Sociedad Viernes, 18 de octubre de 2019

Cada vez más madres crían a sus hijos solas

Crece el número de familias monoparentales, especialmente aquellas en las que una mujer est{a al frente.

Por Ignacio De la Rosa - idelarosa@losandes.com.ar

El concepto de familia tradicional o “nuclear”, tienen que estar el papá y la mamá ha ido variando dentro de los parámetros de normalidad o cotidianidad en Argentina. En contrapartida han crecido aquellas familias monoparentales, especialmente aquellas donde las mujeres se hacen cargo en soledad de la crianza de sus hijos e hijas.

Según un informe del Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (Cippec), entre 1986 y 2018 la cantidad de hogares conformados por mamá, papá e hijos (la llamada “familia nuclear”) cayó en la representación del total de familias. Mientras que en 1986, 47% de los hogares constaban de madre, padre e hijos; actualmente sólo el 35% responde a ese esquema. Y en el mismo período, el porcentaje de familias con un solo adulto pasó de representar 12% a 19%. “En la mayoría de los casos, se trata de madres que no han elegido voluntariamente criar solas y que enfrentan las responsabilidades de la maternidad junto con su trabajo fuera del hogar”, detalla el informe del organismo nacional.

El detalle llamativo -y que también es parte del informe- es que todavía una gran cantidad de políticas públicas continúan respondiendo al esquema familia tradicional. Y muchas costumbres y concepciones también lo hacen.

“Una vez una mujer le preguntó a mi hija cuál era su apellido. Ella le contestó ‘Aberastain’ (que es el mío); y la mujer le insistió aclarándole que se refería al apellido de ella y no al de su mamá. Mi hija le insistió con que era Aberastain. Entonces la mujer me miró y me preguntó: ¿cómo conseguiste un papá con él mismo apellido que vos?’. Hay mucha gente a la que le cuesta salir de las estructuras”, ejemplificó con una anécdota Belén Aberastain (35), quien ha criado en soledad a sus dos hijos.

 

“A nivel social, se observa que para las familias que tienen doble ingreso es todo mucho más simple. Todo está pensado para la familia tradicional. Por ejemplo, si mi hijo tiene un acto en la escuela, tengo que ir yo. Si hay que llevarlo al médico, sí o sí tengo que ir yo. En la familia tradicional, se pueden ir turnando padre y madre”, indicó a su turno Libertad. No obstante, detalló que hay ciertas cosas que se han ido adaptando a los nuevos parámetros. “En la escuela han cambiado muchas cosas. Ya no se trabaja tanto en el Día del padre o Día de la madre, sino que se pone hincapié en el Día de la familia”, agregó.

Cambios

En los últimos 20 años creció 7% la presencia de hijos a cargo de un único padre (que generalmente es la madre) y bajaron 12%  las familias nucleares. En el mismo período, además, se redujo la proporción de las llamadas “familias extendidas” (con tíos y abuelos) con hijos, al tiempo que se duplicaron los hogares en los que vive una persona sola, siempre de acuerdo al informe.

Asimismo, los hogares con un solo proveedor varón disminuyeron significativamente: pasaron de 65% en 1986 a 35% en 2018. Mientras que aumentaron los hogares de dos proveedores (de 29% a 40%).

 

Según se desprende del estudio, estas tendencias generales esconden diferencias según el nivel socioeconómico. Es que la amplia mayoría de los hogares de menos ingresos siguen estando compuestos por familias con hijos (86% en 1986 y 87% en la actualidad). Pero se duplicó la proporción de hogares con un solo adulto a cargo (de 14% a 31%), mientras que la proporción de hogares nucleares con hijos cayó en 15 puntos porcentuales (de 60% a 45%).

En cambio, entre los hogares de mayores ingresos, cayó fuerte la proporción de ellos con hijos (de 58% en 1986 a 36% en 2018). La familia nuclear tradicional con hijos pasó de representar el 40% de los hogares (1986) al 26% (2018). En contraste, casi se duplicó el porcentaje de hogares de una sola persona o de parejas sin hijos (de 32% a 60%).

A pesar de estos cambios, desde el Cippec destacaron que las políticas públicas continúan respondiendo al esquema tradicional familiar, y resaltaron que se aleja cada vez más de la realidad. “Urge ampliar la cobertura de espacios de crianza, enseñanza y cuidado de calidad dirigidos a la infancia. También es necesario modificar el régimen de licencias por nacimiento o adopción para que sea universal, promueva la coparentalidad que sea adaptable a los distintos tipos de conformaciones familiares”, resaltaron entre las conclusiones.

En primera persona

Libertad (nombre ficticio) tiene 45 años y a fines del 2014 fue madre por primera vez. Por decisión propia, lo hizo en soledad y por medio de la adopción de Bruno, quien tenía 8 años.

