viernes 3 de julio de 2020

Vilas: el tenista que hacía poesía
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Vilas: el tenista que hacía poesía

A sus 67 años, el marplatense transita un deterioro cognitivo. La historia detrás de una leyenda que cambió el deporte para siempre.

Vilas: el tenista que hacía poesía

Guillermo es Vilas. O simplemente Willy. Él lo sabe, por más que ahora la prensa mundial diga que los médicos dicen que empieza a olvidar. Él recuerda todo. O casi. Ese 1977 cargado de títulos y récords; a Björn Borg, ayer su peor rival, hoy su mejor amigo; o la tarde en que conoció a su esposa, Phiangphathu Khumueang, en un centro comercial de Bangkok, Tailandia. Guillermo recuerda mucho. "Nastase, McEnroe, Connors, Orantes, Panatta, Gerulaitis, Ashe, Solomon…". Repite apellidos como un ejercicio para eso que, dicen, empieza a fallarle. Porque el mundo se sacudió hace apenas unas horas con una noticia que amenaza con romper la infancia de muchos. "Guillermo Vilas padece un deterioro cognitivo importante", destacaron los principales de noticias nacionales e internacionales. Por ahora, nadie confirmó el diagnóstico final, aunque muchos arriesgan que se trataría de principio de Alzheimer.

Y mientras desde la familia hay mucho hermetismo, algunos amigos se animan a contarlo: "Está con problemas cognitivos desde hace tres o cuatro años. Tiene momentos en los que está perfecto y otros en los que está algo perdido", confirmó el periodista Guillermo Salatino. Incluso allegados, que prefieren el cobarde anonimato, expresaron: "Su salud mental está peor. Tiene algunos momentos de lucidez, pero no tiene plena conciencia de lo que sucede a su alrededor, incluso ha llegado a desconocer a amigos".

Desde siempre, viajar al corazón de la vida privada del más grande tenista que dio nuestro país, fue casi imposible. Pocos pudieron conocer la intimidad de Willy. Y ahora, lejos de la Argentina, viviendo en Mónaco con su esposa y sus cuatro hijos, faltan certezas y sobran sensaciones.

Guillermo Vilas tiene 67 años. Hijo de José Roque y Maruxa, nació en Mar del Plata, el 17 de agosto de 1952. Y fue su papá quien le regaló la primera raqueta de tenis. Esa que lo iba a llevar a una pasión por la que deshizo ovillos de talento a lo largo de 23 años de carrera. Ya en aquel tiempo, cuentan, en los pasillos del Club Náutico, se oía sobre "el flaquito que jugaba muy bien al tenis". Trece años después, con 18 recién cumplidos, se volvería el tenista Nº 1 de Argentina.

De ahí en más fue un ascenso meteórico. Debut en Copa Davis en 1970; primer título en 1973, derrotando a Björn Borg, la sombra negra a lo largo de su carrera; nuevos torneos y el adiós a abogacía. El tenis era todo; era su vida.

En medio de la vorágine deportiva, la poesía y la música fueron el espacio donde Willy olvidaba todo lo aprendido. Ahí, su corazón recuperaba el transitar de aquellos años con los pies besando la arena del Atlántico. "Tus ojos brillan en la inmensidad del viento, diosa luz, dios piel, hijo sol. Me encantaría oírte cantar, fantástica. Es tu manera, pues tu destino es el de morir de amor", dicen unos versos de Guillermo, a los cuales el Flaco Spinetta, su compadre y amigo, le puso música.

Años antes, Willy había pedido conocer al músico ya que lo admiraba. La amistad se hizo tan fuerte que el tenista le produjo un disco en inglés (¡si, en inglés!), denominado “Only love can sustain” (Solo el amor puede sostener). “Por favor no te desvanezcas, mi cariño; por favor que no te interese algo, las cosas están por cambiar”, cantaba Spinetta. Guillermo es padrino de un de los hijos de Luis; Dante, también reconocido músico y compositor.

Antes, cuando empezaba a ser un talento entre tantos, Vilas fue más allá y mostró su alma, profundamente conmovida por la poesía. Así surgieron dos poemarios: 125 y Cosecha de cuatro. Y en 1976, ya convertido en uno de los mejores jugadores del mundo, escribió Quién soy y cómo juego, contando sus tácticas y estrategias.

Era 1977 y todo lo que el tenista tocaba, se convertía en oro. La leyenda crecía a pasos agigantados: dos títulos de Gran Slam (Roland Garros, en París; y US Open, en Nueva York) y 14 torneos más. Los números de aquel año hablan por sí solos: 46 triunfos consecutivos y el mejor registro global en un año de 136 juegos ganados y apenas 14 perdidos. No era todo. Al volver la vista atrás, al final de su carrera, las cifras iban a ser aún más impresionantes: 62 torneos de ATP, incluyendo dos Gran Slam que se sumaron a Roland Garros y el US Open (Australia, en 1978 y 1979), 16 títulos de dobles, récord de 45-10 en singles de Copa Davis y tres veces ganador del Gran Prix (hoy Torneo de los Maestros) en 1974, 1975 y 1977.

Parecía una película. Sin embargo, años más tarde, el genio iba a confesar: "Nunca estuve más solo en mi vida que en 1977. La gente puede pensar que fue un año espectacular, pero yo deseaba que terminase rápido". No sería la última vez que mencionaría la palabra soledad en una entrevista. Cuando le entregaron la Mención de Honor en el Senado de la Nación, en 2005, declaró: "Uno se transforma en un embajador de su país, pero a veces se siente una gran soledad". No era solo un deportista de élite, sino también un hombre sensible y profundo.

Inventor de la “Gran Willy” (un golpe de espaldas a la red, haciendo pasar la pelota entre sus piernas para superar la red) lo posiciona como uno de los más grandes tenistas de la época, repleta de más estética y menos potencia.

¿Por qué nunca fue número 1 del ranking mundial? Aunque su mejor ubicación en la ATP fue 2º, una investigación periodística comprobó que existieron fallas en el registro del ranking de 1975, donde Guillermo debió alcanzar la cima por al menos cinco semanas de ese año y dos de 1976. Hoy, aquel registro se encuentra en análisis por la ATP.

Un viejo cuento del tenis habla de un entrenador que le está dando las últimas instrucciones a su jugador, antes del partido, y solo le pide una cosa: que gane el último punto. Eso, Guillermo, lo sabe de memoria.