Escribe el Lector Viernes, 10 de enero de 2020 | Edición impresa

Aquel 4 de enero de 1970

Por Felipe A. Rizzo

Difícilmente alguien nacido en medio de la árida Mendoza pueda pensar en ejercer de ‘gondolero’ a miles de kilómetros de los canales de la histórica Venecia.

Aquel 4 de enero de 1970, desde temprano, negros nubarrones se posaron con su carga de agua. Pensábamos que se acercaba una refrescante lluviecita. Un oscuro manto de  nubes nos cubrió y la lluvia empezó a caer. Roncaba fuerte el asmático motor del Leyland de la TAC mientras enfrentaba a la correntada que bajaba por el carril Sarmiento; pasada la variante de Gutiérrez el agua llegaba al estribo y el chofer aceleraba la marcha intentando vencer su fuerza. 

Era Venecia en Mendoza y el carril, uno de sus pintorescos canales. Al igual que una enorme góndola, el pesado colectivo comenzó a flotar, sus ruedas giraban en falso mientras el desesperado conductor maniobraba para esquivar, no otras góndolas con su típica pareja de enamorados, sino heladeras, tambores de aceite, ramas y hasta automóviles. Al final pudo atracarlo contra dos robustos árboles donde debimos esperar más de una hora a que bajara la corriente.

Sentimos la seguridad del suelo, volvió a roncar con fuerza el motor y encaramos hacia el Puente Olive con el agua hasta el estribo. Por seguridad, el chofer abrió la puerta y me pidió me parara en el escalón portando una larga rama a modo de improvisada pértiga. Como marchábamos pegados a la banquina mi misión era la de un improvisado gondolero marcando la profundidad del agua para evitar caer en algún socavón producido por el desborde de la acequia, y así, paso a paso nos enfrentamos al puente.

Felipe A. Rizzo

DNI: 6.889.304