Opinión Domingo, 26 de enero de 2020 | Edición impresa

Basta de patear la guinda afuera - Por Leonardo Rearte

Por Leonardo Rearte - lrearte@losandes.com.ar

A. Los 70, Malvinas, el soldado Carrasco, Cromañón… A la sombra de nuestra historia, y sin temor a equivocarnos, podemos arribar a la conclusión de que a la Argentina su juventud siempre le ha importado un joraca. 

Un 30 de diciembre de 2004 nos “enteramos”, con títulos catástrofe, que a los pibes en los boliches se los hacinaba, que se los estimulaba desde el escenario a poguear con bengalas encendidas, y que los conciertos de rock podían ser trampas mortales. Es decir, con Cromañón nos “enteramos” de un infierno que existía y ya quemaba. Y cuando por estos lados nos solemos enterar, casi siempre es tarde.

En definitiva, tuvieron que apilarse en una vereda de Once decenas de cuerpos para que los adultos sobreactuaran, buscaran sus chivos expiatorios, revisaran normas, y pensaran que no se le podía permitir a los productores/músicos meter a 100 pibes por metro cuadrado en boliches; todo esto a fuerza de una cultura del “aguante” que explotaba el fanatismo del público en pos de más ganancia para unos pocos.

Curioso: recién entonces comenzamos a preocuparnos por la “futbolización” del rock; este folclore estúpido de las “hinchadas”, la violencia extrema como condimento de un espectáculo, tribunas que gritaban por la muerte de otro artista, la “fiesta” de la pirotecnia…  Una manera de pensar (en realidad de no pensar) que muestra nuestro peor costado: ignorancia, corrupción, rituales, abandono. 

B. A propósito: ¿de la “futbolización” del fútbol cuándo nos vamos a ocupar? Que las barras bravas tengan cancha libre, que se sientan más importantes que el juego, que sean ariete de la política y los sindicatos. Nuestros debates duran lo que dura un prime time: ¿recuerdan el hincha de Belgrano que fue tirado de una tribuna porque supuestamente era de Talleres? Entonces, de nuevo nos horrorizamos, pero por un ratito nomás, como para enmascarar la poca gana que tenemos de resolver los problemas de fondo. 

Ayer el sismo fue en el mundo del rock, cada tanto aparece en el fútbol, hoy le toca al rugby…   En esta montaña rusa de ineficiencia y falta de empatía, ¿de qué nos vamos a “horrorizar” mañana?

C. “El gran desafío que tiene ahora el mundo del rugby es erradicar la violencia afuera de la cancha. Romper con esa tradición estúpida e inútil. Una tradición que mata. Tal vez sea el desafío más difícil de su historia, pero está obligado a hacerlo. Por su pasado de gloria, por los valores que dice defender, por los miles y miles de jugadores de todas las divisiones que se portan bien y dan el ejemplo, por la solidaridad y camaradería que existe entre clubes, por las familias que hacen un esfuerzo enorme para que sus hijos puedan jugar. Por Fernando Báez. Por Marcos Spedale, asesinado a golpes por diez rugbiers en Córdoba, en 2005. Por Ariel Malvino, asesinado a golpes en 2006 en Brasil por tres rugbiers correntinos que aún hoy siguen libres. Porque si las familias se ven en los peores momentos, es hora de que el rugby demuestre qué tipo de familia es” (Lalo Zanoni, periodista, escritor, ex rugbier)

D. Ahora toca enterarnos de lo que pasa en los boliches del país; de la existencia de manadas de chetitos que acosan a chicas o muelen a palos a otro pibe que consideran “inferior”. Es el turno de preguntarnos: ¿Cómo llega un grupo de ”chicos bien”, formalmente educado, practicante de un deporte que algunos consideran de “elite”, a juntarse para matar a patadas y piñas a otro? ¿Se dan cuenta la cantidad de gente que falló previamente? Padres, profesores, amigos, entrenadores, autoridades…   Cuántos preconceptos deambulan en la cabeza del pibe que decide hundir puños en la humanidad del otro, hasta quitarle el aliento. 

