Turismo Domingo, 1 de septiembre de 2019 | Edición impresa

Alemania: de viaje hacia el corazón de la Selva Negra

Crónica de un recorrido por las tradiciones que son parte de la identidad de esta región.

Por Diana Pazos - Especial para Los Andes

Los pinos reflejan su gama de verdes en cada lago inmóvil y frío de la Selva Negra y, sobre sus copas, las nieves eternas de las montañas más altas también se ven duplicadas en cada espejo.

Aun cuando los conos vegetales y los picos blancos aparezcan invertidos en el agua, la mirada no sabe dónde terminan los troncos reales -rectos, apretados, esbeltos hasta tocar las nubes- y dónde empieza su imagen reflejada, tan ideal.

 

Quizá las ilusiones -hasta las ópticas y lacustres- sean reales, y viceversa, en estos pueblos silenciosos del centro de Europa, en el sudoeste de Alemania. Las reflexiones se disparan en la Selva Negra (en alemán, Schwarzwald), una región montañosa con una gran densidad forestal en el estado de Baden-Württemberg, en el límite con Francia y Suiza.

Destino turístico para estar en pleno contacto con la naturaleza, aquí se distinguen la Selva Negra del Norte y la Alta Selva Negra (Hochschwarz wald), más hacia el sur del país y donde se encuentran las cumbres más elevadas. Cerca de la ciudad de Friburgo (Freiberg), por ejemplo, está el Feldberg, que es el pico más alto, con 1.493 metros. Si vamos a adentrarnos en algunas de las tradiciones que aún laten en el corazón de la región, hay que hacer una aclaración importante. En realidad, la Selva Negra es un bosque oscuro. ¿¡Cómo?!

 

La palabra Wald se traduce como selva pero quiere decir bosque, mientras que Schwarz significa negro. El uso del término resulta exagerado y - tal vez- poético, ya que hace referencia a los pinos y abetos que, desde lejos, parecen una masa negra compacta. Además, intimidan y vienen dificultando el paso desde la época del Imperio romano.

Tradicionales. Una de las tantas fábricas artesanales de relojes Cucú.

Aquellos temidos bosques ofrecen hoy la oportunidad de hacer saludables caminatas y navegación en los lagos durante los meses más cálidos y esquí en el invierno. Internándose hacia el sur, pronto se da con el lago Titisee, junto a Titisee-Neustadt, el pueblo más concurrido y turístico de la Alta Selva Negra.

 

Hasta aquí llegamos desde Frankfurt en dos trenes veloces y limpios. Son tan puntuales que permiten hacer “combinación” entre estaciones con menos de 15 minutos de margen.

Ya en un hotel con vista al lago Titisee, comenzamos un circuito entre montañas tapizadas de pinos, curvas, ríos y lagos en los valles y pueblos de casas de madera con ventanas sin rejas, atravesados por las tradiciones más arraigadas de la región.

 

La industria de la precisión: el cucú

En cualquier casa de la Alta Selva Negra hay un reloj cucú en alguna pared. Se trata de una costumbre que se remonta al siglo XVIII, cuando los relojes se producían en pequeños talleres del sudoeste de Alemania. Entonces, lo mejor será comenzar el viaje en una fábrica artesanal que vende relojes cucú.

Vamos a Hofgut Sternen, donde hace 700 años funcionaban una posta de caballos y una hostería para los viajeros que atravesaban el Höllental o Valle del Infierno, incluyendo una antigua casa para pagar impuestos (Tollhouse), que recaudaba para mantener la subida y el puente en forma. Evidentemente, las paredes de roca de hasta 600 metros -que van estrechando uno de los valles más impresionantes- eran padecidas por quienes le dieron el nombre.

 

Además, en esta zona de Höllsteig, en Höllental, visitamos la capilla St. Oswald’s (del siglo XIII, guarda huesos humanos desde 1863, que se ven a través de un vidrio) y, junto al río de la garganta, sacamos fotos del viaducto Ravenna, el arco de piedra que mide 224 metros de largo y 36 metros de alto. Favorecido por el entorno y durante todo diciembre, uno de los mercados de Navidad más famosos y bonitos de Alemania se arma justo acá, debajo del puente de roca por donde pasa el tren desde 1887.

La antigua vía -actual ruta de asfalto con mil curvas- fue transitada por personajes como la hija del emperador austríaco, María Antonieta, que la usó para ir a Francia al encuentro de su prometido, el rey Luis XVI.

 

Dirigida a turistas europeos y norteamericanos, la visita -en inglés- en la fábrica de Hofgut Sternen empieza antes de lo previsto porque están por llegar dos contingentes de chinos y de indios en buses de dos pisos.

Nacida en Hungría, la guía Dalma Totpal vivió muchos años en Transilvania, Rumania. Luego de contestar amablemente las preguntas de rigor sobre el conde Drácula, levanta una caja de madera y cuenta: “Esto es lo único que se corta con una máquina. Todo lo demás se hace a mano: el pájaro, el mecanismo y la decoración, con motivos típicos de la zona como molinos de agua, pinos y ciervos”.

