Espectáculos Sábado, 15 de febrero de 2020 | Edición impresa

Cecilia Carreras: colores que fluyen con la vida

Visitamos el taller de la artista plástica, que acaba de inaugurar “Íntimo y cotidiano”.

Por Daniel Arias Fuenzalida - darias@losandes.com.ar

Cuando uno entra al atelier de Cecilia Carreras, entiende mejor su obra. Cuando uno percibe su entorno, donde reina la lenta gravitación de sus tazas, sus abanicos, sus origamis, sus recuerdos de viajes y, por supuesto, sus grandes lienzos, uno sabe por qué esta artista oriunda de Buenos Aires y radicada desde hace 26 años en Mendoza ha decidido pintar su mundo: allí hay esmero, delicadeza, reposada felicidad. 

Y un total “asombro”, como remarca Cecilia Romera, la curadora de su última muestra, “Íntimo y cotidiano”, recientemente montada en La Casona de Los Toneles. El título es anticipatorio, porque allí nos ofrece, en cuadros de gran formato, los objetos que la circundan. Objetos que han nacido entre un ida y vuelta lleno de fluidez y cariño, en extensas jornadas de trabajo que pueden llegar a las diez horas, nos cuenta. “Acá trabajo intensamente todos los días”, dice Cecilia Carreras: pequeña, movediza, flequillo recto, voz llena de fuerza y determinación. 

 

El caso es que conocer su espacio no es el privilegio de unos pocos. Ella lo abre a amigos, turistas y curiosos en Chacras de Coria (Mitre 1516). Allí vive, trabaja y organiza cursos sobre historia del arte, literatura y música, entre otras cosas. Son ocho años en comunión con esa bella casona, cuya fachada tiene un mural de su firma, en donde pintó pájaros que dan la bienvenida. 

Chacras de Coria. Es el lugar donde tiene su casa-estudio abierta a los visitantes. | Orlando Pelichotti / Los Andes

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Cuando le pedimos que enumere los objetos que hacen a su cotidianidad y que suele reflejar en sus pinturas, nos cuenta sobre la silla de madera y totora que heredó de su madre, sobre su amor por los tés, las tazas y las teteras (que colecciona), sobre sus fruteras, sus potiches de porcelana, sus libros, sus mesas, su perro Simón... “Lo que tengo es lo que me circunda”, admite, abriendo los brazos y abarcando el espacio. 

 

“Su mirada es ella misma, transparente e inquisitiva, retrata las mismas cosas una y otra vez, como quien las estudia, les congela el instante cambiando perspectivas, luces que emanan de la naturaleza y posiciones de los objetos como haría un pintor impresionista. Sus temas y objetos fetiches son recurrentes y circulares aunque cada tanto una nueva serie aparece para quedarse”, escribió sobre ella Romera. Y aunque últimamente se dedica a redescubrir su cotidianidad desde la plástica, esto no siempre fue así. 

La historia

Ante todo, su vocación siempre estuvo ahí. Cuando niña, su profesor de plástica habló con su madre para decirle que la pequeña Cecilia tenía talento en esto de pintar. Su madre fue receptiva y supo facilitar y cultivar el don. Empezó así a estudiar en la Escuela Nacional de Bellas Artes Manuel Belgrano. “Cuando tenía 14 años, iba de Caballito a Barracas y estaba todo el día desde muy temprano hasta 8 de la noche, todo el día, estudiando. Pero fueron los años más felices de mi vida”, asegura con los ojos iluminados de emoción. 

 

En las clases de historia del arte (sus favoritas) descubrió a los grandes: Carlos Alonso, Antonio Berni, Jorge De La Vega, Felipe Noé, entre muchos otros. “Siempre me incliné por la pintura, y sobre todo por el color. Grabado, escultura... Tuve que estudiar todas las técnicas, pero siempre me incliné por la pintura”, reafirma sobre ese momento iniciático, que continuó después con un matrimonio, hijos y el venirse a vivir a Mendoza: “Vine hace 26 años, y tengo 53... Pasé acá la mitad de mi vida”, reflexiona. 

