Opinión Miércoles, 9 de octubre de 2019 | Edición impresa

Alberto Fernández y Anabel Fernández Sagasti, vidas paralelas - Por Héctor Ghiretti

Por Héctor Ghiretti - Profesor de Filosofía Política y Social

Existe una práctica habitual entre aquellos directivos o dirigentes que no se fían de la lealtad de sus subordinados o buscan aumentar su poder sobre ellos.

Cuando es necesario cubrir un cargo intermedio evitan designar a integrantes de la propia institución (Gobierno, Estado, Empresa, Sociedad Civil), que por su pertenencia conocen los recursos humanos y materiales a su disposición, así como también la cultura organizacional, su potencialidad y limitaciones. Incluso si están en situación de ser promovidos a un escalafón superior.

La razón es simple: designar mandos provenientes de la organización supondría perder poder frente a ella, a sus miembros y a las lógicas de poder institucional.

En su lugar nombran a una persona ajena a la institución, que puede o no tener aptitudes para el cargo. Esa persona deberá su designación a su superior, no a su trayectoria en la organización. Reportará a su vínculo con el superior y no a la institución ni a sus integrantes. Sus acciones estarán determinadas por lo que quiera o piense su superior, no por el entorno ni por sus subordinados, que probablemente estarán resentidos por los derechos ignorados o incluso manifiesten hostilidad ante el intruso a través de una quita de colaboración.

En esta ecuación de poder el directivo o dirigente privilegia la lealtad -forzada por las circunstancias, signada por la debilidad- por sobre la experiencia, la idoneidad o el saber específico. Las candidaturas de Alberto Fernández y Anabel Fernández Sagasti pueden explicarse a partir de este denominador común. 

Acá

La meteórica carrera política de Anabel tuvo su origen en la voluntad de Cristina Fernández de Kirchner de imponer al díscolo peronismo mendocino -que no posee el peso del bonaerense, el cordobés o el santafesino pero se ha resistido a alinearse dócilmente a las directivas de la conducción nacional- la agrupación que le respondía de forma incuestionada: la Cámpora.

El escaso peso de dicha organización en Mendoza, sus magros resultados en las internas decidieron a Cristina a intervenir personalmente, imponiendo a Anabel, que hasta entonces apenas había tenido un desempeño en el mundo de la política como presidente del centro de estudiantes de la secundaria.

En 2011 fue una graciosa concesión a la Presidente, al entrar en la lista como diputada nacional. En 2015 fue imposición como senadora, cuando a Cristina se le hizo imprescindible conseguir apoyos en el Congreso. El peronismo mendocino se vio obligado a ceder a causa del ahogo económico que Cristina sometió a la provincia. Los veteranos dirigentes del peronismo local se subordinaron.

Con la elección para gobernador se repitió la estrategia de la imposición autoritaria.

Como senadora, Anabel destaca como fiel seguidora de Cristina. Sus méritos se miden en términos de lealtad personal. No se ha esforzado por articular acciones específicas en favor de la provincia. 

Su candidatura emerge en un peronismo mendocino debilitado y desprestigiado, con problemas de liderazgo. Pensar que se trata de una renovación generacional es puro sarcasmo. La Cámpora parece haber naturalizado la relación con el PJ, pero resulta bastante penoso ver a los viejos dirigentes conformarse con un segundo plano, cediendo la conducción a la candidata impuesta.

Si hubiera que estimar sus habilidades políticas por sus dotes comunicativas, en esta década Anabel se ha movido desde un contumaz silencio a una expresión esquemática y fría, guionada por asesores de campaña. El armado político, por otra parte, ni es suyo ni es lo suyo. Su poder depende de la voluntad de la Jefa. 

Allá

Tanto el caso de Anabel como el de Alberto Fernández son interesantes desde la perspectiva del rol que tiene la fortuna en la trayectoria de un político, que señalara agudamente Maquiavelo.

Analizando la designación de su candidato a presidente cabe concluir que quizá no existía un mejor perfil para los planes de Cristina para perpetuarse en el poder o al menos asegurarse una posición dominante. Alberto combina rasgos que lo hacen atractivo para determinados proyectos políticos.

Personaje subalterno del escenario político, acostumbrado a los conos de sombra del gobierno, operador al servicio del poder de turno, su forma de hacer política ha sido la del ejecutor de planes y directivas de otros. Su aptitud ejecutiva no es tanto una capacidad de realización como el rosqueo, el toma y daca, los aprietes y presiones que la preceden.

Su itinerario a través de diversas fuerzas políticas de los últimos cuarenta años muestra un talante oportunista, poco estructurado en principios. Después de su expulsión del kirchnerismo su actividad consistió en lograr inserción en algún proyecto político a través de la profesión explícita y reiterada de anticristinismo, como puede verse en declaraciones bastante recientes.

Esas definiciones no revelan su verdadero pensamiento: es erróneo pensar que suponen una actitud diferente del oportunismo que lo ha caracterizado. De hecho ha rendido plenamente sus frutos, aunque quizá de un modo inesperado. Su carrera política parecía concluida hasta que Cristina lo bendijo.

Alberto Fernández es un candidato cuya proyección y poder dependen de Cristina, que sabe varias cosas: 1) es un hombre ajeno al cristinismo, cuya lealtad podría perder si designara a alguien de su seno; 2) no tiene ninguna base política propia sobre la que apoyarse, es el príncipe maquiavélico que toma el poder con armas prestadas; 3) la estructura política que lo apoya recela y desconfía de él, tanto por su oportunismo como por sus críticas a la Jefa y por los postergados que se creían herederos del capital político del kirchnerismo.

Acá y allá

Tanto en el plano nacional como en el provincial el diseño electoral del Frente de Todos ha seguido las líneas de la política “vicaria”: disociación entre poder formal y poder real. 

Es posible que el futuro no sea así y nos sorprenda, pero eso está dentro de lo imprevisto. Lamentablemente, los únicos indicios que tenemos para anticiparlo es lo que sabemos del pasado y del presente. 

Votar por los Fernández supone en las condiciones actuales confinarse a dos posibilidades: sumisión o disciplinamiento punitivo. Sucede como en el viejo chiste del misionero que es capturado por una tribu de nativos. Le ofrecen dos alternativas: ser ejecutado o someterse sexualmente a los guerreros de la tribu. Al final, la diferencia termina siendo irrelevante.