Opinión Lunes, 11 de diciembre de 2017 | Edición impresa

"Aviación agrícola y ambientalismo" - Por Gustavo Marón

Por Gustavo Marón - Abogado, experto en temas aeronáuticos

Respeto el medio ambiente. De hecho, soy abogado de la Federación Argentina de Cámaras Agroaéreas, una organización empresarial que promueve su defensa. También respeto a los ambientalistas y a los cultores del Derecho Ambiental. Sin embargo, vengo viendo que el ambientalismo genuino ha sido infiltrado por un puñado de fundamentalistas para quienes cualquier actividad humana es contraria al hábitat, sobre todo si se desarrolla con aviones. 

Estos activistas, que no son muchos, no razonan ni tienen tampoco una clara conciencia de las leyes, empezando por la Constitución Nacional, que no promueve una defensa a ultranza del ambiente sino un equilibrio entre su protección y el desarrollo productivo.

En las últimas semanas hemos asistido a un intenso debate respecto de las aplicaciones aéreas de fitosanitarios que el Servicio Nacional de Sanidad Agroalimentaria (Senasa) decidió ejecutar contra la polilla de la vid (Lobesia botrana), una plaga cuarentenaria que se venía extendiendo imparablemente desde 2008. 

El empleo de aviones agrícolas permitió detener en seco la expansión de este insecto, pues por primera vez se lo pudo atacar en simultáneo sobre todo el territorio provincial y con dosis uniformes de confusores sexuales e insecticidas de baja toxicidad (fueran estos orgánicos o de síntesis química). El resultado ha sido el retroceso de la plaga que, gracias a la aviación agrícola, va camino al exterminio.

Tan pronto los aviones comenzaron a volar, un virulento grupito de ambientalistas alzó la voz contra las aplicaciones aéreas, denunciando que afectaban la salud humana y el equilibrio del ecosistema. De inmediato la Red Ambiental Oikos interpuso una acción de amparo solicitando la suspensión de los vuelos y la Municipalidad de San Carlos directamente los prohibió.

Como era de esperarse, la Justicia rechazó el planteo (pues no se comprobó en absoluto el pretendido perjuicio ambiental) y los aviones terminaron volando sobre San Carlos, donde ejecutaron su trabajo en apenas una mañana. En síntesis, la polilla perdió y ganaron todos los mendocinos.

El caso dejó como lección que no se puede hablar de ambiente en sentido abstracto. En Mendoza, el medio ambiente es tanto natural como cultural, pues cien generaciones de agricultores crearon tres oasis donde naturalmente debía existir sólo desierto.

Siendo así, nuestro medio ambiente real está formado por montañas, glaciares y ríos, pero también por los cultivos que sustentan el desarrollo económico y social de la provincia. El más importante de esos cultivos es la vid, que viene siendo depredada por la Lobesia, un insecto que no puede permanecer ajeno a la ecuación ambiental sencillamente porque no es autóctono sino importado o exógeno. 
Es la polilla, y no los aviones, la que afecta el medio ambiente. Los aviones sólo representan la mejor cura posible contra este flagelo, aunque algunos radicalizados no lo quieran entender.