Espectáculos Domingo, 16 de junio de 2019 | Edición impresa

Chernobyl: qué fue realidad y qué fue ficción

La miniserie de HBO trajo al presente la tragedia radioactiva más grande de la historia.

Por Daniel Arias Fuenzalida - darias@losandes.com.ar

La miniserie “Chernobyl” ha sido el batacazo del último mes de HBO: nadie esperaba que, después del desplome de suscripciones que dejó “Game of Thrones”, tuviera bajo la manga un as lo suficientemente atractivo para retener audiencias e incluso marcar la agenda de los seriéfilos. 

La miniserie de cinco capítulos basada en el desastre nuclear ocurrido en 1986 lo logró. Tuvo armas notables, como delinear una producción de excelente factura, ritmo y actuaciones en base a un tema que solo había servido para documentales y alguna película de terror radioactivamente mediocre. Pero también tuvo armas del marketing, como esa que la promociona como “la mejor serie de la historia”, por haber logrado 9,7 puntos de calificación en Imdb (una prueba más de lo incautas y efímeras que pueden ser nuestras opiniones).

 

El caso es que “Chernobyl”, dirigida por Johan Renck, ha propiciado un montón de debates. El más fructífero entre ellos es aquel que nos obliga nuevamente a desmalezar la ficción entre la realidad, o la realidad entre la ficción. Un tema especialmente importante en esta serie, pues (si bien nadie puede negar sus méritos artísticos) tampoco nadie puede sostener que es una serie ecuánime y sin postura ideológica: se trata, en definitiva, de una coproducción inglesa-estadounidense que se refiere al archienemigo de ambas naciones. Un discurso que es más viejo que la Guerra Fría. 

De más está aclarar que muchas opiniones y valores nos llegan camufladas en “inocentes” películas o series. Sin embargo, el peligro asoma cuando un hecho real se somete a una ficcionalización, que puede ser tendenciosa o no: ¿qué hay de cierto en lo que se ve? ¿los espectadores desprevenidos pueden separar fácilmente pantalla de libros de historia? 

Rusia, alarmada por “Chernobyl”, ya ha anunciado que planea hacer su propia serie, producida por la cadena NTV. La versión sería diametralmente opuesta: se basará en la teoría de que un agente de la CIA fue enviado a Chernobyl para sabotear la planta nuclear. Alexander Madurov, director del proyecto, apuntó que muchos historiadores (presumiblemente soviéticos) “no niegan esa posibilidad, que en el día de la explosión, un agente de los servicios de inteligencia enemiga estuviera en la estación”. La verdad, según algunos filósofos, no es más que la suma de puntos de vista: entonces, los puntos de vista son necesarios. 

Despejando mitos

¿Qué es real y qué es falso en “Chernobyl”? La primera fuente para los guionistas fue el libro “Voces de Chernobyl”, de la Premio Nobel Svletana Alexievich. Aunque el libro ayudó a delinear personajes y plantear un arco argumental, las licencias para ficcionalizar (y darle atractivo cinematográfico al asunto) fueron muchas. 

 

Por eso el periodismo apareció para despejar las dudas. La BBC lo hizo con un ultra informado artículo difundido el martes pasado y firmado por Viacheslav Shramovych y Hanna Chornous. Repasamos algunos puntos, en base a testimonios como el de Oleksiy Breus, un antiguo operador de la central eléctrica que estaba trabajando en la sala de control del cuarto reactor en la mañana del 26 de abril de 1986.

Para él, un gran mérito de la serie es haber sabido captar el estado de ánimo de los involucrados, especialmente las autoridades y el personal de la planta: temor, incertidumbre, nerviosismo. Sin embargo, no sería muy real la forma en que se retrató al ex director de la central, Viktor Bryukhanov, al ingeniero jefe Nikolai Fomin, y al ingeniero jefe adjunto Anatoly Dyatlov.

Por cuestiones narrativas, los realizadores potenciaron el antagonismo, presentándolos como antipáticos villanos, cuando en realidad no eran así. “Sus personajes están distorsionados y tergiversados”, apuntó Breus, quien remarcó que Dyatlov sí era estricto, pero que ante todo era “un profesional de alto nivel”. 

Las libertades también fueron entre los héroes protagonistas: Valery Legasov rara vez pisó el terreno (“su lugar de trabajo era un búnker debajo del edificio de la administración”) y el personaje de Emily Watson,  Ulana Khomyuk, nunca existió, como bien lo aclara el epílogo de la serie. Fue ante todo un homenaje a la comunidad científica, que aportó mucha información pero no en la voz de una sola persona. 

 

La forma en que la serie trató los efectos de la radiación fue excelsa: “nunca se había mostrado de esta manera”, destacó el testigo. 

Un punto significativo es lo que pasó en el llamado “Puente de la muerte”. En la serie se ve cómo los ciudadanos de la vecina ciudad de Pripyat corren a un puente para observar bien el incendio. No perciben el peligro, e incluso se ve cómo se maravillan con el polvo radioactivo que cae como nieve. Pues eso nunca pasó. 

“La serie repite el rumor de que todos los que vieron el desastre desde allí murieron como resultado de la exposición a la radiación”, apunta el artículo de la BBC, destacando que la mayoría de los ciudadanos de Pripyat se enteraron a la mañana siguiente. Según Breus, él conoce a algunas personas que estuvieron en el puente y que, aunque hayan tenido algún problema de salud, sobrevivieron. Como también sobrevivieron los tres buceadores a los que, dicho sea de paso, el agua no los tapaba. Tampoco festejaron el heroísmo con alcohol. 

 

La historia de los mineros desnudos tampoco fue fiel a la realidad. “Fue una de esas historias que resultó ser irrelevante e innecesaria”, dijo el ex-operario. 

Breus dijo que una desventaja de la serie es la versión estereotipada de los soviéticos, que coincide con las percepciones occidentales comunes: por ejemplo, la abundancia de vodka y la omnipresencia de la KGB. 

Sí coincidió en que la serie muestra a un régimen excesivamente reservado, cuya mala administración y comunicación complicó aún más las cosas.