domingo 9 de agosto de 2020

Presidentes que no estaban en la agenda - Por Luciana Sabina
Opinión

Presidentes que no estaban en la agenda - Por Luciana Sabina

Presidentes que no estaban en la agenda - Por Luciana Sabina

Esta semana asistimos a la asunción de Alberto Fernández como presidente de la Nación Argentina, situación francamente inimaginable hace sólo unos meses. Pero no es la primera vez que el “sillón de Rivadavia” termina siendo ocupado por alguien a quien no se consideraba como opción o no se tomaba seriamente. De hecho, nuestros primeros recambios presidenciales tuvieron dicha característica.

A principios de 1868 comenzó la primera carrera presidencial de Argentina, se buscaba suceder a Mitre. Por entonces era considerado poco ético designar a un sucesor o mostrarse a favor de algún candidato, por lo que don Bartolomé buscó no ser muy explícito. Así, no señaló a nadie directamente, pero se pronunció en contra de las aspiraciones de los candidatos Valentín Alsina, Alberdi y Urquiza.

“Nadie puede creer que yo falte a mis deberes -dijo-, ni traicione mis principios, ni conspire contra la vida de mi partido, usurpando derechos ajenos al asumir el papel de fabricante de candidatos de mala ley para sucederme en el gobierno (… ) poner al servicio de una candidatura la influencia del poder público, y esto es más que escándalo: es un atentado”.

A pesar de ello constituyó un secreto a voces que sus intenciones eran las de imponer a Rufino de Elizalde, Canciller de la República por entonces. Contaba con el aparato del naciente Estado para hacer fraude, modo que todos utilizaron para acceder al poder antes de 1912. Pero lejos de sus cálculos -y del de muchos- el nuevo presidente fue Domingo Faustino Sarmiento, por entonces en Estados Unidos. El sanjuanino deseaba acceder a la primera magistratura y lo logró gracias al apoyo de Emilio Mitre, Lucio V. Mansilla y Aurelia Vélez, mujer de gran influencia por ser hija de Dalmacio Vélez Sarsfield.

Con el siguiente recambio presidencial los nombres que protagonizaban la contienda eran los de Adolfo Alsina y Bartolomé Mitre -sediento de una reelección-, mientras que la candidatura de Nicolás Avellaneda no se tomaba con seriedad. Por ejemplo “El Nacional” -periódico alsinista- trató de ridiculizarlo utilizando diminutivos aludiendo a su baja estatura. Lo llamaron “chingolo” o “taquito”, esto último porque agregaba  tacos a su calzado para verse más alto. Pero el tucumano estaba decidido a ser el próximo mandatario y nada lo detuvo, contó para esto con el apoyo de Sarmiento.

Hacia febrero de 1874 hubo elecciones legislativas, las mismas fueron extremadamente violentas. En algunos lugares de Buenos Aires, alsinistas y mitristas llegaron a dispararse mutuamente. El resultado desalentó a Alsina, quién entendió su imposibilidad para imponerse a Mitre y ofreció todo su apoyo a Avellaneda en las presidenciales.

Una vez consagrado Avellaneda, Alsina recibió el ministerio de guerra. Desde allí trabajó para acabar con los malones y planeaba generar una base que lo llevara finalmente a ser presidente. Lamentablemente la muerte lo sorprendió muy joven y fue reemplazado en su puesto por un joven militar llamado Julio Argentino Roca.

Lo que sucedió posteriormente ya es parte de nuestros manuales de historia.