“Antes de que me enfermara había empezado a averiguar para ser madre. Siempre estuvo la idea de tener un hijo, y la adopción fue una opción desde el primer día. Luego tuve cáncer y perdí el útero. Entonces, cuando recibí el alta, pude continuar con mi vida y mi plan. Y me anoté en el RUA (Registro Único de Adopción)”, contó la mujer a Los Andes. Toda esta situación tuvo lugar a fines de 2014 y comienzos de 2015.

Para ese entonces la decisión ya era clara: sería madre en soledad. Al momento de anotarse en el RUA, dejó en claro que estaba dispuesta a adoptar hasta a 4 chicos que no tuvieran más de 12 años.

El proceso siguió por las vías administrativas correspondientes; y a Libertad le propusieron conocer a un chico que estaba viviendo en uno de los hogares de la Dinaf. “De a poco y en varias entrevistas me fueron contando la historia de mi hijo y su situación. Pero cuando lo vi, fue amor a primera vista”, resumió emocionada.

Al principio iba a visitarlo periódicamente y luego comenzó a llevarlo a su casa. “En 2017 salió el fallo definitivo. Al principio mi hijo tenía muchas dificultades y era muy inmaduro. El abandono deja muchas marcas y él tenía muchos traumas y miedos”, continuó Libertad.

A pesar de estar en pareja, la mujer elige hacerse cargo de la crianza de Bruno sola. Así como su compañero se encarga de sus hijas. “Mi vida cambió 180° y lo elegí yo. Ahora todo gira en torno a él; yo elegí hacerme cargo de un chico que tenía su problemática y traía una historia distinta a la mía, con cosas que quizás jamás entienda. Pero voy aprendiendo”, sintetizó.

Belén es “madre sola” de dos chicos, Victoria (8) y Agustín (14). “Uno empieza a considerarse como un ser humano independiente de la familia. Y una ya no se apega a estar con un hombre para que ser mantenida ni con una mujer para que se encargue de las cosas de la casa”, destacó la mujer. Incluso, sostuvo que los propios hijos son criados de una manera totalmente independiente.

Pese a estar adaptada a su vida, hay situaciones que en el día a día la ponen por momentos incómoda. “Cuando uno va a pedir trabajo, hay lugares donde lo primero que te preguntan es por la conformación de la estructura familiar. Es hasta violento que te pregunten por ello y empiecen a indagar en qué pasó con el papá”, resumió.

Portarretrato de mamá

(por Leandro Hidalgo, sociólogo y escritor)

Los diversos cambios sociales y culturales han configurado un nuevo escenario en torno a la disposición de vínculos y estructuras que antaño se consideraron ideales. En principio, porque la familia es una institución social y dinámica, y como tal reproduce ciertas acepciones socioculturales. Pero en sí es una categoría histórica no abstracta, digamos que su supervivencia y función es flexible a los escenarios económicos y políticos. Si las familias se constituyeron en torno a un abordaje determinado (familia “modelo”), sistémico, con una organización definida de roles (padre proveedor - madre contenedora); fue porque estuvo ligada a la demanda de un sistema occidental que había perfilado un estereotipo para las sociedades industriales. Pero ahora existe una temporalidad diferente con el ingreso de nuevas tecnologías, demandas laborales, alternativos procesos de emancipación y conformación de derechos que van horadando en la práctica aquel modelo estanco de póster publicitario del barrio privado.

El matrimonio monogámico, heterosexual, que supo tener el monopolio legítimo de la familia, aparece en crisis en la práctica. No porque no exista más, sino porque aparecen otros modelos que vienen a problematizar la dirección y el concepto que se tenía de todo aquello; cuando vemos el panorama concreto que da lugar a diversas formas de composición familiar, en la adopción de nuevos roles sociales, en la decisión de tener o no tener hijos, en la crianza bajo distinto techo, o en la multiplicidad de factores que hoy abarcan los vínculos emocionales. No existe una familia “normal”, porque eso sería desajustarla de sus hechos históricos y culturales de la que ella, como idea y como práctica, es consecuencia.

Cierto es que aún la “familia tipo” es una constante idealizada, pero noto que se constituye particularmente en términos de imagen, generalmente ligada al consumo, a una producción de símbolos de status que se venden y se compran en una exhibición fantasiosa del supermercado, o en una publicidad para vacacionar en la playa. De alguna manera existe una disociación entre la práctica y los dispositivos del mercado, que son grandes generadores de patrones estándares de la realidad sociocultural, y que en última instancia todavía expulsan lo distinto, como escribe Byung Chul-Han, cuando vivimos en un terror y exceso de lo igual, aunque en los hechos y las vicisitudes del siglo XXI no encaje la complejidad de las realidades.

Legitimar la conformación familiar diversa y focalizarnos en la calidad de los vínculos que ofrecemos es una tarea necesaria para instalar en el imaginario que se construye siempre desde el amor, y no desde el prejuicio, la nostalgia, o desde un antiguo portarretrato en blanco y negro de mamá.