Política Domingo, 16 de febrero de 2020 | Edición impresa

Alberto y CFK buscan bajar el tono de las fricciones internas

El objetivo: que las críticas de los más duros del cristinismo no afecten la imagen presidencial en plena discusión por la deuda externa.

Por Javier Alvarez - Corresponsalía Buenos Aires

Cristina Fernández de Kirchner llegó temprano el viernes a la Quinta de Olivos. La esperaba el presidente Alberto Fernández. Desayunaron y durante dos horas hablaron de todo: desde la negociación de la deuda hasta las tensiones internas de la coalición gobernante.

El Presidente y su vice hablan casi todos los días. Él la consulta permanentemente a ella. En las últimas semanas el diálogo se había espaciado, dado que la jefa del Senado viajó a Cuba para ver a su hija, Florencia, quien se somete allí a un tratamiento médico.

 

Cristina había viajado el 6 de febrero a La Habana. Aterrizó de regreso en Ezeiza el miércoles 12. Ni bien llegó a su casa, llamó al Presidente. En el medio habían pasado cosas: ella misma disparó contra el FMI y salieron a la luz las primeras tensiones internas en el Frente de Todos.

Se cumplían dos meses desde la asunción cuando el cristinismo más duro y confrontativo comenzó a mostrar públicamente sus diferencias con la vertiente albertista, más moderada y conciliadora.

 

En las últimas horas saltó una nueva cuestión de rigidez. Pero esta vez con el Frente Renovador que conduce Sergio Massa. Hubo un fuerte disgusto de ese espacio por el tratamiento discriminatorio para una gran parte de los jubilados. Incluso, una legisladora vio afectada su salud y debió acudir a asistencia médica.

En el desayuno, Alberto y Cristina acordaron formalidades. Horas después, la vicepresidenta convocó al Senado a sesionar el próximo jueves a partir de las 11:00. Se aprobarán los pliegos de los nuevos embajadores nombrados por la Casa Rosada.

 

“Repasamos todo”, reveló el propio Fernández en un acto en la ciudad de Hurlingham. Allí inauguró un nuevo edificio de una universidad nacional. Con estos actos, el Presidente está intentando retomar la centralidad política en la agenda local después de su gira europea.

Según pudo saber este diario, en el desayuno también se acordó bajar el nivel de roces. Básicamente, Fernández le pidió a Cristina lo mismo que al gobernador bonaerense Áxel Kicillof días antes: calmar al secretario de seguridad bonaerense, Sergio Berni.

 

Los desplantes de Berni a la ministra de Seguridad de la Nación, Sabina Frederic (a la que trató nada menos que de aficionada), no son considerados como un problema en la Casa Rosada. Pero sí una señal de precaución.

Evitar la onda expansiva

En el Poder Ejecutivo quieren evitar que salgan a la luz otras fricciones internas que pueden golpear la imagen del Gobierno en plena discusión con el exterior. No sólo hay que negociar la deuda. También se vienen momentos de máxima tensión por el comercio con Brasil, donde gobierna un “enemigo” de Fernández, Jair Bolsonaro.

 

Algunos asesores del Presidente entienden que las fricciones internas solo van a debilitar la figura presidencial. Y admiten que tampoco es fácil domar a los sectores más radicalizados del cristinismo.

No fue casual que Fernández haya elevado el tenor de sus declaraciones en las últimas semanas. Fue un mensaje hacia el corazón del Frente de Todos, hacia donde están los convencidos. El objetivo era descartar que exista “debilidad ideológica” en la conducción.

 

El único juego ambivalente que autoriza Fernández es el que él hace con su socia política, Cristina: el policía bueno y la policía mala. Ella va al choque, muestra los deseos reales del Gobierno en cada tema, y él sale a conciliar. La construcción simbólica apunta a mostrar que quien finalmente está en pleno control es Alberto.

Con esa táctica, en el Gobierno creen que ganan metros en la disputa de intereses con los contrincantes más duros, los que hoy tienen en sus manos la deuda argentina. Algunos hablan de “matar o morir”. Otros parafrasean a Leandro N. Alem: “Que se rompa, pero que no se doble”.

 

Algo de ello mostró el ministro de Economía, Martín Guzmán, en el Congreso. Y lo rubricó el propio Fernández el viernes en Hurlingham: “La prioridad de mi gobierno es la deuda social, los demás deberán esperar”. La diplomacia pura y profesional queda para otras instancias, como por ejemplo las relaciones comerciales con Estados Unidos, Brasil, China y la Unión Europea.  

En materia económica no hay diferencias entre albertistas y cristinistas. Incluso, Máximo Kirchner es el principal elogiador del ministro Guzmán de cara al ala dura. Y en la Cámara de Diputados ya bajó la orden de defender en bloque al jefe de Economía y no admite crítica alguna.

 

La pelea por  los “presos políticos”

Sí, hay fuertes diferencias en materia de Seguridad y Justicia. Para Cristina y sus seguidores, en el país hay presos políticos. Para Fernández y los suyos no existe tal cosa. Los gobernadores peronistas y el propio PJ apoyan la línea presidencial.

Hebe de Bonafini, Kicillof, Berni, Aníbal Fernández y la propia ministra de las Mujeres, Géneros y Diversidad, Elizabeth Gómez Alcorta, habían expresado cuestionamientos internos. Se les pidió silencio. Y ahora sólo queda abierto el fuego amigo de quienes fueron parte medular del kirchnerismo: Julio De Vido, Luis D’Elía y otros con serios problemas en los tribunales.

 

Quienes rodean al presidente entienden que las tensiones no son nuevas. Y se remontan a la relación de “guerra fría” que siempre hubo entre el cristinismo y la vieja guardia del PJ en la disputa por los espacios de poder y de impronta ideológica. Hasta ahora, por el poder de los votos, la ex jefa de Estado siempre impuso su criterio.

En el corazón del Gobierno aseguran que no están preocupados por esta situación. Y señalan que los problemas reales son la deuda, la inflación, la recesión y la pobreza. Mientras, se preparan para otra discusión que el Gobierno quiere dar: la coparticipación de recursos a las provincias.