Espectáculos Sábado, 29 de febrero de 2020 | Edición impresa

100 años: el Gabinete del Dr. Caligari, hija de los tiempos

El filme de Robert Wiene, a un siglo de existencia, es paradigma de vanguardia y retrato social contemporáneo.

Por Nicolás Pichersky - Especial para Estilo

- Alan: ¿Cuánto voy a vivir? 

- Cesare: ¡Hasta el amanecer!

Cualquier relato, poema, novela o cuento que empiece así, posee un ímpetu irreversible e inolvidable. Este diálogo no lo encontramos al inicio del clásico “El gabinete del Dr Caligari”, pero sí a los pocos minutos de la primera escena. Es lo que Cesare, el sonámbulo manejado por el oscuro Caligari, le responde a Alan, una de sus primeras víctimas. Esta película, que en estos días cumple cien años, quintaesencia del cine expresionista alemán, acaso revele en ese brevísimo y terrorífico diálogo, el inconsciente colectivo de una sociedad europea, la de entreguerras, que pronto se preguntaría lo mismo: hasta cuándo y cómo ella (sobre)viviría.  

 

La materialidad social y cultural de una obra artística, su contexto, es innegable, sea cual fuere la posición política que uno tenga, sin que esto signifique que una película, una canción o una novela sean exclusivamente “hijas” de su época. Pero hay periodos históricos especialmente ricos, como la República de Weimar: la Alemania del periodo de entreguerras. Metamorfosis del mundo, sacudimiento general de Occidente, crítica a todo lo establecido y “huevo de la serpiente” del nazismo, la República de Weimar, a través de una ciudad, fue metonimia y síntesis de todo esto. En ese laboratorio de ideas podían convivir la extrema derecha que ascendería a nazismo con una líder y teórica del comunismo como Rosa Luxemburgo. Allí, entre 1918 y 1933, mientras cuajaba un menjunje de ideas bajo olla a presión, se mezclaban Thomas Mann, Martin Heidegger, Walter Benjamin, Sigmund Freud y la escuela de diseño de la Bauhaus. Y el cine tenía una época y una geografía de esplendor. 

El expresionismo alemán, un movimiento esencialmente pictórico y literario, dotó al cine alemán de algunas de las características más perdurables en la historia del séptimo arte: decorados fantasmagóricos y amorfos, junto a actuaciones grotescas o de impresionantes rictus faciales. Directores como Friedric Murnau y Fritz Lang  también fueron considerados parte de este movimiento, pero fueron el director Robert Wiene, y su obra maestra, “El Gabinete del Dr. Caligari”, los que representan el expresionismo alemán en el cine. La película, (totalmente filmada en interiores), prodigio de iluminación aterradora y deforme, de puestas en escena simbólicas y abstractas y de angulaciones que hoy llamaríamos bizarras, crea un espacio asfixiante, como esa Europa que pronto volvería a estallar. 

 

En el filme, adelantado a su tiempo ya que está narrado como un extenso flashback, el personaje de Francis relata cómo el Dr. Caligari (que parece un charlatán de feria) ofrece su espectáculo de sonambulismo junto a su servil Césare, que lo obedece como un zombi. Caligari finalmente resulta ser un científico loco (Caligari, tanto como Frankesntein, son modélicos de casi todos los científicos dementes que dio el cine) a cargo del manicomio; desde el cual el protagonista nos cuenta la trama. Subhistoria dentro de la historia, sobre un científico que experimenta con la mente humana, también el filme mismo fue una experimentación de estructura narrativa en una época en ese lenguaje no terminaba de consolidar su grámatica.  

El marketing. El afiche de difusión del filme es ya una pieza artística.

Separada en seis actos y con gran cantidad de intertítulos (lo que demuestra ya en esa incipiente época del cine, la importancia del guion) fue escrita por Hans Janowitz y Carl Mayer. Su objetivo fue crear una parábola de la locura de la Gran Guerra y la obediencia de las masas a un líder dictatorial. Janowitz fue oficial durante la guerra y Mayer fingió demencia para evitar el servicio militar, lo que lo llevó a intensivas pesquisas por parte de un psiquiatra militar. Para la fisonomía del personaje de Caligari, que se asemeja al Hyde de la novela de Robert. L. Stevenson, se inspiraron en los retratos del filósofo Arthur Schopenhauer. 

Considerado un filme de terror pionero y también una de las primeras películas de culto, esta pesadilla gótica de luces y sombras, es también, extrañamente barroca: ese movimiento artístico de estética crepuscular que se identifica con lo viejo que no termina de morir, y lo nuevo no acaba por nacer. En este sentido, la película exhibe dos grandes influencias: por un lado, el aún cercano romanticismo alemán del siglo 19, abono ideológico y estético del nacionalsocialismo, con sus sentimientos de poder, nación y sangre… “Nacionalsocialismo es Romanticismo político”, como bien escribió el filósofo Rüdiger Safranski en su formidable ensayo “Romanticismo, una odisea del espíritu alemán”. Y por otra parte, la modernización, maquinización (el cine mismo es el gran invento de su época) y racionalidad del siglo 20. Se trata del “mundo administrado” como la llamaría más tarde la Escuela de Frankfurt. Otros grandes filmes clásicos de la época, de unos años más tarde, como “Dr. Mabuse” o “Metropolis”, mostraban la alienación y locura de la sociedad de masas y moderna. 

 

Aún más, este filme dio lugar a uno de los libros de cine más importantes hasta la actualidad: “De Caligari a Hitler - Una historía psicológica del cine alemán”. En él, su autor Siegfried Kracauer (un pensador cercano a los intelectuales de Frankfurt) traza, desde el estreno del filme hasta el ascenso de Adolf Hitler al poder, los antecedentes fílmicos y premonitorios del nazismo en el cine alemán. El personaje de Cesare, reflexiona Kracauer, es el hombre común que bajo la presión del servicio militar es obligado a matar o a morir. “Intencionadamente o no -escribe el autor- Caligari expone el alma entre la tiranía y el caos: cualquier evasión de la tiranía parece llevar a un estado de confusión total”.

La película fue un éxito en Alemania, pero sobre todo en Nueva York y París. Los franceses, menos cerca que los alemanes para valorar su carácter sintomático, acuñaron el término “caligarismo”: ese mundo de posguerra subvertido. La película se estrenó una década antes de la publicación del clásico “El malestar en la cultura”, libro en el que Freud exponía sus estudios sobre la contradicción entre la cultura, la culpa y las pulsiones de destrucción. Con el ascenso del nazismo Robert Wiene, que además era judío, se refugió en Francia. Pero la mayoría de los directores marcharon a EE. UU. donde dieron forma, con la estética del expresionismo, al film noir, el gran género de posguerra. Un cine nebuloso, tan onírico como social, angustiante y poético, violento fìsica y moralmente, que produce una singular sensación de malestar y placer.

Hoy “El gabinete del Dr. Caligari” sigue exudando ese hálito de extrañamiento. Se aprecia en sus escaleras imposibles que parecen influenciadas por las pinturas de Marcel Duchamp, en policías kafkianos como llegados de la antigua Prusia, en sus imágenes deformadas, que revelan la crisis interna de los personajes. Y hasta en sus poderosos intertítulos, pintados a manos, todo un arte. 

La frase final de Caligari en el filme seguirá perturbando a futuros espectadores: “Ahora sé exactamente cómo curarlo”. Porque lo que la película sigue encerrando, y revelando, es la angustiante pregunta sin respuesta del principio del filme. O, mejor dicho, del comienzo del vulcánico siglo 20. O del inicio de toda forma de vida: cuánto viviremos.