 

¿Cómo se les ocurrió poner un cucú hacia 1700? Según Dalma, como la gran cantidad de nieve en la Selva Negra obligaba a estar adentro durante los inviernos, los habitantes empezaron a tallar la madera. Y para saber la hora sin tener que ir a fijarse y como el cucú realmente existe, ellos pensaron que si ponían el pájaro en el reloj iban a saber qué hora era.

Muestra. Vasijas y otros elementos elaborados con distintos metales

Entonces uno empieza a distinguir las hojas talladas y las cadenas, el péndulo y los contrapesos con forma de piñas. Hay dos modelos de relojes mecánicos: los que funcionan por un día (necesitan que les subamos los contrapesos a diario) y los que duran ocho días. Pero en cualquier momento, cuando vemos que las pesas están más bajas, las podemos subir para que nunca se queden sin cuerda.

 

Enseguida responde su propia inquietud: “¿Qué pasa si nos olvidamos o nos vamos de viaje? Nada. Ponemos el reloj en hora, movemos el péndulo, tiramos de la cadena y los dos o tres contrapesos suben. Dependiendo del modelo, uno es para el reloj y el otro es para el cucú y, cuando hay un tercero, es para la música”.

Sobre el mecanismo para que el cucú salga una vez cada media hora, así como el número de la hora en punto, hay una demostración simple: si las agujas marcan las 12, el cucú se asoma por una puerta diminuta gritando su nombre una docena de veces.

 

¿Cómo se reproduce el canto del ave puntual? “Con fuelles de distintos tamaños logramos que el cucú cante entre 70 y 80 años. Cuanto más grande es el fuelle, más grave es el sonido. “Los bebés van a los relojes chicos, las mamás a los medianos y los padres a los grandes, con un canto más profundo. Tuvimos abuelos, pero salieron volando”, bromea Dalma.

En los relojes más grandes, cuando se activa la música, aparecen seis bailarines que giran, una señora da golpes con un palo de amasar, dos leñadores serruchan un tronco y una pareja se besa. De acuerdo al tamaño y la complejidad del reloj, los precios aumentan de 300 hasta 12.000 euros.

 

Se ríe Dalma: “Este pobre señor está siempre comiendo. Ahora son las 11 y tiene que comer 11 albóndigas. No entiendo cómo no engorda”. Y confirma que las tradiciones de la Selva Negra forman parte de sus atractivos turísticos. Por eso, en medio de los bosques hay fábricas relojeras y de piezas que van a Suiza. Y de vidrio.

Cascadas. Menzenschwand. Las aguas quedan congeladas en el crudo invierno.

Vidrio soplado

Visitamos una fábrica de vidrio soplado cercana: rodeado por tres hornos, el artesano forma una flor de vidrio primero y un pajarito después con una pinza, como si fuera fácil. En el primer horno derrite a 1200°C el material que cobra la consistencia de una gelatina. En el segundo lo calienta a 1300°C y, finalmente, mete sus creaciones -las sostiene con una larga vara- en un tercer horno que las enfría entre los 500 y 50°C. Se venden copas, jarrones y caramelos de vidrio que dan ganas de morderlos. ¿Cuándo empieza esta tradición? La historia de la producción del vidrio en la Selva Negra comienza en el siglo XII.  Casi no existen documentos de aquellos tiempos porque las primeras fábricas de vidrio de la región se mudaban con frecuencia cuando escaseaba la madera en sus alrededores. Además, los sopladores de vidrio buscaban lugares que tuvieran lo necesario para la producción: sílice, potasa de haya y agua. El vidrio del sur de Alemania era ligeramente verde por el contenido de hierro en la arena de sílice.

 

La primera fábrica en el Valle del Infierno es del siglo XVIII, cuando la industria del vidrio en la Selva Negra ya estaba en declive, duró solo 9 años y cerró en 1768. Pero unos 220 años después se reestableció la producción en Hofgut Sternen: los artistas del vidrio soplado producen piezas auténticas y coloridas, combinando técnicas artesanales antiguas con tecnología moderna. Actualmente hay varias fábricas, sobre todo, en Wolfach.

Más liviana que la argentina

La receta no guarda ningún secreto, se encuentra fácilmente en Internet y algunas confiterías de Argentina ofrecen Selva Negra. Pero por algún motivo, la torta en su lugar de origen resulta más liviana y menos empalagosa. Ante un nutrido grupo de extranjeros, el maestro pastelero hace una demostración que arranca carcajadas. A puro carisma y derroche de calorías, enumera los ingredientes: un bizcochuelo de chocolate, dos tazas de cerezas, mermelada de cereza, 8 tazas de crema, 5 cucharaditas de té de Schnapps “cherry” y un cuarto de una taza de chocolate rallado.

