Opinión Domingo, 21 de abril de 2019 | Edición impresa

Cambiar Cambiemos para que todo cambie - Por Carlos Salvador La Rosa

Carlos Salvador La Rosa - clarosa@losandes.com.ar

Por Carlos Salvador La Rosa - clarosa@ losandes.com.ar

Ya que los radicales no pueden cambiar a Mauricio Macri por María Eugenia Vidal como candidato presidencial, que es lo que ellos quisieran, ahora intentarán cambiar a Cambiemos. Se trata de una especie de remake de lo que no pudieron lograr hace cuatro años cuando el deseo de Jaime Durán Barba y Marcos Peña de apostar a que la coalición ganara y gobernara en soledad (a pesar de tener minoría legislativa), se impuso sobre la propuesta de los herederos de Alem y Alfonsín de aliarse, aunque fuera después de ganar, con los sectores más racionales del peronismo.

Hoy las radicales admiten que quizá la estrategia de Durán Barba de marchar solos haya sido la que les permitió el éxito electoral, pero también fue la que luego, al seguir utilizándola para gobernar, les hizo trastabillar una y otra vez. Por eso siguen creyendo que Cambiemos debió intentar ampliarse después de acceder al gobierno, si quería tener poder. Y que debe seguir intentándolo. Entonces, ahora pretenden insistir con esa misma idea en pos de una nueva etapa de Cambiemos que hoy aparece tan probable o improbable de obtenerse como aparecía en 2015. Tal cual si el tiempo no hubiera pasado, excepto el desgaste de Macri que se suma al desgaste de Cristina, a pesar de lo cual los dos políticos más desgastados siguen siendo, hasta el momento, los únicos con posibilidades de imponerse. Algo raro, excepto en la Argentina donde lo único raro es lo que es normal en el resto del mundo. Un país donde la inflación y el dólar han devenido entidades metafísicas cuyas fluctuaciones poco y nada tienen que ver con la economía y sí mucho con el ser, la esencia y la existencia de los argentinos. Sólo analizables desde la filosofía.

De allí la ambigüedad de todos los aliados de Cambiemos con el paquete de medidas de Semana Santa. Nadie cree en él porque no hay nada en qué creer, ya que no se trata de ninguna reformulación de fondo. Es apenas, y así lo aceptan hasta sus por demás modestos defensores, una especie de calmante o antibiótico a ver si se puede detener la fiebre o el dolor mientras el plan económico de siempre (que no cambió en absoluto) logra algún resultado... si lo logra, cosa que es el misterio mejor guardado por nadie, porque nadie sabe si algo bueno logrará. Pero ya no hay tiempo de cambiarlo por otro. Creer o reventar.

La defensa por demás tibia (cuando hubo alguna defensa) de los radicales del paquete que se supone ellos propusieron, es porque quieren y necesitan algo más que estas leves medidas para poder seguir en la alianza. Para que los aún minoritarios disidentes internos no se les impongan en las bases dirigenciales que definen las convenciones.  

O sea, el plancillo se trata, ni más ni menos, que de un antibiótico de amplio espectro que además de calmar fiebre y dolor, calma a los radicales aportándoles algo de estatismo e intervencionismo frente a la ortodoxia económica defendida por el macrismo y el FMI. Y fue más por calmar a los radicales que por calmar la fiebre que Macri lo aceptó.

Mientras que la cúpula radical se conforma con tan poco en la esperanza de que un segundo gobierno de Cambiemos pueda gestar una nueva división del trabajo: que en el caso de un eventual triunfo (e incluso para lograr ese eventual triunfo) el macrismo se encargue de la economía pero el radicalismo se encargue de la política. No como hasta ahora que el macrismo se encargó de las dos y el radicalismo de nada, salvo de quejarse.

No obstante, los radicales sienten que algo está cambiando a su favor. Por supuesto que quieren que la coalición gane las elecciones porque sino ellos serían tan golpeados como Macri, pero no están dispuestos a aceptar otra vez que si se triunfa, el macrismo avance con las reformas laboral, tributaria y previsional, porque en soledad serán un estrepitoso fracaso. Y el radicalismo no cree tener margen para imponérselas a los correligionarios. Por eso se la juegan a hacer de la debilidad fortaleza, puesto que aún ganando, Macri jamás conseguirá mayoría propia, por lo cual deberá aceptar la negociación con algunos sectores de la oposición, que otra vez intentará proponerle el radicalismo aliancista. 

En 2015, dicen los radicales, no hubo necesidad de armar ninguna coalición con la oposición porque después de la primera vuelta la sociedad lo puso a Cambiemos como ganador sin necesidad de tener que forzar ningún acuerdo político. Lamentablemente, eso no resultó para bien sino para mal, porque los del PRO se creyeron que así como ganaron solos, solos iban a poder gobernar. O con acuerdos coyunturales con la oposición, hechos uno por uno, los que les salieron carísimos y se agotaban en cada ley votada.

Pero ahora las cosas han cambiado, están tan justos los números para la lid electoral, que aun ganando por algún punto en la primera vuelta, no está definida en absoluto la segunda vuelta. Entonces se van a necesitar acuerdos políticos que tengan dos sentidos a la vez: ganar y gobernar.  

Y allí se hacen los rulos los radicales: Piensan que si el peronismo federal queda tercero en la primera vuelta, en la segunda es posible que vengan a negociar si se los convoca. Eso puede dar origen a un acuerdo de gobernabilidad. Así como el Macri duranbarbizado se negó a cualquier acuerdo en enero de 2016 o en noviembre de 2018, que es lo que muchos radicales le propusieron, ahora deberá, sí o sí, al menos intentarlo.

Algunos peronistas y algunos radicales unidos, en vida de José Manuel de la Sota, estuvieron -en el más estricto de los secretos- negociando un acuerdo por el cual el peronismo cordobés (el de la provincia que más votos aportó a Macri) pudiera acceder a la Cancillería y manejar las relaciones exteriores.

Pero se lamentan que en vez de hacer eso, los macristas los desoyeron y pusieron en ese lugar a Jorge Faurie, un peronista menemista de tercera línea, cuando habrían podido acordar con uno de primerísimo nivel. Para los radicales eso se debe a que el desprecio por la política del círculo que rodea a Macri es fortísimo, mientras que ellos se consideran “la política” por definición y quieren, incluso están dispuestos a exigir, que si hay un segundo gobierno de Cambiemos, la política sea más radical que Pro. Aunque la economía siga estando en manos de los Ceos.

Eso se está negociando, no un paquetillo de medidas para la ocasión. O al menos los radicales creen o quieren eso.

Ellos lo llaman “el acuerdo de la segunda vuelta”, porque sienten que como radicales no pueden irse de Cambiemos pero tampoco pueden quedarse así como están porque el partido no lo resistiría. Se entusiasman diciendo que lo suyo podría proclamarse con estas palabras: “Todos los moderados unidos trás un pacto de gobernabilidad”. Y van tras ello.

Sabedor de esa estrategia, la cual le parece horrorosa, Durán Barba no se pudo contener y salió a decir públicamente que los radicales no son confiables, que ni por casualidad se le ocurra a Macri poner un vicepresidente de ese partido porque lo traicionará. En respuesta los radicales dijeron que el asesor ecuatoriano les parece horroroso. Veremos quien se impone en las Cortes versallescas de Cambiemos.

Sin embargo, lo cierto es que antes que todos estos cambios, lo primero es ver si luego que se pase el efecto de los antibióticos radicales, el plan de Macri y el FMI comienza a dar alguna buena noticia. Porque de no ser así, mejor ni pensar lo que podrá llegar a pasar.