Opinión Sábado, 11 de enero de 2020 | Edición impresa

Bowen, tierra de inmigrantes - Por Adela Álvarez Faur

Por Adela Álvarez Faur - Escritora-guionista

Bowen (General Alvear), fue mi cuna. Tierra de inmigrantes, donde crecí con las buenas costumbres de mis padres de origen español y escuché la mezcla de lenguas que me rodeaban, entre las que figuraban: rusa, ucraniana, árabe, italiana y tantas otras que me hacían soñar con países lejanos. La mezcla de razas desplegó un bonito abanico de culturas, enriqueciendo con su legado nuestra propia cultura, logrando de esta forma hacer de nuestro pueblo un lugar maravilloso, donde todo aquel que venía en son de paz y con ansias de trabajo, tenía su sitio y su respeto.

Nuestro pueblo comenzó a crecer de la mano del inmigrante europeo. La mayoría de ellos se dedicaron al agro, incluso aquellos que ni siquiera sabían lo que era un arado, pero sentían que podían labrar la tierra a pesar de las pocas herramientas con las que contaban. Así fue que, poco a poco le ganaron al monte y empezaron a sentir el olor de los pastos y la promesa del surco brindándose en una entrega generosa y dulce. Atrás quedaban las angustias, la larga travesía y la certeza de saber que nunca volverían a ver a sus seres queridos que los despidieron agitando sus pañuelos en aquella, su lejana patria. Y aquí, envueltos en sus nostalgias, con sus pequeños logros o miserias forjaron esta nueva patria, en un lugar que los cobijó y ellos supieron agradecer, dando lo mejor de sí para esta tierra: sus hijos argentinos. 

De su esfuerzo aprendimos la cultura del trabajo. Eran ingeniosos y con lo poco que había “fabricaban”  todo, las mujeres hacían sus escobas con pichanas y ramas de trigo, sus jabones y lejías, los panes que cocinaban en grandes hornos de barro, mientras los hombres construían las casas con adobes que preparaban con greda y paja. El paso de los años no descansa, sigue su curso y nos encontramos más adelante con un Bowen que de primitivo y agreste pasó a ser pujante y evolutivo. El ferrocarril fue uno de los bastiones para el progreso en los años de oro donde se denominaba al pueblo “La perla del este”. Parecía haber quedado muy atrás la época donde las pichanas y chañares llenaban el paisaje agreste. En aquella época dorada, según testimonios de  vecinos de Bowen, salían los trenes llevando su carga de frutas y verduras tres veces por semana, con dos salidas diarias de 40 vagones cada una. Estos productos iban a Buenos Aires y allí, en los puestos de los mercados, se comercializaban a veces a buen precio y otras no tanto, pero estaba la posibilidad de vender y obtener las ganancias tan esperadas durante todo un año de esfuerzo y trabajo.

Hoy, vemos muchas chacras sin trabajar y la mayoría de los agricultores abandonan sus campos, esas tierras que los inmigrantes supieron conseguir a fuerza de privaciones.  No sé lo que pasó. Todo cambió. No sólo en nuestro distrito, sino en otras partes de la provincia y el país. ¿Quizás fueron malas políticas? ¿Falta de decisión propia? ¿Situaciones climáticas? ¿Ausencia de créditos bancarios? ¿La situación hídrica que cada vez es más problemática? No lo sé. Quizás haya necesidad de industrias que sean conexas con la agricultura y perfilar nuevas maneras de sacarle provecho a los productos del campo, elaborando en nuestra misma zona. Pero para empezar a desarrollar esto, hace falta ayuda económica, porque los chacareros no pueden solventar los gastos que demanda un cambio de esta naturaleza. Lo cierto es que, a la cuestión del agro hay que darle pronta solución. De la tierra sale todo. Siempre se vivió del campo. Fue el pilar del sustento de comerciantes, transportadores, camioneros, farmacéuticos, médicos, lavanderas y empleados estatales, entre otros. De no ser por la agricultura, no existiría el pueblo. 

Quizás hay que hacer un giro y repensar qué se está haciendo mal. Si no se puede seguir con los productos tradicionales, sería bueno buscar otras alternativas. Hacer un estudio minucioso del suelo y ver lo que se puede cultivar y que sea rentable. Esto lo digo desde mi humilde lugar y desde mi ignorancia en la materia, pero ya lo dijo Stephen Hawking: “El mayor enemigo del conocimiento no es la ignorancia, es la ilusión del conocimiento”.

En conclusión, a mi entender, se necesitan políticas claras que favorezcan al pequeño agricultor e industriales conexos al agro, para elaborar lo que sale del campo y que se puedan vender sin intermediarios para evitar gastos que achican las pocas ganancias del pequeño productor.  

Sé que el gobierno local está buscando alternativas de progreso en esta área tan castigada.  Roguemos que se llegue a la meta esperada.

Sería bueno un cambio de cultura y comenzar a sembrar conciencia de que no es todo tan malo ni tan difícil si le ponemos el hombro. Hay que empezar a creer en nuestras propias fuerzas, como hicieron nuestros mayores cuando vinieron a poblar este suelo, sin quejas y con la esperanza de un mañana nuevo. Para redondear la idea, le robo esta frase a Thomas Jefferson: “Nada puede evitar que el hombre con la actitud mental correcta logre su objetivo; nada puede ayudar al hombre con la actitud mental equivocada.”

Y para terminar les digo: Pidamos por el agro, luchemos, pero con altura, con respeto, sin hacer daño a nadie pero con firmeza, para que se oiga nuestra voz hasta en los confines de la Patria. No estamos muertos, sólo adormecidos.

En mi zona la mezcla de razas desplegó un bonito abanico de culturas, enriqueciendo con su legado nuestra propia cultura, logrando de esta forma hacer de nuestro pueblo un lugar maravilloso.