Espectáculos Sup. Cultura Domingo, 31 de marzo de 2019 | Edición impresa

Amores prohibidos en la historia Argentina

Compartimos aquí cómo fue que tres de nuestros grandes próceres encontraron su destino fatal.

Por Luciana Sabina - Especial para Estilo

En la vida de los grandes personajes de nuestro pasado -como en la de todo ser humano- el amor dio el presente, aunque no siempre del modo que dictaban las reglas sociales de entonces. Así, gran cantidad de esas historias permanecieron ocultas, pero otras no y fueron desaprobadas por sus contemporáneos dada la naturaleza “prohibida” de las mismas.  

Antes de la Revolución de Mayo el romance entre Santiago Liniers y la abuela paterna de Camila O’Gorman, escandalizó a todo Buenos Aires. No fueron nada discretos e incluso desde la calle los escuchaban alcoholizados, cantando vivas a Napoleón en el domicilio que compartían. Don Santiago parecía un adolescente enamorado. Cotidianamente arrojaban piedras contra la fachada del ‘pecaminoso’ hogar y se escuchaba algún “¡prostituta!”. 

Es bastante conocido que San Martín tuvo varias amantes. En Mendoza, durante la ausencia de su esposa Remedios se lo veía siempre acompañado de María Josefa Morales, por entonces viuda del político y militar español Ruiz Huidobro. Esta dama junto a su marido habían sido tomados prisioneros en 1807 -durante las Invasiones Inglesas- y enviados a Gran Bretaña. De regreso en América apoyaron la Revolución de Mayo. 

 

Pepa y Pepe -como le decían a San Martín y Josefa- se habrían conocido en casa de los Escalada, durante los festejos por la victoria de San Lorenzo, en 1813. Dos meses más tarde ella acompañó a Ruiz Huidobro a nuestra provincia. Su marido deseaba espiar a los realistas chilenos, pero murió pocos días después de llegar a Mendoza. Josefa se quedó aquí, sola y sin conocidos. Al llegar San Martín -para preparar el Ejército de los Andes- la relación entre ambos fluyó. 

Rodolfo Terragno dedicó un libro a doña Pepa y señala que, cuando en 1814 Remedios llegó también a Mendoza, el matrimonio vivió en la calle Buenos Aires (hoy Corrientes) al 343 en una casa que, según el historiador mendocino Fernando Morales Guiñazú, pertenecía a la viuda de Ruiz Huidobro. Cultísima y nieta de un conde, Josefa -por entonces de cuarenta años- maduraba sofisticación. Solían verla por las calles mendocinas siempre de negro, con un luto que llevó hasta la muerte.

En sus cartas San Martín se abre totalmente con ella. Galante, le hacía preparar arrobas de chocolate como obsequio. Ayudaba a mantenerla y mientras pedía a las autoridades que en su ausencia fuese tratada “como a mi mujer propia”, mientras ella le decía “mi todo” según vemos en la correspondencia que mantenían. Pero Pepa no pudo acapararlo totalmente. Junto a Remedios llegó Jesusa, una hermosa esclava que don Escalada había obsequiado a la pareja. La mujer tuvo un hijo sospechosamente parecido a San Martín y sorpresivamente en 1820 el Libertador dio órdenes de venderla.

 

Pocos meses más tarde Pancho Ramírez daba su vida para proteger a su amante portuguesa, Delfina. Se trataba de una  hermosa pelirroja que había raptado en Brasil y tomado por mujer, aun comprometido con otra. El 10 de julio de 1821 los enamorados y las tropas de Ramírez fueron alcanzados por huestes enemigas. Pancho fue ultimado de inmediato. El General Lamadrid presenció todo y dejó en sus memorias una reflexión: “murió Ramírez por defender o salvar a una mujer que llevaba y que había caído en manos de los soldados de López que le perseguían; sin ese incidente abríase salvado”. 

Se cree que Lucio Mansilla (padre) también amaba a Delfina, siendo este el motivo principal por el que traicionó a Ramírez cambiando de bando y facilitando a sus nuevos aliados el modo de alcanzarlo.    

Manuel Belgrano no fue ajeno a las tentaciones de la carne. Mantuvo una relación con María Josefa Ezcurra, cuñada de Juan Manuel de Rosas y antigua novia. De este amor nació, en 1813, Pedro Pablo. El muchacho fue adoptado inmediatamente por Rosas y su esposa. Al cumplir la mayoría de edad se le comunicó su origen y desde entonces utilizó también el apellido del creador de la Bandera.

Al quedar viudo Juan Manuel de Rosas tomó por amante a Eugenia, una muchacha de dieciséis años que vivía y trabajaba en su casa. Dio vida con ella a un número considerable de hijos que no reconoció. Cuando el Restaurador tuvo que exiliarse hacia 1852, tras ser vencido en Caseros, la mujer se negó a acompañarlo. 

Uno de los grandes adversario de Rosas, Domingo Faustino Sarmiento, fue amante durante casi tres décadas de Aurelia, hija de Dalmacio Vélez Sarsfield. Ambos eran casados, aunque separados de sus respectivas parejas. Este amor terminó sólo con la muerte del prócer.   

Aquel romance fue tan comentado como el del viudo Julio Argentino Roca con Guillermina de Oliveira Cézar, esposa de Eduardo Wilde, uno de sus amigos íntimos y ministro. Aparentemente la relación fue tolerada por Wilde. Se decía que el matrimonio nunca se había consumado. Pasaron los meses y este escándalo llegó a ser tal que Roca envió al matrimonio fuera del país. Volverían a involucrarse tiempo más tarde, pero volverían a separarse. 

 

Hacia 1913, al enviudar, Guillermina estaba en París y le comunicó por carta que prefería quedarse allí “por las razones que Vd. comprenderá”. Razones latentes en cada una de estas historias y que, lejos de cualquier limitación social o religiosa, comprendemos todos.