Sociedad Lunes, 22 de abril de 2019 | Edición impresa

1810: la mujer que pidió por una educación de calidad para las niñas

En una carta remitida al primer diario fundado por argentinos, una lectora resalta la necesidad de destinar fondos para la educación.

Por Luciana Sabina - Especial para Los Andes

Entre febrero de 1810 y abril de 1811 circuló por las calles de Buenos Aires el periódico “Correo de Comercio”, dirigido por Manuel Belgrano. Además de tratarse del primero fundado por argentinos, constituyó un espacio para la difusión del pensamiento revolucionario, haciendo hincapié en la importancia de modificar el paupérrimo sistema educativo vigente.

Entre otros aspectos se criticaba que la enseñanza fuese dada en latín, despreciando nuestro idioma y dificultando el aprendizaje.

 

Belgrano consideraba fundamental imitar los avances existentes en el Viejo Mundo: “Mucho hay trabajado en esta materia -escribió-, y debemos aprovecharnos de los esfuerzos de los sabios europeos para propagar los conocimientos. Ya lo hemos dicho otra ocasión: nosotros no necesitamos de abrir los caminos, ellos entran francos y libres, con el empeño constante de los grandes hombres de las naciones cultas de la Europa, que han sabido vencer y arrollar a la misma ignorancia a pesar del dominio y posesión que tenía tan afirmada. Con sólo imitar en este punto y seguir sus huellas, habremos conseguido los frutos que deseamos; no tratemos de inventar ni de querer adquirir una guirnalda con rapsodias”.

Pero más allá de cualquier consideración, destacamos la importancia que se dió desde estas páginas a la instrucción del género femenino. Así, leemos en el número 21: “¿Pero cómo formar las buenas costumbres y generalizarlas con uniformidad? ¡Qué pronto hallaríamos la contestación si la enseñanza de ambos sexos estuviera en el pie debido! Mas por desgracia el sexo que principalmente debe estar dedicado a sembrar las primeras semillas lo tenemos condenado al imperio de las bagatelas y de la ignorancia”.

 

Es escrito

El periódico no se quedó en buenas intenciones, dio muestra de aquella uniformidad proclamada publicando en su noveno ejemplar la carta de una lectora aportando soluciones posibles a esta injusta situación:

“Yo, Señores Editores -comienza-, me he atrevido a tomar la pluma para proponer un medio fácil con el que se puede conseguir un fin tan santo, y en particular por respeto a mi sexo, que es el que más necesita de aquellos auxilios (...) me encontré con el Prospecto de su Correo de Comercio en casa de una amiga mía, que compra cuánto papel sale de la Imprenta, y me lo devoré instantáneamente, para saber si habría lugar al pensamiento de mi predilección”. A continuación se muestra feliz de que efectivamente sus ideas fuesen similares y señala: “Con el producto de las limosnas, que deberían depositarse en los tesoreros de las Hermandades, podrían establecerse escuelas para niñas pobres, donde aprendiesen, a leer, escribir, coser, etc., y así mismo otras para enseñarles alguna especie de industria, igualmente que a los niños pobres, porque estos ya tienen escuelas de primeras letras sostenidas por el Excelentísimo Cabildo, en todas las parroquias de esta capital, como vmds. saben”.

 

Su identidad no se dió a conocer, pero tanta valentía inspiró otras páginas en el mismo diario citándola.

Cabe señalar que por entonces sólo existía una institución donde las niñas sin recursos, ni familia, podían estudiar: el colegio de San Miguel.

 

La élite poseía maestras particulares. Al ingresar a San Miguel -donde eran derivadas por la Justicia- debían cortarse el cabello, se les imponía una vestimenta azul con tocado amarillo y prácticamente terminaban perteneciendo a la institución. Allí aprendían muy poco sobre leer o escribir, más bien a coser, cocinar o hacer dulces. No sólo era un espacio para niñas, también se encerraba a muchas mujeres separadas o a las jóvenes rebeldes que escapaban del hogar.

Si algún hombre deseaba casarse visitaba el lugar y el encargado reunía a las muchachas en edad para que el interesado eligiera, ese mismo día se celebraba la unión. A mediados de 1820, Bernardino Rivadavia terminó con dicha institución.

 

Dentro de semejante contexto toman aún más relevancia las palabras de aquella dama preocupada en 1810 por sus pares femeninos. Lamentablemente, pasarían muchos años para que estas situaciones menguaran y la educación incluyera a ambos sexos en un plano de igualdad.

De todos modos aún queda mucho por hacer para que cualquier habitante de este suelo, independientemente de su sexo o condición social, tenga el mismo acceso a una educación de calidad.