 

El cocinero corta el disco de bizcochuelo en tres y le coloca a la capa de abajo “dos o tres” cucharadas de mermelada. “¡Puso cuatro!”, le advierte la audiencia y el chiste consiste en que las llenó por la mitad. Luego desparrama un puñado de cerezas y lo baña en crema. Lo mismo hace con la segunda capa de bizcochuelo, a la que moja con el licor. Por último, empareja imperfecciones de la capa de arriba y los costados con mucha crema y chocolate rallado.

Actividades. Senderismo por los atractivos bosques del sur alemán.

Perfeccionista, el maestro pastelero tiene un molde que presiona suavemente sobre la cara superior de la torta para marcar 16 porciones. Entonces, decora el extremo de cada trozo con un copo blanco que dibuja con una manga y corona con una cereza. Las 16 porciones serán iguales.

 

Cuántas calorías tiene la Selva Negra? Dicen que cada porción de la torta tiene más de 350, y no sorprende porque todas las comidas regionales resultan altamente calóricas.

Comida típica

Desde la carne de caza -como el jabalí o el corzo- acompañada de los tradicionales Spätzle (una suerte de ñoquis diminutos) hasta las pizzas locales Flammkuchen, las salchichas, las sopas espesas, las históricas cervezas Rathaus y la Apfel-Schorle (un jugo de manzana con gas que toman a toda hora, más que las gaseosas), nada es light en el sur de Alemania. Son súper típicos los jamones, pancetas, salames y salchichas de la Selva Negra, así como el tocino ahumado que tiene un sabor único.

 

Vamos a una degustación cerca del lago Feldsee. En el restaurante Raimartihof ya trabajaron seis generaciones desde que abrió en 1892. Con pisos y techos de madera, mesas con manteles a cuadros y estufas de cerámica, el lugar es una sucesión de detalles acogedores, entre lámparas y adornos que convierten en instagrameable cada rincón. 

Los carteles y menús les piden a los comensales que no alimenten a Fanny, la perra alérgica. Su dueño, corpulento y de barba blanca, Bernhard Andris, trae una picada en una tabla y ganas de hablar: “En los tiempos antiguos, desde el tercer domingo de octubre hasta abril se ahumaba el cerdo. Así se lo mantenía sin heladera en el verano”. El Schinken (jamón) con “el tenedor de los 5 dedos”, mientras recibimos una clase para “no comer como turistas”:hay que cortarlo en tiritas muy finas -casi transparentes- con un cuchillo filoso porque “queda más rico y se digiere mejor”.

 

Arquitectura y paisajes

Pintorescas granjas diseminadas en los valles rodeados por bosques de pinos y salpicados por lagos describen la Selva Negra en verano. El bucólico contraste de los verdes prados -con las vacas y las cabras- y los oscuros bosques caracteriza un paisaje que en invierno se cubre de riguroso blanco. Nos muestran fotos de cascadas y ríos congelados que ahora corren con sonido de frescura. Como en algunos municipios los árboles cubren más del 90% de la superficie, muchas granjas han comenzado a comercializar productos caseros como jamones, pan, licores y  tortas.

Desde el siglo XVIII. Una colección de Cucú, elemento distintivo del lugar.

Desde la Abadía de St. Blasien (totalmente blanca en su interior) hasta los pueblos de las inmediaciones de los lagos Titisee, Feldsee -a los pies de la montaña Feldberg- y Schluchsee, basta con recorrer las rutas asfaltadas o subirse a algún tren para observar la convivencia armónica entre la arquitectura y el entorno natural. El ejemplo por excelencia de una vivienda tradicional de la Selva Negra es el museo de Hüsli, con su tejado en pendiente, las paredes exteriores de maderitas superpuestas.

 

Piscinas y jacuzzis climatizados 

Las últimas horas del viaje resultan insólitas y divertidas, al descubrir un lugar llamado Badeparadies Schwarzwald: se trata de un complejo cubierto de piscinas y jacuzzis climatizados con “palmeras del Caribe”, patios de comidas y piletas con olas y toboganes de agua para la familia que recuerdan a los hoteles de los parques de Orlando, en Estados Unidos. Pero también hay saunas y piscinas nudistas para adultos, y reposeras con luz de lectura bajo el techo de vidrio. 

Ante semejante despliegue de imaginación, se ve que no deben ser nada fáciles los inviernos en la Selva Negra.

 

Miniguía

Cómo llegar. El vuelo directo (ida y vuelta) hasta Frankfurt por Lufthansa cuesta desde $ 58.000 con impuestos. Desde Frankfurt hasta Titisee-Neustadt, los tickets de los trenes DB cuesta 35,90 euros. El viaje dura alrededor de 3 hs 30’ en segunda clase, dependiendo si se hace uno, dos o tres trasbordos.

Dónde alojarse. En Titisee-Neustadt, la habitación doble con desayuno en Brugger’s Hotelpark am See (4 estrellas) ronda los 250 euros. Junto al lago Titisee, desde distintos ambientes y habitaciones tiene vista al lago. Con wi-fi, gimnasio, spa, piscina climatizada, bar y restaurante.

Dónde informarse. www.hochschwarzwald.de / www.hofgut-sternen.de / www.germany.travel/es