Editorial Viernes, 7 de junio de 2019 | Edición impresa

Contribución del agro a la economía

Una serie de malentendidos y prejuicios acumulados a lo largo de décadas impiden valorar el aporte real del agro a la economía argentina.

Por Editorial

El IAE de la Universidad Austral ha publicado un  importante trabajo, dirigido por Guillermo D ‘Andrea y la colaboración de Alejandra Groba. Sumamente didáctico y abrumador en materia de datos se propone derribar algunos mitos que existen sobre el aporte del agro a la economía del país. Estos mitos derivan de dos fuentes diferentes, que confluyen en devaluar el aporte del sector. 

De un lado una prédica de muchas décadas en contra del sector agropecuario por razones políticas. Los términos oligarquía, economía rentística, latifundio cruzan la historia, sostenidos por sectores nacionalistas y de izquierda. Esta es una pesada herencias ideológica que fue retomada por el kirchnerismo con aquella denostación del “yuyito” para referirse a la soja.

De otro lado una larga prédica de que ciertas actividades industriales como la siderurgia, la industria automotriz, la celulosa o la soda solvay  son más “valiosas” que elaborar harinas, aceites, vinos, alimentos. Esto lo instaló el desarrollismo de los años sesenta. El sueño de que un país lleno de chimeneas humeantes era el progreso. Para ello la política económica debía castigar al agro con impuestos, retenciones, tipos de cambio diferencial y así obtener recursos a fin de subsidiar y proteger a esos sectores industriales. Bajo la teoría de proteger la “industria incipiente” hasta que se hiciera competitiva, ha pasado más de medio siglo y seguimos esperando que la “industria infantil” llegue a la adultez.

Hace mucho tiempo que en el campo de las investigaciones económicas estas ideas han sido derribadas. Pero siguen estando en la cabeza de no pocos políticos apoyados por grupos de intereses, que se amparan en la protección, “el compre nacional”, “vivir con lo nuestro”. Grupos hábiles en asustar con el desempleo, si pierden sus ventajas. 

Un segundo equívoco deviene de la ignorancia expresada por muchos sobre el concepto de valor agregado.  Hace algún tiempo la economista Diana Mondino, escribió con notable sencillez al respecto, para rebatir ese equívoco. “Si dos productos A y B tienen el mismo precio, ambos tienen el mismo valor agregado. El VA es siempre el precio del producto”. “Al revés de lo que se cree, hay mayor valor agregado si reducen los costos y se puede mantener el precio. La discusión del valor agregado en origen es otro sofisma: por incorporar más procesos no hay más VA si se vende al mismo precio”. 

Del trabajo del IAE seleccionamos algunos datos ilustrativos. En 2018 se sembraron 39 millones de has, área superior a la superficie de Alemania o Japón. Se hizo con 16 cultivos: soja, maíz, trigo, girasol, cebada, avena, sorgo, poroto, algodón, maní, centeno, arroz, cártamo, alpiste, colza y lino. Esos cultivos dan lugar a más de 30 cadenas agroindustriales. Tanto la soja como el maíz se transforman en carnes y lácteos. Al contrario de lo que suele afirmarse, en la exportación del complejo soja (28.000 millones de dólares) el grano es sólo el 15% y harina, aceite y biodiesel el 83%. 

Datos sorprendentes: el complejo automotor es el segundo de mayor peso en las exportaciones con 8.000 millones pero en el balance impo/expo tiene un déficit de 3.500 millones. Un kg de una camioneta vale USD 12,26, el kg de carne USD 12,70. El automotor tiene menor valor por kilo, componentes importados y reintegros. Los del agro mayor valor, componentes locales y pagan retenciones. En materia de empleos el agro genera un tercio del trabajo ligado a la producción de bienes. Los frigoríficos son el mayor empleador dentro de la industria manufacturera, por encima de prendas de vestir y calzados y sus partes.