Sociedad Sábado, 5 de octubre de 2019 | Edición impresa

Comercios curiosos: tres historias de mucho esfuerzo y poco espacio

Una verdulería en un pasillo, un taller sin lugar para autos y una panchería sin mesas son ejemplos de ingenio en condiciones excepcionales.

Por Facundo Velázquez - fvelazquez@losandes.com.ar

Un negocio propio siempre conlleva un gran sacrificio para concretarlo y, sobre todo, perdurar en el tiempo. Así vemos que en Mendoza hay dos tipos de comercios: los “tradicionales”, que reconocemos con facilidad con solo observalos y los “escondidos”, esos locales que están en alguna parte de la ciudad, ubicados en un rinconcito donde, a fuerza de voluntad y trabajo, intentan sobrevivir en una época donde la situación socioeconómica fluctúa constantemente.

 

Estos últimos espacios comparten ciertas cualidades: humildad, trabajo y esfuerzo para enfrentar una crisis que a ellos les afecta tanto como al resto de los locales tradicionales.

Por eso vale la pena conocer tres historias de personas que decidieron montar su negocio en un espacio no tradicional como un pasillo o un local diminuto, pero con la prioridad es trabajar y mantener una familia. 

 

Todo a pulmón

Un caso en el que se refleja la voluntad del hombre para seguir adelante en la vida es el de Fernando Gómez. “Todos los días me voy temprano en bicicleta para comprar la mercadería necesaria y así abastecer el negocio. Tengo 62 años y lo sigo haciendo. En un carrito coloco todo lo que compro. Me sirve de ejercicio y me ahorro el dinero del flete (risas). La mercadería que compro en la feria no solo la vendo a los clientes sino que la consumimos también en nuestra casa”, afirma en diálogo con Los Andes.

 

El hombre tiene una pequeña verdulería en su casa de calle Belgrano, casi esquina Guido Spano, en Godoy Cruz. Hasta aquí, podríamos considerarlo un negocio tradicional, aquellos denominados “de barrio”. Pero en realidad, la verdulería tiene una particularidad: está en un angosto pasillo en el que solo cabe una persona y comunica directamente con su casa.

Gustavo Rogé / Los Andes

“Por razones de salud de un familiar que debo cuidar, decidí poner la verdulería en la entrada de mi casa y así aprovechar el pequeño espacio que tengo”, cuenta Fernando y agrega: “Hace 16 años que vivo acá y 4 que puse el negocio en mi casa. El otro comercio estaba a 3 cuadras”.

 

Trasladar su negocio generó una variación en su clientela. “No son los mismos a pesar de la cercanía. Mermó muchísimo la cantidad de gente que me viene a comprar. De las personas que me visitaban antes, ya casi nadie viene. Al principio se acercaban los mismos, pero con el correr de los días dejaron de venir. La gente no camina mucho para ir a comprar. Ahora tengo otra clientela”. A su vez añadió que “a todas las personas conocidas las hago entrar, cierro la puerta por seguridad y los atiendo adentro. Sí llueve, imaginate. Trato de brindarles el mejor servicio posible”.

Estrecha. En la verdulería de Gómez se entra de a uno y en fila. | Gustavo Rogé / Los Andes

Por último, Fernando se refirió a la crisis económica que transita el país y cómo lo afecta a él en particular: “Hoy mi situación económica es bastante precaria. Por suerte la casa donde resido es propia y puedo tener mi negocio, así que el gasto en ese sentido no es mucho. Hay muchos vecinos que son muy solidarios, ven que estamos haciendo un esfuerzo muy grande y vienen a comprarme. Bajo mucho el consumo en este último tiempo. Cuando yo arranque hace cuatro años, te puedo asegurar que vendía tres veces más de lo que lo hago ahora. Es impresionante la pérdida del poder adquisitivo”.

 

Solidaridad ante todo

Desde su nombre ya queda claro que el local no miente en su servicio y así nació D´Dorapa, uno de esos lugares entrañables que cualquier ciudadano debería visitar. Esta pancheria en calle Salta y Garibaldi de Ciudad tiene un espacio mínimo y sin estridencias, donde la gente disfruta de su comida apoyada sobre una barra, ya que el lugar no tiene ni mesas ni sillas. Es el clásico lugar de comida al paso.

Gustavo Rogé / Los Andes

Allí atiende Dante, uno de los encargados del comercio y relata la historia de D´Dorapa. “Hace 10 años que estamos en el lugar, fue creado para la gente humilde, que no puede pagar un precio caro”, afirma y completa: “Este negocio siempre va a tener un precio menor que cualquier otro, que en realidad es el precio justo que todos deberían cobrar”.

 

Casi sin percibirlo se suma a la charla Omar, el otro encargado. ”Hay mucha gente que sale del trabajo apurada, entra a nuestro negocio, se come un pancho rápido y sigue su camino”, cuenta el hombre.

Parados. La panchería lleva 10 años, nunca tuvo lugar para sillas | Gustavo Rogé / Los Andes

Ambos poseen una virtud que no abunda: la solidaridad. A pesar de la situación económica que no les es ajena buscan ayudar al que más necesita. Omar explica: “Hay mucha gente que vive en la calle y  viene a pedir comida. A veces son familias enteras. Antes teníamos la posibilidad de darles un pancho a cada uno, en cambio ahora lo cortamos en dos o tres porciones para que puedan comer todos”

Omar y Dante comentan que “los costos de la mercadería aumentaron y nuestro margen de ganancias es mínimo. De todas formas mantenemos el precio del pancho a 40 pesos desde hace un año para que mucha gente- muchos de ellos indigentes- puedan comer”.

 

Negocio familiar

Hace 25 años que Julio Lescano atiende su propio taller en calle Libertad, casi esquina Azcuénaga, en Luján. El local tiene dos particularidades: por un lado, detrás del negocio habita en un pequeño departamento uno de sus hijos, que trabaja junto a él y sus hermanos en el taller, y la residencia pertenece a la familia desde hace ya un largo tiempo. Pero la curiosidad es que el comercio- situado a pocas cuadras del centro departamental- es un ambiente tan diminuto que suma el espacio físico suficiente  para arreglar los autos y es por eso que los vehículos son atendidos sobre la misma calle Libertad.

Gustavo Rogé / Los Andes
 

“Nosotros hacemos todo lo que es la electricidad del automotor. Todo lo que tiene que ver con arranque, luces, alternadores. Trabajamos con mi papá y mis dos hermanos. Es un negocio familiar”, confía a Los Andes Federico, uno de los hijos.

Familiar. En el taller de los Lescano los autos se revisan en la calle | Gustavo Rogé / Los Andes

Ante la pregunta de por qué no han buscado un lugar más grande, al respuesta de la familia es sencilla: dicen que llevar el negocio a otra locación no está entre sus planes porque, sostienen, apuestan a mantener la fidelidad de sus clientes, “después tantos años de prestar un servicio de calidad y excelencia”. Sobre esto Federico afirma: “ Nuestro negocio es muy reconocido por la cantidad de años y el servicio que brinda. Con el pasar del tiempo, mi papa generó una gran clientela, confían en él, saben lo qué hace y siempre se suman nuevos interesados por el trabajo que realizamos”.

 

Tanto en negocios tradicionales como en los más pequeños disminuyó el nivel de ventas por la suba de precios. En este sentido, en el taller expresan que en el último tiempo bajo la cantidad de trabajo, “pero igual intentamos seguir adelante para mantener el negocio que tiene más de un cuarto de siglo de vida”.