyo a cultivos y ferias locales y tantas otras iniciativas de desarrollo que pueden intentarse.

Esta nueva ruralidad también va de la mano de infraestructura y equipamiento que debe proveer el Estado en función ya no de los intereses políticos o las urgencias, sino en la planificación territorial participativa y en alianzas con sectores de la economía que se benefician con las mismas.

Esto también incluye una nueva mirada de las tierras áridas, vistas como desiertos por la mayoría pero que posee una extraordinaria diversidad biológica e incontables bellezas para proteger y utilizar racionalmente.

Desde la urbe siempre vimos al desierto y al oasis del que formamos parte como espacios “proveedores” no solo de alimentos sino de maderas, petróleo o materiales para nuestras viviendas, pero nunca los integramos a nuestro vivir cotidiano como comunidad.

Pienso que es hora de revalorizar la ruralidad y ordenarla convenientemente para que los miles de mendocinos que viven en ella puedan permanecer allí y proyectarse en un futuro que no implique abandonar sus tierras, sus sueños y pasar a convertirse en la masa de refugiados económicos y ambientales que pueblan las periferias de nuestros aglomerados urbanos.

Si el gobierno provincial se activa y desarrolla todos los planes y actividades que prevé la ley de ordenamiento territorial y el Plan Provincial de Ordenamiento Territorial que duerme desde su aprobación en 2017, este futuro será posible.