Y si hay que hablar de sus maestros, siempre surge el nombre especial de Santiago Cogorno (1915-2001): “Era el artista ítalo-argentino del color, de las mujeres voluptuosas, un poco erótico, grabador, escultor, pintor..., de ese tipo de escuelas de antes que hacían de todo. Y yo era la ayudante. Fui discípula de él muchos años. De hecho fui a Italia con él. Fue muy importante para mi vida”. 

 

-¿E influyó en tu estilo?

-Yo tenía ya algunas cosas marcadas de antes...

El estilo

“Mi tipo de mancha y mi tipo de gestualidad son muy expresionistas -explica-. Me gusta mucho el expresionismo alemán, el informalismo. Voy por ese lado. Después, sobre el realismo, sí, tomo objetos, pero los tomo a mi manera. Se va a entender que hay una tetera o una taza, pero a nivel gestual es muy expresionista”, dice. 

Sobre las técnicas, prefiere el acrílico al óleo. Puede trabajar en lienzo, en cartón o en madera. Soportes de gran formato, que cuando la dureza se lo permite enriquece con lápiz, pastel o carbonilla. “El dibujo para mí es muy importante”, agrega. 

 

“De hecho, nunca arranco con un bastidor blanco. Antes empiezo como una danza de posesión manchando el blanco y ahí empieza a surgir el dibujo con carbonilla”, relata sobre su técnica. Mucha mancha y pinceles de brocha gorda. 

 Cuenta, mostrándonos una pintura en su cocina: “A la gente le gusta, porque lo que pasa con estos cuadros (con objetos cotidianos) es que hay como una conexión con lo que viviste antes: en tu familia, quizás tu abuela. Hay algo: el patiecito, la silla..., una conexión con algo que te tocó en la infancia y que compartimos todos”. 

 

Las temáticas

Además de sus objetos, Cecilia Carreras pinta los patios de sus amigas de Chacras, pinta pájaros, plantas, animales. Pinta también abanicos, y una serie sobre ellos está montada actualmente en la bodega La Rural (Maipú). 

En realidad, sus pinturas son un crisol de intereses, desde la fotografía a la literatura, pasando por la filosofía, la ópera, los viajes y, en un lugar muy especial, el cine. Lo reflejan algunas de sus series como “Lobo Estepario” (sobre el clásico de Hesse), “Criaturas Emancipadas” y “Yo y mi sombra”. 

-¿Se filtra todo ese mundo en tus cuadros?

-El estado de flujo es tal que todo se va filtrando, pero a nivel inconsciente, en un nivel que no es literal pero está. Todo suma y aporta. 

 

Una de las pinturas que más quiere es un retrato expresionista de Borges, recostado con dos gatos en sus pies: Beppe (su gato) y su doble. En “Yo y mi sombra”, que llevó a la Andes-Gallery de Basilea (Suiza), pintó hombres llevando de la correa a perros y cruzando sendas peatonales. “El hombre lleva al animal, y la senda peatonal es la sociedad con sus reglas, hay que someterse a ellas”, explica. 

¿Y las sombras, un motivo persistente? “Las sombras es algo muy jungiano: todos tenemos nuestra sombra, es la parte que no queremos ver de nosotros mismos. Es el yin y el yang”, explica. 

 

-¿Cómo ha sido tu evolución en las temáticas?

-Creo que va y que viene, no es algo tan lineal. En el último tiempo estoy más abocada a esto, que como en “Íntimo y cotidiano” es algo más “sosegado”, aunque en mis pinturas nunca nada es sosegado porque hay movimiento, color, perspectivas... Me refiero a la sensación de que estoy en un momento muy feliz de mi vida, donde hay mucha armonía. De hecho así titulé una de mis muestras. Creo que en estos años voy por ese camino.

Sepa Más

Dónde conocerla  

Su casa atelier: Mitre 1516 (Chacras de Coria).  

 

Muestra “Íntimo y cotidiano”, en La Casona Gallery. Bodega Los Toneles (Av. de Acceso Este 1360, Guaymallén). Horarios: martes a sábado de 11 a 21, domingo de 11 a 14. Hasta el 2 de abril. 

Muestra “Abanicos”, en Bodega La Rural, Museo del Vino (Montecaseros 2625, Coquimbito). Horarios: lunes a sábados de 9 a 17.30. Los viernes, 9 a 13 y de 14.30 a 17.30. Para más información comunicarse al 497-2013. Hasta el 15 de marzo