Opinión Domingo, 14 de abril de 2019 | Edición impresa

Argentina, entre el salto y el piso - Por Edgardo R. Moreno

Macri ya saltó hacia el desafío de la reelección. Necesita y espera que la sociedad entienda el gesto y lo reciba.

Por Edgardo R. Moreno - De Nuestra Corresponsalía en Buenos Aires

En su amargo repaso del derrumbe de la izquierda occidental, el historiador italiano Enzo Traverso recuerda la historia del sastre de Ulm, que en 1592, ansioso de volar como un pájaro, se construyó un par de alas rudimentarias.

En defensa del orden natural de las cosas, el obispo diocesano dictaminó que nadie podía volar y desafió al sastre a que pruebe lo contrario. El sastre saltó desde el campanario y se estrelló en el suelo. El obispo ganó la controversia. Pero hoy los hombres y las mujeres vuelan.

El sastre incauto pasó la historia como un caso trágico de desajuste entre el espacio de la experiencia y el horizonte de expectativas.

Con las encuestas al rojo vivo, Mauricio Macri se asoma a un vértigo parecido. En su último discurso pasó del enojo al énfasis persuasivo. Ahora sincera sin tapujos la herencia recibida, el espacio de nuestra experiencia. Y señala un horizonte de expectativas que la dureza del ajuste en el presente, apenas deja entrever.

Macri menciona a Arturo Frondizi -que a su vez glosaba a Carlos Pellegrini- para recordar que tras décadas de dispendio, las arcas del Estado están exhaustas. Cita a Raúl Alfonsín en Parque Norte para señalarle a sus aliados que su dirigente emblemático también identificó al déficit fiscal como la causa de la inflación que tumbó a su gobierno. Reitera frases de Juan Perón para subrayarle a sus adversarios que el fundador de su movimiento político fue destituido cuando una inflación indomable le arremolinaba, peor que a los precios, a su propia base electoral.

Macri ya saltó hacia el desafío de la reelección. Necesita y espera que la sociedad entienda el gesto y lo reciba. No tanto por las legítimas expectativas, sino por las décadas frustrantes de experiencia social.

Hasta que en el calendario electoral no suene la campanada del cierre de listas, parece estar dando el salto en soledad. Su coalición lo contempla, aterida. El tono beligerante que cedió el Presidente sólo fue asumido en el Congreso por su mano derecha, Marcos Peña.  

El radicalismo, que se embarcó en una operación corrosiva para imponerle un vice, pasmó cuando prendieron las luces. En camino a la Casa Rosada, prefirió esconder las evidencias y borronear una propuesta de moderación del ajuste económico.

La mera mención de un congelamiento de precios trajo a la memoria lo peor de la economía alfonsinista, aumentó la incertidumbre que ya sacudía al gobierno y obligó a una desmentida oficial. Mientras algunos formadores de precios se entusiasmaban con una remarcación preventiva.

Los cabildeos no han concluido y prometen extenderse hasta la Semana Santa. Los radicales díscolos le apuntan al ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne. Y reclaman reemplazarlo por otro que despierte mayor credibilidad.

La actitud que ha tomado el gobierno es escuchar esos planteos tantas veces como fuese necesario. Suelen diluirse al ser explicados.

Christine Lagarde salió en persona a dar una señal inconfundible de lo que piensa el Fondo Monetario Internacional: será creíble el gobierno que se mantenga firme en el programa de ordenamiento de las cuentas fiscales.

Lagarde se explayó además en dos temas clave. Dijo que la recuperación de la economía argentina no está lejos. Y advirtió a la oposición que no hay ninguna alquimia viable por fuera del programa acordado con el Fondo. Cosas que el Gobierno celebró como un colchón de plumas para el salto del sastre.

Cristina Fernández crece de a monedas en las encuestas porque el silencio es la síntesis de su programa político. Propone recordar el futuro. Apuesta a que el horizonte sea tan difuso que torne preferible el maltrecho espacio de la experiencia. Lo más parecido que existe a una restauración conservadora.

En ese cuadrante de su estrategia no parece irle mal. Tampoco en el de la agitación callejera, que se endureció con nuevos piquetes. Y se agravará en mayo con las propuestas sindicales de paro en medio de las negociacones paritarias.

No todo es viento a favor para la expresidenta. Había conseguido, con un juzgado adicto en Dolores, empatar las resonancias de la causa de los cuadernos. Ahora compite contra ese logro de fabricación propia. Ya se torna evidente que ha profugado a su hija Florencia en Cuba para evitarle una detención sin fueros.

Cada movimiento que hace en ese terreno recuerda lo peor de su experiencia institucional y agita la expectativa de una mayor impunidad. Cristina es el sastre en el piso. Donde estrelló al país. Señala el horizonte de Macri para insistir con otro vuelo de prueba.

El espacio vacío entre Macri y Cristina también tiene convulsiones. Al tomar distancia, al mismo tiempo, de Sergio Massa y de las primarias del peronismo federal, Roberto Lavagna parece haber delegado en Juan Schiaretti -menos por voluntad que por indolencia- la organización práctica de la tercera vía. A partir de la noche del 12 de mayo.

La advertencia de Lagarde, por otra parte, lo corre ahora por detrás demandando un argumento. Del mismo modo que él lo hizo con Macri, desafiándolo a hablar del presente.  

Lavagna es el sastre que vacila en el campanario. Se define a sí mismo como un protocandidato. El peronismo no será Roma, que no pagaba traidores, pero tampoco espera a papables.