Opinión Jueves, 23 de enero de 2020 | Edición impresa

Crónica de un viaje a Marambio - Por Manuel Rodríguez

Por Manuel Rodríguez - Abogado. Egresado del Curso Trascendencia del Poder Aeroespacial Nacional (Cttpan)

Debemos mirar al sur. El marco del libro de mi autoría “Marambio: viaje al límite de la conciencia”, es la Antártida, mudo testigo del cambio climático, cuyos estudiosos casi dan por hecho que dentro de 500 años las aguas se elevarán a 70 metros la altura que ocupan hoy, es decir dos metros más que el Obelisco. 

En lo inmediato nos encontramos con que en la Antártida existen bases de países como Rusia, Corea del Sur, India, Reino Unido, España. 

A modo de ejemplo China está construyendo su quinta base de alta tecnología y estrenando uno de los rompehielos más modernos del mundo. 

En ese marco del tratado Antártico firmado en Washington DC el primero de diciembre de 1959 y que entrara en vigor el 23 de junio de 1961 se establece en su artículo 1º, el uso exclusivo de la Antártida para fines pacíficos, prohibición de toda medida de carácter militar, excepto para colaborar con las investigaciones científicas. Se prohíben los ensayos de cualquier clase de armas.

Esto pone de manifiesto la importancia geopolítica de nuestra presencia en ese continente puesto que nuestro derecho a un futuro reclamo territorial en el mismo se verá directamente relacionado con la presencia física en ese territorio. 

Esta presencia es únicamente posible por el apoyo logístico que realiza esforzada y eficientemente nuestra Fuerza Aérea con sus aviones Hércules C-130, verdadera columna vertebral del sostenimiento de nuestras bases antárticas. 

Dentro del marco del tratado nuestra Fuerza Aérea brinda apoyo a la investigación científica que se realiza en nuestras bases y colabora con bases de países hermanos en caso necesario.

“Cuando se encienden los cuatro motores se produce un sonido gutural que parece emanar de las fauces de un ave mitológica. Es ancestral, imponente, y va adueñándose de mi cuerpo, hasta sentir que lo recuerdo con mi memoria celular y en todo caso nunca lo voy a olvidar. Es un sonido desafiante, que coquetea con lo trágico y me catapulta a lejanas batallas y épicas casi olvidadas que mi conciencia, apoyándose en su límite, me señala que nunca ocurrieron, pero al mismo tiempo en un giro inquietante y contradictorio me hace sentir que no, que quizás todo ese devenir acaso imaginario, sea real y esté sucediendo en ese mismo instante”

Barro congelado

El Hércules C-130 posee un sistema que le permite girar sus hélices, literalmente frenar en el aire y aterrizar en la pista de permafrost (barro congelado), en la cual baja abruptamente como si fuera en un portaaviones, pero contando con un peso tres veces mayor.

Hacemos escala en Río Gallegos y posteriormente enfundados en los trajes antárticos que provee la Fuerza Aérea partimos hacia la Base Marambio. 

Al llegar me despojo de mis guantes para poder por fin tomar las ansiadas fotografías. 

Rápidamente caigo en cuenta que he perdido toda sensibilidad en los brazos, los miro y tienen un color azul. Me pego un susto mayúsculo pero iba decidido a ser uno más de la dotación y a no manifestar ninguna incomodidad. Entro a la Base y sin decir nada sumerjo los brazos en agua tibia donde se ponen rojos y de a poco recuperan sensibilidad. ¡Todo ello por sacar unas fotos!

En ese ambiente todo cobra otra dimensión. Una fábrica de cerveza realizó una donación y nunca olvidaré esa noche los aplausos de toda la dotación por contar con tan preciado elemento.  

La primera sensación que me invade es la necesidad de comunicarme con el continente, porque es muy pronunciada la sensación de aislamiento y pienso en la gran fortaleza anímica de esos hombres y mujeres que permanecen hasta un año en esas condiciones. 

“Pienso en los seres maravillosos que me esperan a mi regreso en el continente. Que al verme seguramente dirán: ¡Volviste! ¡Qué alegría! ¿Cómo explicarles que este es un viaje de ida, que no hay retorno, porque la persona que regresa no es la misma que inició el viaje?, ya que la magia y el misterio de la Antártida y de la base han tomado su lugar en el alma y el corazón del viajero. 

Sucesión de milagros

“A la Base Marambio, no se le puede ganar. Al aterrizar siento que estoy a punto de pasar de un mundo donde es normal aplastar el dolor y tener éxito es lograr desatar al sol aunque sean momentos, a otro donde se vive emborrachado de milagros. 

“Porque efectivamente la existencia de este lugar no es ni más ni menos que una sucesión ordenada de milagros. De algún modo visitar este continente misterioso es una suerte de posgrado de la vida. Un viaje por fuera y por dentro de la conciencia. 

“Volvemos. La conciencia se expande hasta sus límites y se agranda tanto que cabe en una lágrima. Lágrima de alegría, de agradecimiento, de pena por lo incierto del retorno. Adentro mío se han corrido algunas fronteras y derribado otras. Ya no veo pupilas dilatadas. El miedo es una de las fronteras que se han derribado. 

De retorno

“La nave Hércules nos cobija nuevamente en sus entrañas y nos lleva de retorno a casa, ronroneando satisfecha. El límite de la realidad lo marca la cabina del avión. 

“Afuera, un mundo irreal, poblado de seres humanos reales que día a día, arduamente, humildemente acaso sin saberlo, trabajan de héroes. 

“Y de pronto me asalta una preocupación: ¿Cómo nombrarlos a todos, los que posibilitaron este viaje y a los héroes anónimos de Marambio, con sus vidas, sus alegrías y sus angustias? 

“Se me ocurren solo tres palabras para rendirles mi más sublime homenaje: 

¡Viva la patria!”

¡Debemos mirar al sur!