Fincas Viernes, 6 de septiembre de 2019

Agroindustria: ¿Amarrocando dólares?

El autor analiza de qué manera opera la cadena agroindustrial para responder a este interrogante

Por Clarín Rural especial para Los Andes

Voy a despejar una vez más el tema de la liquidación de divisas por parte de los exportadores de la agroindustria. Es una especie de ruina circular, una de esas típicas tribulaciones de los argentinos, para quienes el campo es un sector que se dedica a “amarrocar” dólares, como diría Felipe Solá. Pruebas al canto, motivos no le faltan… La realidad es que nadie tiene los dólares en el colchón, especulando con la suba, sin hacerle caso a las necesidades del Banco Central. “Es más complejo”.

O más sencillo. La cosa es así: la agroindustria es una cadena que no está integrada verticalmente. Por un lado están los productores, que son los que siembran y cosechan. Los dueños de la mercadería. Por otro lado, están los exportadores, que si quieren embarcar los granos y los derivados industriales tendrán, primero, que hacerse de ellos.

Entonces, si “las cerealeras” (como le dice el periodismo a los exportadores de la agroindustria de soja, que no es un cereal) quieren soja, tendrán que salir a buscarla. El productor tiene la potestad de decidir si le gusta o no el precio que le ofrecen. Antes, cuando no había capacidad de almacenaje, normalmente la entregaba al acopio o al propio exportador. Ahora, tiene el silobolsa y elige con mayor libertad el momento para venderla y entregarla.

 

Si el exportador contara con su propia producción, podría dar lugar a la idea de que liquidará las divisas cuando se le dé la gana. Pero como tiene que salir a buscarla, no le queda más remedio que ingresar primero las divisas. Vende los dólares que le envía su cliente del exterior, compra la soja, la muele, obtiene la harina, el aceite y el biodiesel, y carga los barcos.

Es decir, liquida los dólares mucho antes de la exportación. Como paga en general el 95% y deja un 5% para la “liquidación final”, lo único que puede quedar pendiente es esta pequeña proporción de cada negocio. Lo mismo pasa con productos que se exportan sin procesar, como el maíz o el trigo, o una pequeña parte del poroto de soja y el girasol, que se embarcan crudos.

El productor, mientras tanto, decide si vende en función de su propia perspectiva. Aquí inciden varias cuestiones. Primero, en un país sin moneda, los granos son reserva de valor. Es la forma en que los chacareros manejan su caja. Prefieren tener la mercadería en un silobolsa, que los pesos en la cuenta de banco. Recién venden cuando tienen que afrontar las deudas de la campaña, o pagar los insumos de la próxima. Entre ellos, el alquiler, en general el mayor costo en la ecuación productiva.

 

En los primeros seis meses del año, según indicó David Miazzo, el director de la Fundación Fada (un think tank del agro con sede en Río Cuarto) las cadenas agroindustriales son la principal fuente de divisas. Esto es lo que hace que siempre estén en la mira, cuando apremian las reservas. En enero-julio aportaron el 61% de las divisas brutas y el 93% de las netas. En ese período liquidó en el mercado de cambios USD 19.220 netos. Las comparaciones son odiosas: la tan promisoria Minería liquidó USD 1.357 millones en el mismo semestre, la Energía… apenas 19. El resto tiene un balance negativo de USD 7000 millones. El saldo de la balanza comercial alcanza a +13.446 millones.

¿Advierten ahora porqué la agroindustria está siempre en la mira? Tiene la desgracia de ser el sector más competitivo de la economía. Esta competitividad no es “recurso natural”. La Argentina no exporta suelo pampeano. Exporta la tecnología que se aplica sobre él. Cuando Gaboto y sus expedicionarios fundaron el primer asentamiento en tierra firme americana, el Fuerte Sancti Spiritu (en la desembocadura del Río Carcarañá en el Paraná), sembraron trigo. Fue diez años antes de la primera fundación de Buenos Aires. Contaron entonces que habían plantado 30 granos y obtuvieron 300, con lo que se demostraba la feracidad de las tierras.

Hoy, un grano de trigo da un promedio de tres espigas de 50 granos cada una. Sembramos a razón de 100 kg por hectárea y se obtienen 5000. Varias veces más que los muchachos de Gaboto. Esa es la diferencia entre fertilidad natural y tecnología.

 

Yo sembré soja con todo el paquete tecnológico disponible en 1973. Una Clark 63, a 70 centímetros entre hileras. Se cosechó con una plataforma rígida de cinco surcos (un “sojero” de 11 pies). El rinde fue de 15 quintales por hectárea. Hoy el rendimiento medio es de 35 quintales. Y los de punta en la zona núcleo superan los 60 de manera consistente. Genética, biotecnología, control de malezas, inoculantes, fósforo, control de insectos y enfermedades, cosecha con plataformas flexibles de 45 pies de ancho, piloto automático.

Tranqueras afuera, esta competitividad adquirida dio lugar a la instalación de la más moderna capacidad de procesamiento industrial. En los últimos treinta años, tras la privatización y desregulación de los puertos, se construyó una capacidad de “crushing” de 200 mil toneladas por día. Son 7 mil camiones que entran y salen cada 24 horas de las aceiteras a la vera del Paraná, desde San Nicolás hasta Timbúes, precisamente donde tuvo lugar la epopeya de Sancti Spiritu cinco siglos atrás.

Con el maíz pasa lo mismo. En 1990 el rinde nacional era de 35 quintales, la mitad que en el “corn belt” de los EEUU. Hoy estamos en los 100 quintales y prácticamente desapareció la brecha. Un salto fenomenal. Por algo la Argentina es el segundo exportador mundial, detrás de los Estados Unidos y empardando a Brasil. El maíz es el producto argentino que más mercados abarca: embarques a 120 países. Más que la soja y sus derivados. Embarques que en el 2019 alcanzarán cerca de 5.000 millones de dólares.

 

El maíz tampoco es sembrado por los exportadores: si quieren jugar este juego, tendrán que comprárselo a los “chacrers”, que los esperan con el cuchillo entre los dientes. Cuando los productores venden, los exportadores tienen que traer los dólares para pagarles el maíz. Así funciona.

En tiempos de inestabilidad económica, los productores son más reacios a vender. También cuando hay restricciones para la compra de activos financieros, como ahora sucede con el dólar. Ningún productor va a salirse de su mercadería para atesorar pesos. Como seguramente nadie va a vender una propiedad si no tiene algo que hacer con los pesos, ya que dólares no puede comprar, salvo las cantidades que decida la autoridad oficial.

Así funciona. No hay gente amarrocando dólares. Hay productores manejando su flujo financiero.

A no desesperar: en agosto, la liquidación de divisas fue de 2.200 millones de dólares. El ritmo normal. Los analistas privados, o los financistas del gobierno, deberán aprender que este es el flujo y cualquier medida contra natura no hace más que enrarecer el ambiente.

Por Héctor Huergo

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