Espectáculos Domingo, 9 de febrero de 2020 | Edición impresa

Contra los puros - Por Rosa Montero

Los humanos somos contradictorios y paradójicos: por eso la pureza monolítica del dogma es inhumana y falsa

Por Rosa Montero - © Rosa Montero / Ediciones El País, SL. 2019.

Acabo de leer un librito publicado en la gran editorial Navona: Malentendido en Moscú, una novela corta de Simone de Beauvoir. Cuenta el viaje de una pareja de profesores franceses sexagenarios a la capital de la URSS en 1966, y sin duda refleja un viaje real de Simone y Sartre. Magnífica ensayista y memorialista, De Beauvoir, que fue una de las madres del pensamiento del siglo XX, carecía por completo de imaginación, y como novelista me parece muy mediocre. Es curioso, porque puede que Sartre fuera mejor novelista que filósofo, mientras que quien de verdad tenía un rigor filosófico formidable era ella. Sin embargo, dentro del tándem que formaron los dos, Simone, que tanto hizo por la liberación de las mujeres (gracias), siempre le dejó a Jean-Paul el lugar privilegiado y masculino del pensamiento.

 

Malentendido en Moscú es un texto muy curioso, más que por sus valores narrativos (tiene un ñoño final de novelita rosa), por lo que nos cuenta de la pareja Sartre-De Beauvoir. André, alter ego de Jean-Paul, discute con una hija suya que reside en Moscú porque él, que vive en París, es más prosoviético y más partidario de la pureza revolucionaria que su hija, que está casada con un ruso y conoce el día a día de la URSS. La Rusia que está viendo en este viaje el profesor francés no es la de sus sueños; el malestar de André “tenía un nombre: decepción”. Pese a ello, “había, claro, una gran diferencia entre la Unión Soviética y Occidente. Mientras que en Francia los progresos técnicos no hacían más que profundizar la brecha entre privilegiados y explotados, aquí las estructuras económicas estaban dispuestas para que todos sacaran provecho de ellos algún día. El socialismo acabaría convirtiéndose en realidad. Un día triunfaría en todo el mundo. [La situación actual] tan sólo era un periodo de retroceso”. Aunque él, por edad, ya no vería ese triunfo, lo cual le reconcomía. Y aquí viene una frase lapidaria: “[André] había confiado en la historia para justificar su vida: ya no confiaba en ella”.

 

Lo del “algún día” me parece la bomba: ¿que la realidad muestra una inequívoca divergencia entre nuestros sueños y los hechos? Pues nada, se dictamina que es un momento fallido pero que el camino acabará en victoria. Sartre fue prosoviético durante el estalinismo y luego fue un apasionado maoísta en los atroces momentos de la Revolución Cultural. Una trayectoria lamentable.

Y no es que fuera tonto, precisamente. ¿Qué lleva a una mente brillante a petrificarse en el dogmatismo? No sé, yo diría que son como yonquis del absoluto y la pureza. Personas atrapadas en la urgencia infantil de creer en algo perfecto, en una bondad suprema y sin sombras, en paraísos terrenales. Necesitan mantener esa credulidad elemental intacta, y por eso negarán cualquier evidencia. Basta con seguir conservando la fe del “algún día”.

 

Puede que la gente que sucumbe al dogma tenga algo torcido en el cerebro, puede que les falle algún neurotransmisor y que eso les haga más proclives a la adicción. Pero también creo que hay una falta de músculo ético. Ya lo dice la novela: André había confiado en la historia para justificar su vida. Es muy cómodo, ¿no? Si colocamos el bien fuera de nosotros y nos aferramos a él como piojos, sintiéndonos sus más purísimos defensores, eso nos da carta blanca para ser unos marranos en la vida real. Como lo fueron Jean-Paul y Simone, que manipularon y abusaron de sus numerosos y jovencísimos amantes, estudiantes suyos en situación de clara inferioridad. Pues bien, para mí la vida solo se justifica con nuestros hechos. Y, sin empatía, no hay dignidad posible.

 

Detesto a los puros. Están convencidos de su superioridad y de ser siempre los buenos por el simple hecho de repetir como loros descerebrados una creencia (me alucinaron algunos tuits de los partidarios de Maduro en la pasada crisis de Guaidó). Y, cuanto más puros en su fe, más peligrosos: el inquisidor Torquemada hizo arder a los demás porque él mismo ardía de fanatismo. Los humanos somos contradictorios y paradójicos: por eso la pureza monolítica del dogma es inhumana y falsa. El dogmático, en fin, se siente mejor que los demás, se siente un ángel. Pero recordemos que son los ángeles los que se convierten en demonios. —eps