Turismo Domingo, 5 de mayo de 2019 | Edición impresa

Cruceros: los rincones secretos del Mediterráneo

Un itinerario con cinco paradas en puertos pequeños de España, Francia e Italia.

Por Clarín

El puerto de Barcelona queda desierto a las 17.30 de un sábado. Los empleados de Pullmantur Cruceros retiran un cartel que arenga “¡Todos a bordo!” porque ya no queda nadie para pasar a través del detector de metales que está en la entrada del barco, junto al escáner para el equipaje de mano. Crece el murmullo de los 1.828 pasajeros del buque Zenith, y los minutos previos al viaje se condensan en un ir y venir por las cubiertas: toman café en algún bar, contemplan el mar verde con los codos en las barandas, filman gaviotas bajo la luz tibia del atardecer. La expectativa bulliciosa por este viaje se convierte en una pulseada entre la ansiedad y la alegría.

Durante siete noches, el Zenith de Pullmantur recorrerá los “Rincones Secretos del Mediterráneo”, un itinerario novedoso para la compañía porque esquiva las ciudades clásicas de esa región de España, Francia e Italia. Las dimensiones más modestas del barco resultan favorables para atracar en puertos más chicos y pueblos medievales, navegando costas escarpadas, entre calas y playas vírgenes, viñedos y olivos.

 

Es un viaje para experimentar con los sentidos, en cinco escalas (dos islas) y tres idiomas: la española Menorca y la francesa Córcega, seguidas por los puertos italianos de Portovenere, Piombino y Portofino.

Día 1: ¡Todos a bordo!

En un pasillo alfombrado y angosto del sexto piso se descubre la propia valija junto a la puerta del camarote 6127. La llave magnética (que sirve también como tarjeta de crédito y documento de identificación durante los días de crucerista) abre la habitación: la ventana es un rectángulo con los bordes redondeados y unas cortinas a ambos lados, que cuelgan sobre la cabecera de la cama; la mesa de luz tiene teléfono y lámpara; sobre el escritorio hay un espejo y una cajonera a cada lado de la silla, además de un televisor y otra mesa -redonda, de vidrio- al lado de un placard que enfrenta al baño.

A los pies de la cama hay papeles. El Diario de a bordo impreso del Día 1 informa: el capitán croata Ivo Botica les da la bienvenida a los huéspedes en nombre de la naviera, al igual que los oficiales, el staff y los 600 miembros de la tripulación. Luego se dan a conocer el pronóstico del tiempo, la hora del amanecer y el atardecer, las ofertas de las tiendas duty free en la cubierta 8 y la vestimenta “elegante” sugerida para la noche.

La piscina de la cubierta 11 del buque Zenith. Un lugar para descansar y disfrutar.

El camarote es un refugio silencioso y cálido.  Desde los altoparlantes se convoca a un simulacro. “Señoras y señores, su chaleco salvavidas tiene una luz que se enciende en contacto con el agua, un silbato y cintas reflectoras”, dice una voz, que recuerda: “El Zenith navega hacia Mahón”.

Día 2: Mahón, una isla de Menorca

A las 8 llegamos a Mahón y, durante el desayuno, en las ventanas el sol acaricia este pueblo colgado de los acantilados del puerto. Con un largo de 5,5 km y un ancho que va de 300 metros a 1,5 km, se trata del segundo puerto natural más profundo, con una media de 25 metros.

La isla pertenece a la comunidad autónoma de las Islas Baleares, un archipiélago que comprende Mallorca, Menorca, Ibiza y Formentera. Capital de Menorca, Mahón (Maó, en menorquín) cuenta con 28.900 habitantes y, no sólo se encuentra en el este de la isla, sino que es el punto más oriental de España.

Primero iremos a Ciutadella, la capital histórica. Luego visitaremos la playa con infraestructura más extraordinaria de Menorca, en la costa sur: Cala Galdana. En una breve parada haremos una degustación de quesos y vinos típicos en el ort (huerto) San Patricio y, desde la montaña más alta -de 357 metros-veremos toda la isla de golpe.
Menorca es verde: una tercera parte está cubierta de pino mediterráneo y olivo silvestre, y el resto del campo está sembrado. Como el suelo es duro y pedregoso, en algunas partes se siembra para dar de comer a los animales.

 

¿Cuántas playas hay en Menorca? Tiene 220 km de costa con 45 playas y 145 calas (rincones donde el mar penetra en la tierra, forma un recodo y hay un puñado de arena).

“Las diferenciamos en playas o calas urbanizadas (con chiringuitos u hoteles) y vírgenes, que le dieron fama a Menorca. En agosto no hay aquí playa solitaria. La mayoría tiene forma de herradura, con un mar de temperatura agradable y sin olas”, describe.

Es hora de despedirse de la isla. A las 15.30, ¡todos a bordo!

Día 3: Ajaccio, en Córcega

El Diario de a bordo promete lo que el Zenith cumple. A las 10 en punto, el barco atraca este lunes en el puerto de Ajaccio, en la isla francesa de Córcega. Y permanecerá en la ciudad natal de Napoleón Bonaparte hasta las 18.

