Opinión Sábado, 30 de noviembre de 2019 | Edición impresa

Alas - Por Jorge Sosa

Por Jorge Sosa - Especial para Los Andes

Vivimos en una ciudad de las más grandes del país. Dicen que es la cuarta en lista de importancia y en cantidad de habitantes. Mendoza es ya una metrópoli.  Se conoce como “metropolización” a la concentración cada vez mayor de economía, administración y cultura. En la teoría de la dependencia se denomina metrópoli a lo contrario de la periferia. Según algunas definiciones la población de una metrópoli variaría entre 1 y 10 millones de personas. A partir de los 10 millones se utiliza el término “megaciudad”, “megalópolis” o “megápolis”.

Por cientos de kilómetros cuadrados se extiende la nuestra y como en toda gran ciudad que se precie de tal, abundan el asfalto y el cemento. Así se construyen las ciudades de ahora y de siempre, porque la Roma antigua también tenía grandes edificaciones y calzadas adoquinadas. No conocían el asfalto o su aplicación, y por lo tanto usaban piedras como piso, y les daba resultado. 

En esta ciudad que somos nos alejamos cada vez más de la naturaleza: la naturaleza queda en lo que llamamos campo y hay que andar varios kilómetros para encontrarlos. 

Ahí sí la naturaleza aparece como viva, resistiendo a los perjuicios que solemos procurar para esos sitios los habitantes de las ciudades, más preocupados en fabricar esmog que en otra cosa. 

Por suerte Mendoza tiene calles arboladas, y entonces el verde no se ha perdido del todo, perdura en las testas de moras, carolinos, pinos y diversas especies vegetales que los abuelos, con sano criterio, nos dejaron a la vera de nuestros pasos. 

Debemos agradecerles por la visión, por la defensa de la naturaleza dentro de lo que ellos, por entonces, ni se imaginaban que iba a ser algo tan grande. 

Proyectaron hacia el futuro y nos dejaron lo que nosotros llamamos vergeles, y lo son, espacios donde todavía se puede respirar a plaza libre a parque abierto. 

Son los signos que tenemos de la naturaleza. Hay otros provocados por el mismo motivo: los pájaros. Todas las mañanas, cerca de mi ventana, canta lo que yo creo que es una calandria. No sé que hace metida en esta jungla artificial, pero está y hace más alegres mis mañana. 

Los pájaros. La variedad de ellos en Mendoza es grande, si bien no tanto como en zonas de vegetación profusa como la selva. Tenemos muchas especies que andan desparramadas por los lugares que les permite la vida. 

Son muy pocos los que se arriman a la ciudad, entre ellos algunos que están considerados plagas: como los gorriones y la palomas. Pero más allá del daño que puedan provocar, le dan un matiz distinto a cada uno de nuestros días. 

Conviven con nosotros, se han acostumbrado tanto a los seres con patas largas que ya ni se asustan con nuestra presencia. 

Los veo en la puerta de los cafés buscando alguna miguita saciadora del hambre y me divierto con sus peleas y con sus piruetas. Son atrevidos, pueden llegar a comer de tu mano si te hacés amigo de ellos. 

Tienen sus inconvenientes, porque como no usan baño hacen sus necesidades donde se les canta –a veces cantando– y generalmente le aciertan a nuestras ropas. 

Son ellos, los pájaros, los que nos dan noticias de lo que llamamos naturaleza. Los pocos animales silvestres que se animan con la ciudad. Perdón, me olvidé de los siempre despreciados pericotes.