Mundo Viernes, 8 de noviembre de 2019 | Edición impresa

Algo para celebrar, a pesar de todo

Las ansias de libertad de todo un pueblo pudieron más que un régimen agotado y fracasado.

Por Jorge Millán - Presidente de la Sociedad Goetheana Argentina – Goethe Zentrum Mendoza

Imagine el lector que a lo largo de nuestra avenida San Martín, de la noche a la mañana, se construye un muro que divide a la ciudad en “Mendoza oeste” y “Mendoza este”. Imagine también que muchos de los que viven en el este no pueden ir a estudiar al oeste, ni a trabajar, ni a visitar a sus familiares. Imagine también que alguien que vive en el oeste no puede ir a su médico con quien había pactado una consulta. Imagine que actividades cotidianas se tornaron imposibles, de un día para el otro, por la sola decisión de la autoridad gobernante. El Muro de Berlín se construyó en la noche del 12 al 13 de agosto de 1961 y dividió a la ciudad durante 28 años. Inicialmente fueron tendidos alambres de púa y barricadas. Con el tiempo fue siendo perfeccionado con un doble muro de hasta cuatro metros de alto y sofisticada tecnología. El muro fue la “solución” que la dictadura de la antigua República Democrática de Alemania (RDA) encontró para terminar con él éxodo de alemanes del este que querían escapar del régimen que oprimía y que había instaurado un sistema de terror. Por ello es que muchos alemanes orientales buscaron escapar de la dictadura comunista y en el intento perdieron la vida. 

Gustavo Guevara / Los Andes

Cabe recordar que concluida la 2ª Guerra Mundial (1945), Alemania quedó dividida en dos: un sector occidental (bajo ocupación de EE.UU., Gran Bretaña y Francia), y un sector oriental (ocupado por la ex Unión Soviética). La capital, Berlín, también quedó dividida en dos; el sector oriental era la capital de la ex RDA.

 

Más allá de los datos históricos, son varias las evaluaciones que pueden hacerse sobre un hecho trascendental que cambió la historia de occidente. A partir del 9 de noviembre de 1989 el mundo no volvería a ser el mismo: terminó la llamada ‘guerra fría’, cayó el denominado ‘telón de acero’, y se desmoronaron la Unión Soviética y el Pacto de Varsovia. Además, la caída del ‘muro de la vergüenza’, trajo aparejada la reunificación de la Alemania dividida (3 de octubre de 1990), algo que apenas pocos meses antes nadie se hubiese atrevido a predecir. 

Varios elementos convergieron para que Helmut Kohl, por entonces canciller de la RFA, verdadero estadista y padre de la Alemania unida, se diera a la ciclópea tarea de unir un país con enormes diferencias que aún hoy persisten. La actual canciller Ángela Merkel reconoció, no hace mucho, la existencia de “alemanes de segunda”, en referencia a los habitantes de la extinta RDA y llamó a superar las diferencias, aunque aceptó que eso demandará tiempo, tal vez diez años más.

 

Mientras la Alemania occidental recibió ingente ayuda mediante el Plan Marshall, lo cual la llevó a superar rápidamente las consecuencias de la guerra, la Alemania oriental se mantuvo atrasada. 

En 1989 la RDA seguía siendo un país con serios problemas estructurales cuyas huellas, a 29 años de la reunificación, aún pueden verse. No obstante los ingentes recursos que desde la reunificación son destinados a los estados federados que conformaban la ex RDA, sus habitantes siguen padeciendo las diferencias y sintiéndose ciudadanos de menor categoría. 

 

Luego de la caída del muro y las celebraciones, los alemanes orientales padecieron el desconcierto de tener que pasar de un régimen de economía dirigida a otro de libre mercado. Ni hablar de lo que significó pasar de una legislación a otra absolutamente distinta. Por ejemplo, el aborto, aunque con condiciones, en la RDA estaba permitido, mientras que en la RFA no. 

Los berlineses reciben a los alemanes orientales. | AP

Con la reunificación, además, los alemanes orientales se enfrentaron al desafío de tener que cambiar su mentalidad. Ya nadie tendría el trabajo asegurado; había que competir por un puesto laboral. Las poderosas empresas de la Alemania occidental (piense el lector en las famosas marcas automovilísticas, de la industria farmacéutica, química, etc.) comenzarían a instalarse en los “nuevos” estados federados, pero los directivos, los puestos gerenciales, eran ocupados por ejecutivos de la Alemania occidental. Baste eso como ejemplo. 

 

Había una suerte de discriminación. Con razón los habitantes de la otrora Alemania socialista empezaban a sentirse “de segunda categoría”, lo que aún subsiste. El muro cayó pero las divisiones y barreras, sobre todo mentales, todavía continúan.

A pesar de todo, hay que celebrar; sí, ¡hay que celebrar! Las ansias de libertad de todo un pueblo pudieron más que la voluntad de un régimen perimido y fracasado. No hay muros inexpugnables para una nación cuyo destino es la unidad en democracia y en paz. Gracias a esa revolución pacífica en el corazón de Europa, Alemania es hoy una sola, un país unido, una nación cuyos visionarios líderes, desde la división absurda, jamás dejaron de pensar, como Konrad Adenauer, que el mayor legado que podían dejar a las generaciones venideras era la unidad hoy hecha realidad. Sí, ¡hay que celebrar!