Estremecen los videos de un adolescente grandote fajando a otro. Pero estremece igual o peor el hecho de que cuando estos machitos de 18 años terminaron la faena, se fueran a paso lento y sereno. Como quien acaba la tarea más normal del mundo. Como si eso que hicieron estuviera en total armonía con su universo.

E. “Nadie se hizo cargo ni pidió perdón. Pero sí, fuimos nosotros, los que habitamos el diminuto mundo del rugby, los que formamos a diez desquiciados que mataron con saña y odio a un pendejo indefenso. Lamentablemente también eran nuestros los acusados de violar entre cinco personas a una chica en La Plata, y los que golpearon salvajemente a un linyera en Olivos porque estaban aburridos. (....) Es jugador de rugby, también, el rosarino al que filmaron golpeando salvajemente a su novia y que hoy camina como si nada hubiese pasado. Digámoslo, fuimos nosotros. Diciendo que fuimos nosotros vamos a poder mirar a los ojos a todas esas víctimas y pedirles perdón sin vergüenza”. (Tomás Hodgers tiene 23 años, juega al rugby en Rosario)

“Los bautismos (en el rugby) son rituales para forjar la personalidad. O al menos eso se cree. Yo vi con mis propios ojos abusos como palizas atroces a chicos desnudos y objetos metidos en el culo. Rehusarse no es opción porque el castigo será peor (...) La excusa es que se hace esto para emular situaciones traumáticas en las que te veas obligado a sacar esa personalidad superadora y salir adelante”. Julián Princic, productor de TyC, ex rugbier. 

F. Lo leí en Twitter: “Si sos rugbier y lo que te indigna es que se generalice sobre los rugbiers y no el hecho de que 10 rugbiers en manada asesinen a un pibe, entonces la generalización sobre los rugbiers quizá sea acertada”.

En Argentina tenemos estigmatizaciones para todos los gustos. De hecho, si en vez de haber sido 10 pibes de clase media-alta, los asesinos hubieran sido 10 “muchachones de la villa” quizá algún productor de TV se hubiese animado a proponerle a su panel el tema “pena de muerte”, “cómo hacer para que en este país no esté todo permitido”, y un penoso etcétera.  

Pero la verdad es que no hay estigmatizaciones buenas y estigmatizaciones malas. El problema de las generalizaciones es que son falsas y no nos dejan pensar con claridad. 

No, no son todos los rugbiers así, está claro; pero tampoco, con la excusa de que se trata de una “generalidad” hay que darle lugar a las estrategias para no practicar el mea culpa, sacarse la discusión de encima y patear la guinda afuera.

Son interesantes las revisiones que están haciendo muchos rugbiers y ex, con el objeto de desacralizar ese micro-mundo (hemos transcripto algunas). 

Quizá, estas reflexiones ayuden en la tarea de empezar a contestar estas preguntas: ¿está el entorno del rugby preparado para enfrentar este panorama? ¿Conocen los entrenadores el fenómeno del “sesgo de conformidad” y entienden la gravedad de las patotas, donde todos los miembros van a incrementar su cuota de violencia con el objeto de “agradar” a sus líderes negativos? ¿Por qué en el rugby -y no solo en el rugby- se siguen permitiendo prácticas como los “bautismos” que no es otra cosa más que imponerle a eslabones más débiles algo que no quieren hacer? ¿Cómo opera el machismo y la discriminación en estos grupos? ¿Son los padres y los dirigentes demasiado permisivos ante los excesos? ¿Cómo penetran los grupos de poder en la justicia para intentar que algunos zafen por el solo hecho de ubicarse en una escala social elevada? A este cóctel de preguntas específicas sumale el contexto en el que vivimos; sumale la cultura de la “previa” y el alcohol (y las pastis) que inunda a todos los adolescentes; sumale el desprecio que en general hay por el otro. 

Por último, sumale que a los argentinos, como trasunta nuestra ajetreada historia, la juventud nos importa un carajo.