Sociedad Sábado, 23 de mayo de 2020 | Edición impresa

Alicia Moreau sobre la situación laboral de las mujeres

En 1937, el debate social estaba centrado en los derechos femeninos y particularmente en las condiciones de trabajo.

Por Textos recuperados de las ediciones de diario Los Andes

El trabajo de las mujeres es un tema de permanente actualidad. Es un problema que no se ha resuelto todavía, menos aún en Sud América, menos en nuestro país que en otras partes, a pesar de algunas benéficas leyes adoptadas, y que, a admitirse algunas opiniones, no se resolverá nunca en las condiciones sociales en que sigue viviendo la humanidad. Es más que eso, una famosa cuestión que no sólo no está resuelta prácticamente, sino que tampoco ha sido hasta hoy planteada en términos lo suficientemente claros y definitivos, como para no tener más que discutirse en el terreno teórico. Pero ese tema permanente cobra en ciertas oportunidades una actualidad aún más candente, más imperiosa. Es precisamente cuando se lo pretende resolver.

Cualquier solución propuesta, o impuesta, porque hoy las soluciones para los problemas crónicos ya casi no son propuestas, sino que son en general impuestas por las fracciones políticas que ocupan eventualmente el poder, y así surgen las consabidas soluciones de izquierda o de derecha, según lo sean de uno u otro lado los partidos dominantes, cualquiera de esas soluciones vuelve a levantar las discusiones de siempre e impone, por las mismas necesidades prácticas, el deber de renovar todos los argumentos. Es lo que pasa en estos momentos acá, por las modificaciones presentadas a la legislación civil argentina, en lo que se refiere a los derechos de la mujer, incluso a su derecho de trabajar. Por ello, y por el eco de parecidos debates renovados en el exterior hemos consultado a la doctora Alicia Moreau de Justo, consumada especialista en la materia, mujer de trabajo, de ideas y de acción pensadora y militante política, para preguntarle sencillamente esto: ¿La mujer debe trabajar o no?

 

Ironía y tranquilidad

Empezamos naturalmente por la parte del nuevo proyecto de Código Civil que atañe a los derechos femeninos al trabajo y que tanto ha sublevado a una parte por lo menos de las interesadas. La señora Moreau de Justo nos recibió en una sala destinada a la redacción de una revista de mujeres, en la Casa del Pueblo. Y habló del asunto con la irónica tranquilidad de quien conoce bien las cosas humanas para exagerar sus amenazas.

 

Me parece -empezó por decirnos- que ese peligro de la nueva legislación civil relativa a la mujer no está tan próximo como para temerlo demasiado. Ese nuevo proyecto de Código Civil llevó diez años, precisamente diez años, siendo estudiado y elaborado por la comisión especialista nombrada, aun por el gobierno del señor Alvear, para ello. Hace muy poco fue presentado a la comisión de la Cámara que debe a su vez estudiarlo nuevamente. No creo que esa comisión se dé mucha prisa en ultimar su trabajo. Después habrá todavía largas discusiones parlamentarias. Como ve usted, hay tiempo y quedan muchos recursos para evitar que se introduzca en las leyes del país disposiciones que indudablemente significarían un enorme retroceso en las conquistas de nuestra organización social. Creo que la intención de los autores del proyecto fue dar más fuerza a la organización del hogar. Pero no han elegido el mejor camino para ello. La tentativa de restablecer disposiciones legales que tuvieron su vigencia tiempos ya remotos de nuestra historia no corresponde a las condiciones actuales de nuestra vida social. En épocas anteriores, la mujer estaba efectivamente sujeta a una dependencia muy estricta del marido. Pero entonces la sociedad argentina tenía una estructura muy distinta. Muy pocas eran las mujeres que trabajaban, porque el trabajo del marido bastaba en general para sostén del hogar. Poco a poco, con las crecientes exigencias de la vida moderna, la mujer fue empezando a dedicarse a toda clase de actividades, y no porque quisiera, sino apremiada por las más imperiosas necesidades. Y, los maridos, que naturalmente se dejaban llevar por la corriente de los tiempos y de los problemas concretos de su vida diaria, ni se daban cuenta de los derechos que los afianzaba la ley. Así es que casi nadie conocía aquellas disposiciones, ulteriormente renovadas por la legislación actual, que data del año 26, y que ahora se trataría a su vez de renovar igualmente. Es completamente claro que una legislación ya en desuso hace tantos años no tiene por qué ser adoptada otra vez. Además, no tendría ninguna eficacia y quedaría también en desuso, pues, como le he dicho, las mujeres no trabajan porque quieran, sino porque necesitan.