En Francia describen a Córcega como “la montaña que emerge del mar” por sus altas cumbres. Entre curvas y abismos, viajar de un extremo al otro de su geografía demanda muchas horas y no hay tiempo. ¿Vamos a una playa lejana o tomamos un tour guiado por Ajaccio para ir a la casa de Bonaparte, degustar productos artesanales (miel, terrina de jabalí, mermeladas) y mirar vidrieras que exhiben joyas y piezas con corales rojos y Ojos de Santa Lucía (el souvenir que trae buena suerte y aleja el mal de ojo, según las leyendas)?

 

Elegimos la segunda opción y, desde la costanera, caminamos hacia la Place Foche. Rodeada por cuatro leones, la estatua del hijo más famoso de la isla aparece por primera vez en el paseo. Según datos históricos, Napoleón Bonaparte nació en Ajaccio el 15 de agosto de 1769, después de que Francia comprara Córcega a la República de Génova.

La Catedral de Santa María Assunta -donde fue bautizado- y los Salones Napoleónicos del Hotel de Ville completan el circuito. Al salir de la capital y tomar alguna ruta hacia el interior de la isla, el paisaje se vuelve inmediatamente agreste y montañoso (por algo se corre cada año el Tour de Córcega desde 1956 y le dicen "el rally de las mil curvas"), entre productores rurales y antiguos puentes genoveses de piedra.

Por lo pronto, seguimos viaje luego de cenar con nuevos amigos y descansar sobre el mar como mecedora.

Día 4: Portovenere y Cinque Terre

En la costa de Liguria, en Italia, se divisa la silueta de Portovenere: el mejor filtro de Instagram queda opacado ante la experiencia de la brisa marina en la cara y el sol en la piel frente a las casas escalonadas y pintadas de colores pastel sobre las rocas. Con las famosas aldeas de Cinque Terre, a las que iremos en un par de horas, Portovenere fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Esta vez hay que bajar en lanchas para acceder a Portovenere y comprobar que tiene una vista al mar privilegiada, desde donde se admiran los escarpados relieves y viñedos. El cuerpo y el alma se alinean sin esfuerzo ante la belleza, y una sonrisa instantánea -que alterna con una mueca de incredulidad- confirma el equilibrio entre naturaleza y arquitectura.

 

Vamos hacia Cinque Terre (en español, Cinco Tierras), media decena de pueblos colgados de acantilados a lo largo de 18 km: Riomaggiore, Manarola, Corniglia, Vernazza y Monterosso, con una población estable que suma unas mil personas entre todos. Su particular geografía da origen a un paisaje montañoso formado por estratos o terrazas, que descienden hacia el mar de Liguria.

Primero vamos a Riomaggiore: es la aldea más oriental de las cinco y su centro histórico data del siglo XIII. 

Corniglia es el más chico de los cinco pueblos, y su particularidad es que es el único que no se conecta con el mar en forma directa por estar situado sobre un promontorio de unos 100 metros de alto. También está rodeado por viñedos distribuidos en terrazas con paciencia y esmero.

Como los pueblos, no nos cansamos de mirar al mar. Pero nunca podremos responder cómo se levantaron estas comunidades sobre rocas. Volvemos a Portovenere en la lancha de las 18, la última que regresa al barco, con la tranquilidad de que nos quedamos aquí todo lo que pudimos.

Día 5: De Piombino a Siena

El Zenith atraca el miércoles a las 8 de la mañana en el puerto de Piombino, en la región italiana de la Toscana. La excursión contratada consiste en un viaje en combi de dos horas hasta Siena, uno de los tesoros más cercanos de nuestra escala. Otros cruceristas se reparten entre Florencia, Pisa o Lucca.

En el centro histórico de Siena se destaca el Palazzo Pubblico o Ayuntamiento, con la Torre del Mangia frente a la Piazza del Campo: el suelo parece un abanico inclinado, donde hay que imaginar una multitud fanatizada por las carreras de caballos que se celebran desde el siglo XVI.

La Catedral merece una visita y lamentamos no tener tiempo para entrar, especialmente, por los pasajeros que no la conocen. Pero los cruceros permiten visitar varios lugares muy diferentes en pocos días para que uno pueda volver al que más le ha gustado. Volvemos al barco para disfrutar de la noche de blanco.

Días 6 y 7: Portofino y alta mar

El barco ancla temprano en la bahía de Portofino, en el Golfo del Tigullio. Es la quinta y última parada en Italia y en “Rincones Secretos del Mediterráneo”. Se pueden esquivar las tiendas caras de Portofino para probar el helado de pistacho y subir al Castelo Brown del siglo XVI. 

El programa del último día consiste en navegar hasta Barcelona. Los pasajeros hacen compras, juegan a las cartas y arman la valija. Y como es difícil la despedida en la cena, se recuerda una frase repetida siempre en el Diario de a bordo: “Sueños que se hacen viajes”. Misión cumplida.