 

Madre y mujer

Y por ahí llegamos a la cuestión central de la entrevista. ¿Debe la mujer trabajar? La señora Alicia Moreau de Justo responde a esta pregunta de una manera que a primera vista podría parecer algo inesperada en una socialista. Pero es que ha alcanzado una madurez de pensamiento en que el realismo ya supera a los esquemas teóricos y en el que el sentido objetivo de la observación sobrepasa a las simples frases hechas. Habla con la sencillez y la claridad de quien dice cosas largamente meditadas y con la dulzura de una mujer que ha contemplado mucho los sufrimientos ajenos. Su expresión es directa, precisa, y las cosas que expone resultan de una transparencia admirable, sin perder su serenidad característica. Pero aquí se hace neta, incisiva, casi cortante:

 

-A ese respecto tengo bien sentado mi punto de vista: pienso que la mujer que no tiene hijos debe trabajar; ahora la mujer que tiene hijos no debe trabajar. El trabajo es de un modo general fecundo para la educación de la mujer, para su desarrollo, su formación espiritual. El trabajo la enseña a hacer fuerte en la vida. La mujer que no trabaja, si se ve pronto desamparada, como es por ejemplo el caso de muchas viudas, queda incapacitada hasta para sostener a sus hijos. El trabajo ayuda a formar la personalidad, da fuerza, aptitud, autonomía a la mujer. La transforma en un ser útil bajo otros puntos de vista que no sean los que le son tradicionalmente reservados por la misma condición de su sexo. La mujer sin hijos que no trabaja ¿qué es? Hablo naturalmente en el caso general. Es un parásito. Pero la mujer que es madre no debe trabajar, porque el tiempo no le sobra para cuidar a sus hijos. Es claro que hay millones de madres que trabajan. Pero porque no tienen más remedio que hacerlo. Es una de las tantas consecuencias de la organización social. Para esos casos se han ideado los kindergarten y todos esos modernos institutos de educación de niños. Es evidente que, si la madre se encuentra en la necesidad de dejar a su hijo en cualquier lugar para irse al trabajo, los kindergarten e instituciones similares resultan de una utilidad enorme y representan la única manera de neutralizar de cierto modo los inconvenientes de la absorción de la mujer por el trabajo. Más su asistencia misma es insustituible. El hijo debe ser directamente educado por su madre. Los kindergarten no son más que derivativos de la solución verdaderamente impuesta por las crueles exigencias de la vida.

Condiciones de trabajo

¿Y cómo trabaja la mujer en la Argentina? La señora Moreau de Justo responde con pesimismo:

 

-La mujer sufre, por lo general, una explotación mayor que el hombre. A no ser a las maestras de escuela, ni aun entre los empleados del Estado es remunerada como su compañero masculino. En las empresas particulares no recibe nunca, en determinado trabajo, lo mismo que el obrero o el empleado. De ahí que una de nuestras principales reivindicaciones, y una aspiración de todas las mujeres trabajadoras, sea la de igual remuneración para igual trabajo. Hay quienes defienden la tesis de que la mujer debe recibir una remuneración menor por el perjuicio que sus ausencias en los períodos de la maternidad causan al empleador, que se ve obligado a substituirlas, con la consiguiente pérdida de eficiencia, por un cierto tiempo de adaptación necesario a la substituta. Pero ella no tiene la culpa de ser forzada a acumular sus deberes de maternidad con las necesidades del trabajo. Eso es otra consecuencia de la organización social. Y mientras no se establezca una sociedad distinta no se podrán encontrar soluciones positivas para esa enorme cuestión. Mientras tanto las mujeres, madres o no, seguirán trabajando para matarse al hambre, y en muchos casos procurando evitar los hijos, para no someterlos, como tantas veces hemos oído, a la vida miserable de los padres.